La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: fundacioncajasol CC BY-NC-ND 2.0)

Are you bilingüe?

El “bilingüismo” caló fuerte en todos los sectores de la población y se fue asumiendo de tal modo que terminó por convertirse en un culto.

Me dispongo hoy a contarles una historia tuneada que les va a sonar mucho y no sólo porque ya la conocieran ustedes de su infancia sino porque, curiosamente, el mismo patrón se repite en tantos ámbitos últimamente que empieza a dar hasta miedo. 

Érase una vez un país del sur no muy lejano lleno de gentes un tanto acomplejadas que solían mirar con envidia y anhelo a otros países del norte que prosperaban y sabían vender su éxito y presumir de ello como campeones. Los del país acomplejado, en cambio, y en parte debido a tanto complejo, no eran capaces de analizar en profundidad el motivo de sus males, por lo que les dio por pensar que quizás la raíz de los mismos estaba en el hecho de no dominar con soltura la lengua blablesa hegemónica en la que las gentes del norte parecían desenvolverse estupendamente. 

Sus gobernantes, que se jactaban de ser sensibles al sentir del pueblo y dignos representantes del mismo, decidieron un día que quizás con cambiar lo de la lengua todo lo demás se solucionaría.

Hemos dicho que era un país de gentes acomplejadas, hecho que no quitaba que para algunas cosas, normalmente para aquellas que no hacía falta, mostraran arrojo y valentía ni, vaya por Dios, que no se precipitaran a tomar decisiones radicales con un optimismo envidiable. Eran además habitantes propensos a creer en soluciones fáciles para problemas complejos y muy amigos de la magia. Por eso sus gobernantes, que se jactaban de ser sensibles al sentir del pueblo y dignos representantes del mismo, decidieron un día que quizás con cambiar lo de la lengua todo lo demás se solucionaría, pues, como todos se afanaban en repetir, todo se arregla en la educación. 

Así pues resultó que estos gobernantes un día, al unísono y sin diferencias de ideología, se levantaron especialmente listos y valientes y decidieron que por bemoles los niños iban a aprender blabés aunque se les fuera la cartera en ello. Alerta a las tonterías de este pueblo, no tardaron en aparecer los oportunistas locales y extranjeros con ideas varias para llevarse la pasta que a sus gobernantes parecía quemarle en los bolsillos. Enseguida y aprovechando la coyuntura, algunos astutos sastres idearon un traje que llamaron “bilingüe” y que dejó obnubilados por igual a los crédulos gobernantes y a sus más crédulos súbditos. Decidido. Desde ese preciso momento los niños del país, por voluntad popular y providencia divina, iban a hablar de la noche a la mañana dos lenguas por el precio de una. El entusiasmo del pueblo fue tan grande que la locura y el frenesí se desató por doquier queriendo todos ser los primeros beneficiarios de tan novedoso método. 

Como al principio algunos de los gobernantes no veían muy claro el traje que les habían confeccionado los sastrecillos, intentaron ser un poco prudentes dentro de sus limitaciones y cubrirse las espaldas por lo que pudiera pasar. Seleccionarían sólo a los mejores alumnos para tan noble fin. Era sensato asegurarse de que la profecía se cumpliera, no querían incurrir en ningún ridículo. Pero la ira del pueblo se hizo notar pronto, pues nadie quería quedarse atrás en esta maravillosa y mágica aventura para abandonarla a beneficio de unos pocos. Fue entonces cuando los gobernantes se envalentonaron y decidieron extender a lo grande su ingeniosa idea.

Al principio se encontraron con algunos obstáculos, pues aunque el vulgo los vitoreaba y aplaudía, resultaba que muchos de los encargados de poner en funcionamiento su plan en las escuelas fruncían el ceño y se mostraban reticentes. Había que ganarse a esa gente si no se quería llegar más tarde o más temprano a un conflicto que mancillara reputaciones. En poco tiempo se montó una red de prebendas y compensaciones varias para convencer al mundo académico de la valía del nuevo traje. Se atrajo a profesores jóvenes y entusiastas que veían el traje con asombrosa claridad, se desprestigió a los viejos y prudentes, y se sobornó con ventajas de diversa índole y dinero sonante a los nuevos conversos. Todos empezaban a ir juntos en el mismo barco, si se hundía, se hundían todos, qué maravilla de solidaridad forzada.

Algunos del país del blablés observaron curiosamente la obcecación de esos sureños por su nuevo método, así que aprovecharon la ola de entusiasmo para venderse como asistentes, perfeccionadores, comprobadores de conocimiento, entrenadores, expendedores de títulos y demás.

Mientras el entusiasmo por el nuevo y drástico método de aprendizaje de blablés crecía en este país, los países vecinos vivían indiferentes a tal maravilla y seguían empecinados en usar sus métodos obsoletos de aprendizaje de lenguas. Algunos del país del blablés observaron curiosamente la obcecación de esos sureños por su nuevo método, así que aprovecharon la ola de entusiasmo para venderse como asistentes, perfeccionadores, comprobadores de conocimiento, entrenadores, expendedores de títulos y demás. Sin embargo, y a pesar de alabar a esos gobernantes desesperados por darles dinero desenfrenadamente, naturalmente no se les pasó por la cabeza copiar un plan tan sin fisuras para su propio país. Al fin y al cabo la obsesión era por el blablés y ellos ya lo sabían. 

Los niños empezaron a aprender a sobrevivir en la adversidad y a trampear haciendo como que entendían, los profesores certificaban las trampas, los padres aceptaban las certificaciones de las mismas.

El “bilingüismo” caló fuerte en todos los sectores de la población y se fue asumiendo de tal modo que terminó por convertirse en un culto. Como todos hablaban de sus bondades y dejaban muy claro que el que no las viera era, bien indigno del método, bien un somero ignorante, en ambos casos merecedor de desprecio popular, nadie se atrevía a cuestionarlo abiertamente. Así resultó que muchos padres, presionados por el grupo y desesperados por ver bien una tela que por momentos se les tornaba invisible, recurrieron a academias y ayudas de diferente índole que les llevaran a la luz. Cuando sus hijos les contaban desesperados que todo aquello era difícil y que no entendían nada en clase, los padres contestaban que ése era el camino y que sólo había que creer y persistir. Los niños empezaron a aprender a sobrevivir en la adversidad y a trampear haciendo como que entendían, los profesores certificaban las trampas, los padres aceptaban las certificaciones de las mismas, y todos callaban sus preocupaciones. Nadie quería ser la oveja blanca en este nuevo mundo de ovejas negras. 

Como todo culto, pronto se desarrollaron ciertos dogmas que, una vez asumidos por el pueblo, quedaron consolidados para siempre. Entre ellos los más repetidos eran:

1. Dogma de la esponja. Explicaba que los niños tenían tal facilidad para aprender lenguas que cuanto antes los pusieras a la tarea mejor resultados obtendrías. Sólo los herejes podían pensar que el hecho de que un niño empleara entre 12.000 a 15.000 horas expuesto a su lengua materna antes de entrar a la escuela, pudiera significar que quizás necesitara las mismas horas de exposición a blablés, y no la mitad, para llegar al mismo nivel. 

2. Dogma del fulanito. La existencia de un fulanito que hablaba perfectamente ya no dos, sino tres lenguas, y todo tan fácil y sin inversión extra de tiempo ni esfuerzo era la prueba definitiva del método “bilingüe”. Sólo los herejes podían insistir en comprobar el grado real de esta afirmación y sus circunstancias.

3. Dogma del beneficio. Conocer blabés únicamente podía traer beneficios a pesar de todos los costes que se pagaran para ello. Sólo los herejes podían pensar que el coste para ello era muy alto o que faltaban estudios serios sobre su eficacia. Nadie, mucho menos los gobernantes, parecía interesado en promover tales estudios, todo sea dicho. 

4. Dogma de la gran oportunidad. Asumiendo el pueblo que aquello cuasi mágico era sin duda una grandísima oportunidad que a ellos no les habían ofrecido de niños,  entendían que sólo unos herejes ingratos podían oponerse a ello y, peor, recomendar el estudio como método de compensación para lo que se ignora.

Cuando todo el argumentario fallaba para convencer a los escépticos, se recurría sin piedad a la última baza, que era la de acusar al infeliz invidente de no saber apreciar la importancia del blablés en la sociedad actual y de querer dejar a los niños en las tinieblas del mero conocimiento de su insignificante lengua materna. Dudas razonables hacia el método para aprender blablés no entraban nunca en las entendederas de sus fieles defensores. 

El fervor del método, lejos de remitir, fue aumentando con los años. Los gobernantes se vinieron tan arriba que empezaron a hablar de trilingüismo. Por supuesto, y como en cualquier culto, también aparecieron los fanáticos. No era raro ver a personas no blablesas hablando únicamente blablés con sus hijos y negándole la lengua materna de la que repetían se aprendía en la calle. También hubo muchos padres y profesores que lavaban el cerebro de las tiernas criaturas haciéndoles creer que si hablaban en blablés tenían superpoderes. Desde luego a muchos niños se lo parecía, pues el orgullo henchido de sus progenitores y el babeo generalizado de la audiencia lo confirmaba sin duda. 

También hubo muchos padres y profesores que lavaban el cerebro de las tiernas criaturas haciéndoles creer que si hablaban en blablés tenían superpoderes.

Pasaron los años, la gente empezó a hartarse del traje, de su color, de su forma, de su esfuerzo desmedido por intentar verlo. Los herejes que a pesar de toda presión externa fallaron en el intento de verlo ya hacía tiempo que habían sido relegados a escuelas de segunda. Algunas tímidas voces entre la población comenzaron a comentar en alto que aquello igual era un timo. Los gobernantes se empezaron a poner nerviosos. Acusaron a los profesores de no hacerlo bien. “Si no funciona es que no es verdadero método bilingüe y lo estáis haciendo mal, incompetentes, deberíamos sustituiros por nativos de blablés”, repetían los defensores del mismo. Por supuesto no faltó la recurrente idea de meter todavía más dinero en la causa a ver si así se arreglaba la pesadilla de una vez. Todo en vano. Aquello estaba haciendo aguas. Finalmente el pánico se extendió entre los gobernantes y… Y ya saben. 

El final de la historia ya lo intuyen ustedes. Así que colorín colorado, este cuento se ha acabado.