La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Aceptamos inflación como animal de compañía


En sus novelas, Jane Austen describe a grupos de rentistas que viven de capital invertido que reporta en torno a un 5% anual. Este mundillo de rentistas del 5%, creado en los siglos XVII-XVIII con la Revolución Industrial y las primeras inversiones intercontinentales, pervivió hasta bien entrado el siglo XX. Y lo mató la caída de la fertilidad.

La vida de los rentistas se basaba en un principio aún más antiguo, que es la transferencia de renta intergeneracional. Los viejos tienen capital acumulado por una vida de trabajo (casa, tierras, vacas, acciones de Telefónica) y los jóvenes tienen tiempo y energía para emprender. De ese modo, los bancos surgieron como intermediario ideal para prestarle a los jóvenes el dinero depositado por los viejos.

En España, a la muerte de Franco en 1975, la tasa de fertilidad aún estaba en reemplazo, por encima de dos niños por mujer. Pero caía rápido aquí y en otros sitios y, para los años 80, estaba bajando en picado. Lo que empezó a ocurrir fue inédito en la historia: con más viejos que jóvenes, había demasiado capital acumulado y demasiada poca gente interesada en recibirlo, con lo que funcionó la ley de oferta y demanda: las tasas de interés sobre el capital bajaron, y los rentistas empezaron a ponerse nerviosos. Su capital acumulado no rentaba tanto, y las tasas bajas redundan en menos ganancias para el intermediario (la banca).

No es de extrañar que en esta época los economistas marxistas se estuvieran frotando las manos. Con poblaciones en crecimiento mucho menor, el producto interior bruto crecía mucho menos. El capitalismo realmente afrontaba un problema grave. La inflación se estaba disparando desde los años 1970 a consecuencia de la crisis del petróleo, y los economistas de la derecha (un grupito enquistado en la Universidad de Chicago en aquellos tiempos) advertían de que podía arrasar Occidente del mismo modo en que ya había arrasado gran parte de Latinoamérica y África. La respuesta en Occidente fue triple:

  • Primero, se crearon por todos lados bancos centrales independientes de los gobiernos que pudieran tomar decisiones económicas impopulares, sin contaminar a los gobiernos con su impopularidad; estos bancos centrales actuaron contra la inflación subiendo los tipos de interés para préstamos a la banca comercial, pero sólo temporalmente, y siempre con la idea de volver a bajarlos rápido para asegurar un fuerte crecimiento económico que, en ausencia de un gran aumento de la masa de población, sólo podía llegar mediante financiación ultra-barata para los bancos que les permitiera prestar a los jóvenes incluso por debajo de las tasas que toleran los rentistas: de hecho, gran parte del dinero rentista ya no está en depósitos porque se ha ido a los mercados de valores desde los años 80, buscando mejores rendimientos. Vigilar los siempre cambiantes tipos de interés (del Banco de Inglaterra, Banco Central Europeo, Fed de EEUU…) se convirtió en una obsesión de los inversores en tales mercados financieros.
  • Segundo, se creó un fuerte incentivo para que las agencias estadísticas que miden la inflación tengan manga ancha al respecto. Con los precios de la vivienda subiendo por todos lados y los de la educación y sanidad disparados en los países con predominio privado en esos sectores, casi todas estas agencias decidieron ignorar esos costes (los mayores en la vida del profesional medio) y centrarse en los “precios al consumo”. No sólo eso: se inventaron los ajustes hedónicos de inflación (aquí hay una excelente explicación sobre el tema en inglés), que se resumen en la idea de que un producto de mejor rendimiento que cuesta más es, para efectos estadísticos, más barato: por ello, si una tele maja te costaba 100 euros en 1990 y el producto equivalente en 2021 (ahora con Internet, asistente de voz, etc) te cuesta 5.000 el ajuste hedónico implica que, en lugar de multiplicarse por 50, el coste de la tele ha seguido constante en el tiempo.
  • Tercero, se abrieron los mercados occidentales a los productos chinos de bajo coste, lo que redundó en auténticas y comprobables rebajas de precios de productos que ahora son frecuentemente muy baratos y antes no lo eran tanto: ropa, vasos, platos, juguetes…

La crisis del capitalismo de finales de los 70 se remontó, y entramos en la economía globalizada. Con altibajos, el crecimiento económico de occidente ha sido razonable a pesar de la catástrofe demográfica. Pero ya estamos en 2021 y hay dos problemas adicionales: el envejecimiento de la sociedad no mejora, sino que empeora, y China ya no es tan barata, con lo que la inflación – a pesar de todo – está volviendo.

Dado que la única forma en que siga funcionando la economía es con tipos bajos, la respuesta colectiva de las élites occidentales es que a la inflación la pueden dar morcilla. Si viene, que venga. Porque si se suben los tipos todo el chiringuito se va a tomar viento. Es por ello que la semana pasada el Banco Central Europeo ajustó su objetivo de inflación, después de dos décadas, y ahora está en “alrededor del 2%” cuando antes era de estar por debajo del 2%. Aquí está la explicación de CNBC (la traducción es mía):

En una significativa revisión de su política presentada el jueves, el Banco Central Europeo decidió revisar su objetivo de inflación y permitir que los precios al consumidor se disparen cuando se considere necesario.

En una conferencia de prensa el jueves, la presidenta del BCE, Christine Lagarde, dijo que la nueva meta de inflación es «clara y fácil de comunicar».

También dijo: “Sabemos que el 2% no va a estar constantemente en el objetivo, podría haber una desviación temporal moderada en cualquier dirección de ese 2% y eso no nos preocupa”.

«Sobre el papel, un cambio de un objetivo de inflación de facto de poco menos del 2% a un objetivo directo del 2% y el cambio de un límite justo por debajo del 2% a un enfoque simétrico, que explícitamente permite rebasamientos temporales, elevaría el objetivo de inflación y así señalar una postura política aún más suave”, dijo Holger Schmieding, economista jefe europeo de Berenberg, en una nota para inversores.

“En la práctica, no supondrá una gran diferencia en nuestra opinión, ya que la mayoría de los miembros del consejo probablemente han estado apuntando a eso de todos modos. La nueva estrategia está más en línea con la de otros grandes bancos centrales”, agregó.     

Sube el petróleo

El mayor catalizador de la inflación en el mundo es, al menos en el corto plazo, la subida de los precios de la energía. Hace unos meses, publiqué la predicción, bastante poco arriesgada, de que el precio del petróleo subiría a lo largo del año, debido sobre todo a los efectos del acuerdo ruso-saudí para contener la producción y a una administración Biden que tiene interés en satisfacer los intereses de los productores del petróleo (que siguen donando mucho dinero a las campañas) y no a las compañías de fracking que no donan tanto.

Ahora que los precios del petróleo han subido a un máximo de seis años, el Wall Street Journal nos indica que la clave para ver si esta tendencia alcista seguirá la tiene la Organización de Países Exportadores de Petróleo, la siniestra OPEP que dominaba las pesadillas de los políticos occidentales en los años 80 y 90.

Los precios del crudo han avanzado casi un 60% este año, un aumento impulsado por un resurgimiento en el consumo de combustibles fósiles a medida que se implementan las vacunas y se desbloquean las principales economías. La Organización de Países Exportadores de Petróleo y sus aliados, liderados por Rusia, han continuado almacenando millones de barriles por día en el suelo todos los días, lo que limita los suministros.

Los inversores también han desempeñado un papel en el aumento de los precios, comprando contratos de futuros y opciones para apostar a que seguirán subiendo.

Los precios más altos han comenzado a causar nerviosismo en las economías ávidas de energía. A algunos funcionarios les preocupa que el gasto adicional del petróleo pueda aumentar la inflación y frenar la recuperación del Covid-19.

Después de reunirse con los líderes de la OPEP a fines de junio, el ministro indio de Petróleo, Dharmendra Pradhan, dijo que le preocupaba que los precios más altos del petróleo estuvieran perjudicando a los consumidores. India es el tercer mayor consumidor de petróleo del mundo.

Se espera que la demanda de petróleo siga aumentando de nuevo hacia los niveles previos a la pandemia. Pero el hecho de que la OPEP y sus aliados no acuerden un plan para impulsar la producción y controlar el repunte ha dejado inciertas las perspectivas de la oferta. Los Emiratos Árabes Unidos se negaron a adherirse a la estrategia respaldada por Arabia Saudí, lo que llevó al grupo a cancelar la reunión prevista para el lunes de la semana pasada.

A corto plazo, los analistas dicen que si no se libera el crudo embotellado, los suministros se reducirán aún más porque se mantendrán las cuotas de producción para agosto.

Hay tres caminos potenciales para la OPEP y sus aliados, dijo Hans van Cleef, economista senior de energía en ABN Amro Bank. Con la intensificación de las quejas de los clientes, cree que hay un 50% de posibilidades de que el cartel llegue a un acuerdo para aumentar la producción en agosto.

En otro escenario, que Van Cleef considera poco probable, el grupo seguiría con sus cuotas existentes y los precios seguirían subiendo. La tercera posibilidad es que el cartel, que se unió para apuntalar el mercado cuando los precios del petróleo se desplomaron al comienzo de la pandemia, no esté de acuerdo. Los precios del crudo volverían a caer a unos 50 dólares el barril, explicó Van Cleef.

Está claro que el coronavirus no está muerto, y podría volver con otra mutación a partir de octubre que tire los precios del petróleo (y las acciones, y los apartamentos…); y que la influencia de Rusia sobre o con la OPEP es muy significativa.

Esto quiere decir que hay que seguir los jueguitos políticos entre Washington y Moscú: si Biden decide ponerse duro con Putin, una respuesta obvia por parte de Rusia sería presionar que se mantengan cuotas estrechas de producción y precios alcistas del petróleo, lo que es un castigo sólo moderado para Biden porque EEUU ya no depende tanto de la importación de crudo: en resumen, a dos de las tres mayores potencias del mundo, por distintas circunstancias, les puede interesar (o al menos no molestar) una tendencia alcista de los precios del crudo.

Aún así, pase lo que pase con los precios del crudo, ya hemos visto que los bancos centrales están del todo preparados para ignorarlos olímpicamente. Esto es muy importante para los inversores, que llevan décadas entrenados para reaccionar a las subidas de inflación con bajones de la renta variable, como los que hemos visto recientemente; pero este gesto intuitivo ya no tiene sentido.

A China con Amor

China ya no es barata, pero es muy muy importante. Si esperas que la gran empresa estadounidense lidere un boicot internacional contra China ahora que hay tensión política con Washington DC, mejor espera sentado, porque los ingresos en aquel país son una parte absolutamente fundamental del negocio de Apple, de Tesla y de tantos otros. China cada vez vende menos juguetes baratos que duran dos días, pero vende otras cosas.

Esto es bueno. Una de las ideas más estúpidas de Donald Trump fue buscar un conflicto con China, además sin haber acabado previamente con el conflicto con Rusia que había buscado el Pentágono de EEUU durante el segundo mandato de Barack Obama. Que la avaricia del gran capital nos salve de una posible guerra mundial con armas atómicas es bueno para todos. Aplaudamos al señor Tim Cook mientras se mete dinero chino en los bolsillos.

(David Román es excorresponsal en Madrid del Wall Street Journal, y autor del libro “Podemos en Venezuela: cómo se financió la infiltración chavista en España”, publicado este año por la editorial Homo Legens. Su columna Finanzas Políticas, sobre la interacción entre sus dos mayores pasiones, se publica de forma semanal, y también se puede recibir en forma de newsletter aquí.)