La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Alma, corazón y vida

Si nos dan a elegir entre China y Estados Unidos, siempre podremos quedarnos con el mundo panhispánico.

Se acerca de nuevo el Doce de Octubre y empiezan a calentarse los ánimos de los defensores y los detractores de la fiesta. Hasta hace poco se había celebrado sin más, un hito de nuestra historia que se conmemoraba como hace cualquier otro país con cualquiera de sus hitos y que, si no fuera por el puente vacacional que solemos disfrutar y el desfile que se retransmite por la tele, pasaría por las vidas de los españoles como cualquier otra celebración sin pena ni gloria. Pero como últimamente el deporte occidental más popular consiste en polemizar y dividir, enrarecer la atmósfera y pugnar por el control del relato y la visión del mundo que unos pocos quieren imponer, pues ¿cómo no le iba a tocar al evento que nos unió a los españoles para siempre con todo un señor continente americano?

Por la época que nos ha tocado vivir, y a saber si acaso por el aire que respiran o yo qué sé, los detractores abundan y no cejan en su empeño de exponer lo malo y lo feo, como si hacerlo les reportara una energía que los retroalimentara y por lo tanto les animara a continuar en la misma línea. Así que por equilibrar un poco la balanza y por lo tedioso que nos resulta a muchos sentirnos continuamente azuzados a odiar, creo que ya es necesario que empezáramos la defensa y el elogio de lo hermoso y lo positivo. Sinceramente ya me he cansado de gente disculpándose por mí de cosas que no he hecho ni de las que me siento responsable como si se tratara de un pecado original con el que naces puesto y estuviera pendiente de remisión. 

Todos entendemos que los estereotipos, los que aluden a cualidades buenas y los que aluden a cualidades malas, no representan al cien por cien de la población, muchas veces ni siquiera al cincuenta por cierto, pero tendremos que admitir que éstos, mal que nos pese, no se forman de la nada, sino que se han basado en la observación prolongada en el tiempo y el espacio de unas características que, mejor o peor interpretadas, parecen verdaderamente definirnos en algunos aspectos. Por lo general, todos podemos identificar y reconocer esas cualidades de conducta que nos provocan, según qué momento, la risa o la amargura. Por otro lado, atengámonos al mal de muchos, pues absolutamente todos los pueblos tienen sus prejuicios y estereotipos fundados en sus experiencias y relaciones con prójimos y foráneos. Considerando que algo de verdad hay en todas, he de añadir que creo que esos estereotipos aluden, por lo general a unas cualidades que son casi siempre y al mismo tiempo las que nos salvan o nos pierden como pueblo. Pongamos el ejemplo de los alemanes, ya que nos fascinan tanto. El estereotipo va que son competentes y “cabezacuadradas”. Bien, el país aparentemente funciona de lujo, todo es orden y estructura, puntualidad y eficiencia. Con la pequeña contra de que son así para todo, lo cual incluye rigidez en el trato y las relaciones sociales, la imposibilidad de improvisación, la falta de espontaneidad y el hecho de que si una vez se le cruzan los cables y les da por exterminar a otros seres, pues resulta que lo hacen con la misma estructura, orden y eficiencia (y recuerden ustedes antes de ofenderse que estábamos con los estereotipos).

Bueno, de nosotros ya sabemos lo malo que dicen por ahí. Además, nosotros lo hemos asimilado muy deportivamente y nos dedicamos a recrearlo y a exportarlo, repetirlo y expandirlo por el mundo como el que más. No hace mucho una compañera con cara de asco en una conversación se dirigió a mí, con esa naturalidad que tienen los que creen que todos han de compartir su misma visión muy superior del mundo, recurriendo a la manida etiqueta de que “somos un país de pandereta” porque los críos van por la calle con sus padres hasta altas horas de la  mañana en vez de estar encerrados en sus casas a las ocho de la tarde. Contesté que a mí mis padres me habían llevado de fiesta con ellos en ocasiones hasta que amanecía, no pocas veces entregándome yo a un sueño profundo en una silla de madera o de metal del que misteriosamente me despertaba en mi cama al otro día, y que como yo, habían disfrutado de esta costumbre todos mis amigos y conocidos, que nos criamos estupendamente, compartíamos lo bueno y lo malo con los adultos y no sufrimos por ello una merma en nuestros modales, inteligencia o educación. Desde luego ella no pensaba lo mismo y creía que el modelo a seguir era el suizo, por lo que le respondí muy sinceramente y sin resquemor que qué le impedía mudarse a Suiza con sus posibles y lo fácil que estaba ahora mudarse a otro país. Creo que ahí fue cuando se rompieron los puentes, empezó a mirarme de medio lado y dejó de hablarme. Curioso que este tipo de personas tan abundantes hoy en día prefieran no lanzarse a los brazos de la felicidad que está siempre en otros países, sino que anhelan una cruzada para transformar su entorno en ese ideal que ellos se han formado. De este modo, con la excusa de la frustración y la crónica de fracaso anunciada ante tamaña empresa, pueden seguir retorciéndose en su miseria y repulsión hacia todo lo que les rodea, que en el fondo es lo que les gusta.

Vamos a ver, reconocer nuestras faltas está bien. Considerar que siempre hay que estar dispuesto a corregirlas y a aspirar a mejorar en cosas que evidentemente otros hacen mejor es estupendo. Pero oiga, partir del hecho de que nosotros no tenemos nada a lo que otros no deban aspirar ni nada que sea ejemplar o enriquecedor material o espiritualmente me parece una colosal estupidez. Basta ya del complejazo que nos hace tratarnos entre nosotros, los de habla hispana, como cretinos despreciables mientras ponemos alfombras rojas a todo lo que suene a nórdico o anglosajón. 

No hace mucho leí en las redes a alguien que se sorprendía de la melosidad que, ajena a la aspereza en el trato que nos solemos prodigar en Madrid y en muchos sitios de España, estaba últimamente conquistando nuestro entorno. Pues sí, es así, yo también lo he notado. Inmediatamente recordé eso de “los cantes de ida y vuelta” en el flamenco. El flamenco, tal como lo conocemos hoy, no es una cosa tan antigua como uno pudiera pensar por su sonido. Verdad es que está basado en cantes tradicionales peninsulares que vienen de antiguo, la mezcolanza, y las aportaciones de virtuosos y de diversas culturas, pero la cosa es que éste se consagró como arte hace relativamente muy poco, y que a él contribuyeron los sonidos que en nuestras relaciones comerciales y personales iban y venían del Nuevo Mundo. Y así como, principalmente en el sur, tomábamos sus cantes y los aflamencábamos, ellos cogían los nuestros, los llevaban a su terreno y nos lo devolvían con un nuevo aire. ¿A qué viene esto? Pues a que a pesar de que nunca hemos dejado de influirnos, porque digan lo que digan siempre nos ha gustado mezclarnos, ahora estamos en una renovada etapa de influencia en la que debido al gran flujo de población entre países de habla hispana y la mucha inmigración que por ejemplo nos llega a España, estamos adoptando muchas costumbres y modos de expresión que aquí estaban olvidados o eran menos frecuentes. Me parece de puta madre, como diríamos coloquialmente. Así que yo ahora a todo el mundo lo trato de “amor”, “cariño” y “cielo”, cosa que no hacía en mi juventud y que he asimilado alegremente porque es bonito, nada nocivo, relaja el trato y saca sonrisas.

Seis años de mi vida me pasé en el extranjero. Aprendí mucho, la verdad. Sobre todo aprendí mucho a mirar con nuevos ojos nuestra cultura, que hasta esa experiencia me parecía, como a gran parte de la población, digna de denostar, despreciar y criticar. La tierra te duele, la tierra te da, en medio del alma cuando tú no estás, como bien diría nuestra querida Gloria Estefan. Al que no le duele la tierra, qué decir, igual le falta algo de alma. Igual es que jamás se ha visto obligado a dejarla. Pues bien, quizás no estaría del todo mal pasar todos una vez por ahí para luego querernos un poquitín más de lo que lo hacemos. Pocas cosas me conmovieron más que aquel viejo barrendero en una estación de tren alemana que canturreaba nostálgico a Manolo Escobar mientras realizaba su trabajo. Tanto como aquella otra historia del tío de mi amigo Santi que, siendo profesor en una prestigiosa universidad norteamericana, guardaba en su departamento un disco de pasodobles españoles que ponía a todo trapo en su superequipo de sonido cuando se encontraba solo en la planta. Ni que decir tiene que yo hacía lo propio con María Jiménez en mi piso de Hamburgo, a la que sinceramente no le encontraba antes de estar allí la gracia. Igual que le empecé a ver la gracia a cualquier cosa que me tocara la fibra y que abarcaba sonidos peninsulares pasando por todas las islas caribeñas, llegando a Méjico y bajando a La Patagonia. Cuando he estado fuera, me he sentido tan arropada entre “latinos”, tal muchos se denominan, como entre compatriotas de otras regiones de España, con sus salvedades, claro. No todo el mundo que uno conoce, sea de tu país o de otro, puede caerle a uno bien ni con todos se puede conectar, pero ya me entienden, yo me reconozco en cualquier latino como nunca me reconocería en un nórdico. Comparto con ellos la lengua, mucha filosofía de la vida, el humor, el gusto por la gastronomía, por supuesto la música, la importancia de la familia, el afecto a los niños, comparto arte y tradiciones, muchas costumbres y ritos, la inclinación a la sinceridad frente a la hipocresía y mucho más. Me gusta tratarme con ellos. Me gusta tropezarme con una taberna (por cierto, hemos de volver a rescatar esta palabra) en la que suene salsa, los Panchos y Antonio Machín. Me gustan las reuniones con sillas en la calle en las que niños y viejos conviven en armonía, las discusiones sobre cómo se prepara un buen cubalibre, la sonrisa abierta y la carcajada, la asertividad en la opinión, la contundencia en el paso, la exuberancia femenina y el atrevimiento en el vestir, también el mimo y la delicadeza en la expresión, aunque yo sea precisamente todo lo contrario. Me llaman la atención cada una de las variedades lingüísticas y me asombra la estupenda facilidad de palabra y comunicación oral entre la gente sencilla, cosa que aquí parecemos haber olvidado. En resumen: ¡Viva lo hispano! Lo que entre todos compartimos y las particularidades que cada uno aportamos. Ya es hora de empezar a querernos más y a mirarnos con mejores ojos. Y recuerden ustedes que en este nuevo panorama mundial actual, si nos dan a elegir entre China y Estados Unidos, siempre podremos quedarnos con el mundo panhispánico.  

(Imagen: «Día de la Hispanidad – 12 de Octubre de 2013» por Oscar in the middle CC BY-NC-ND 2.0)