La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: CharlesFred CC BY-NC-SA 2.0)

Auge y caída del término raza

Hay que celebrar la unidad de la Humanidad desde su diversidad cultural basándonos en guías sencillas e inmediatas como la igualdad en dignidad, el respeto mutuo y la tolerancia.

Tras la Segunda Guerra Mundial – créanlo o no – «raza» pasó a ser una palabra prohibida, sobre todo en los dominios de la Antropología. En la época, «raza» unida al estudio de los grupos humanos estaba inextricablemente unida al darwinismo social.

Pero el darwinismo social no es, como podría pensar alguien alejado del estudio de la Humanidad, un término nazi. Muy al contrario, tiene el mismo origen que el darwinismo biológico: el mundo anglosajón. Simplificando obscenamente los conceptos de Darwin y sus sucesores (la selección natural como proceso de selección de los más aptos para un ecosistema y un clima dados), el darwinismo social contempla la historia humana como la supervivencia y dominio continuos del más fuerte y la propia historia como un proceso evolutivo de mejora continua. Esta mejora – la duda ofende –  acaba en la civilización anglosajona o, todo lo más, occidental industrial decimonónica.

Como la historia se culmina en una victoria definitiva, lo predecible es que el ser superior domine a todos los demás. Ya sea por las buenas, dirigiéndoles paternalmente a cambio de la explotación de la riqueza, ya sea a las malas, castigándoles como al hijo díscolo como los divertimentos de Leopoldo el filántropo en Bélgica, ya sea a las peores, exterminando a poblaciones y pueblos cuando son irrecuperables. Sin ánimo de ser exhaustivos: los hereros de Namibia, distintos pueblos nativos americanos bajo mandato estadounidense, la conquista del desierto en Argentina, etc. Algunos gobiernos que se quisieron occidentalizar tomaron esa doctrina como necesaria y propia, y así los jóvenes turcos exterminaron a armenios, asirios y griegos del Ponto.

La consecuencia más sobresaliente del darwinismo social fue, como saben, el nazismo. Los torpes y sangrientos conceptos de Spencer y sus sucesores pasaron a ser nucleares para el ideario de lo que estaba naciendo. Tanto, que pasaba al espacio: al Lebensraum, al espacio vital. En ese espacio sólo acabaría por poder habitar un tipo de ser humano determinado por algunas características fenotípicas, y no cabría en él ningún otro. El predominio del pueblo que se estaba eligiendo a sí mismo rechazando toda su historia previa era incompatible con la vieja Europa, crisol de pueblos, lenguas, confesiones y costumbres.

Lo habían dejado por escrito. Era algo tan, tan aberrante que nadie fuera de ellos se lo tomó en serio. De hecho, cuando lo pusieron en marcha tardó tiempo en comprenderse en su magnitud; y era tan aberrante que sólo un esfuerzo titánico de documentación y de pedagogía evitan que se confunda con una exagerada pesadilla.

Acaba la Segunda Guerra Mundial. Con ella acaba una guerra académica, y con toda razón se destierra el spencerismo, el darwinismo social, la eugenesia y todos sus corruptos descendientes del trabajo académico aceptable. De tanto había que curarse que, con toda razón, se extirpó de manuales y monografías el término y concepto de raza. Era imperativo centrarse en la única raza, la raza humana, y en la Humanidad en su conjunto excelsamente diverso. Tras las simples características físicas (sobre todo faciales, ridículamente «estudiadas» por la frenología no mucho antes), estaban los grupos humanos haciendo cultura. Y los vencedores de la Segunda Guerra Mundial se dedicaron a estudiar el prodigio de los grupos humanos construyéndose y narrándose en el tiempo.

Hoy en día no es sencillo hacerse una idea de la radicalidad del cambio que tiene lugar en la segunda mitad de los años cuarenta. El mejor ejemplo que se me ocurre son los trece puntos de Negrín, el programa con el que el presidente de la República pretendía alcanzar el armisticio en nuestra guerra. El décimo es hoy difícilmente comprensible, pero en 1938 hablaba a unos y a otros:

«Mejoramiento cultural, físico y moral de la raza.«

Los viejos antropólogos no hablamos de raza. Varias generaciones de antropólogos obviaron el estudio de las características fisiológicas, por estar contaminado por las ideas racialistas anteriores, y en su lugar se concentraron en lo que el hombre dice y hace en grupo. De cara a mencionar las características físicas de un grupo, los antropólogos hablamos de fenotipo como conjunto básico de rasgos físicos someramente representativos de un grupo humano. Así, por ejemplo, los Nuer y Dinka de lo que hoy es Sudán del Sur son grupos humanos de piel muy oscura, cabello ulótrico, elevada estatura, complexión delgada… y casi ahí queda la definición. No se puede detallar mucho más sin llegar a perjudicar a la variedad intrínseca a los grupos humanos, y de cualquier manera palidece ante lo que los Nuer hacen o narran y las diferencias y semejanzas con los Dinka o los Azande. Lo primero llena pocos párrafos, lo segundo muchas páginas… que hoy son en algunos casos archivo y registro de algo que ya no está.

Busquen Los Nuer, del maestro de uno de mis maestros. Dedíquenle tiempo este verano, no se arrepentirán.

Esto no quiere decir que el fenotipo no tenga importancia. Los caucásicos, por ejemplo, tienen mucha menos melanina y digerimos la lactosa de adultos, o son tolerantes al alcohol, por presión evolutiva. El cáncer de piel para la esperanza de vida de hace 2000 años presionaba menos que carecer de suficiente vitamina D sintetizada a través de la piel, el insumo alimenticio de la leche y sus derivados marcó la diferencia para muchos grupos caucásicos, y el consumo de bebida fermentada les protegió del cólera y otras enfermedades que no comprendían pero que padecían.

Pasadas unas décadas, sigo firmemente convencido de las enseñanzas de los que me precedieron: hay que celebrar la unidad de la Humanidad desde su diversidad cultural basándonos en guías sencillas e inmediatas como la igualdad en dignidad, el respeto mutuo y la tolerancia. Creo más productivo para todos pensar en el individuo que se suma en Humanidad, antes que reinventar o revigorizar categorías divisorias como lo fue la raza y como algunos buscan que vuelva a serlo, aunque invertida en sus objetivos.

Las lecciones de mis maestros son más importantes que nunca. Es urgente revisar dialogando estos conceptos que una minoría políticamente activa busca imponer al resto. Esto no implica negarles la palabra, pero tampoco aceptar ideas con las que estemos en desacuerdo y por muy buenos motivos.

Mejorar, claro que sí. Imponer, nunca. No en democracia.