La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Base de datos (Thomas Hawk CC BY-NC 2.0)

Conocimiento a nivel de usuario

El conocimiento no puede estar dentro de un manual de instrucciones. Para aprender se hace necesario estar abierto a lo real.

Se puede vivir sin estar arraigado en lo real. No se trata del delirio de alguien que ha roto amarras y su mente va a la deriva. Entiendo por lo real lo que los griegos llamaban physis cuando la distinguían del nomos. El nomos abarca todo lo que no es por necesidad natural sino que existe por convención. Podemos decir que el nomos, lo convencional o artificial, ha colonizado todos los aspectos de la vida, y no ya las normas de convivencia o las diversas técnicas que facilitan la vida, sino que se vive dentro de una burbuja que no se apoya en la realidad. Hay que prestar atención al ahí del ser-ahí, del dasein de Heidegger, porque ha cambiado, se es no en la physis sino en el nomos.

Las ciencias de la computación han convertido el conocimiento en datos manejables. Los datos se pueden gestionar mediante una serie de pasos o algoritmos para alcanzar finalidades previamente trazadas. Sólo necesitan tener propiedades formales. 

El dato es un átomo sin propiedades de suyo, ya que si las tuviera, no podría ser un elemento con el que operar lógicamente.

Los datos se insertan en algoritmos que pertenecen al campo del nomos, pues son meras reglas formales de manipulación de símbolos, indiferentes al campo al que se apliquen. El dato es un átomo sin propiedades de suyo, ya que si las tuviera, no podría ser un elemento con el que operar lógicamente. Si el dato tuviera propiedades de suyo, internas, se podría tomar como origen de un movimiento dialéctico mediante el cual se iría interrelacionando hasta alcanzar totalidades (Platón, Ibn Tufayl, Hegel). Ello daría lugar a una interpretación filosófica que, acertada o no, arraiga en lo real. La filosofía siempre parte de lo real, otra cosa es a dónde llegue.

Hasta ahora podía haber una conciencia sin conocimiento, el “sólo sé que no sé nada” de Sócrates, pero ahora se da un conocimiento sin conciencia. La conciencia era la que hacía posible el conocimiento, como se ve en el cógito de Descartes; era el lugar donde se constituía el fenómeno, es decir, la realidad tal como aparece a la conciencia. Y el fenómeno se podía depurar internamente con métodos dialécticos o fenomenológicos hasta alcanzar la verdad exigida por la ciencia.

La Escuela de Fráncfort se quejaba de que la razón sustantiva había menguado a razón instrumental que lo mediatizaba todo sin llegar nunca a una tierra firme de finalidades. Razonar quedaba en una mera colección de reglas formales.

No extraña la proliferación de las más diversas ideologías porque lo abstracto puede ser rellenado con todo, y se da el caso de que la necesidad que emana de las reglas y algoritmos parece emanar del contenido.

Guy Debord dijo que todo se ha convertido en mera representación (La Sociedad del Espectáculo), pero es una representación sin sujeto. Nomos no es consenso o unión de voluntades, sino representación sin sujeto y sin arraigo en lo real: Matrix, el ámbito del nomos, no es un sujeto. Y si no lo es en el plano del conocimiento, menos lo es en el plano práctico, no tiene las características de todo sujeto, la libertad y la responsabilidad, de las cuales emane una ética.

Del mismo modo que alguien puede conducir un coche sin saber nada de mecánica o física, sólo con saber para qué sirve cada mando y conocer las normas de circulación.

Ahora, la realidad se convierte en dato con el que se puede trabajar formalmente. Sólo se exige que tenga relaciones algebraicas y lógicas. No necesita el significado interior, únicamente que tenga propiedades formales y, por tanto, abstractas (resulta que la matemática aplicada es más abstracta que la matemática pura, pero de esto hablaremos en otra ocasión). El dato no necesita la conciencia para constituirse, sólo un flujo de información trabado lógicamente.

El conocimiento convertido en datos se ha hecho manejable, manipulable por cualquiera que sepa manejar los algoritmos. Puede manejar la información con la eficacia que antes era patrimonio del experto en la materia, del erudito. Del mismo modo que alguien puede conducir un coche sin saber nada de mecánica o física, sólo con saber para qué sirve cada mando y conocer las normas de circulación.

Las ciencias de la computación han logrado la posibilidad de un nuevo tipo humano que no necesita estar abierto a la physis, le basta el ámbito del nomos: sólo necesita saber códigos, protocolos e instrucciones. Ya no es necesario el conocimiento de la realidad, la Naturaleza, la physis, para estar instalado en la realidad, para vivir. Conste que estar fuera de la Naturaleza es algo constitutivo del ser humano, como ponen de manifiesto los mitos, y explicita la antropología filosófica, que caracteriza al hombre como un ser inacabado y es la cultura la que lo completa (Gehlen). Pero entiéndase literalmente, la cultura como complemento de un ser que, estando inserto en la Naturaleza, está mal adaptado y debe recurrir a los productos de su inteligencia, que no otra cosa es la cultura. Pero necesitaba conocer la realidad para dar una adecuada respuesta cultural. Aun sin un conocimiento científico, bastaba la experiencia, el trato habitual y directo que hace al hombre habilidoso y proporcionaba un conocimiento suficiente. 

El ser se ha descentrado y descontextualizado, y se ha reducido al absurdo, no para demostrar nada, pues se ha quedado en la pura gratuidad del absurdo.

Lo convencional postulado por la filosofía griega no tenía su fundamento en la Naturaleza, pero sí en el sujeto, de ahí las tesis relativistas o incluso escépticas. En el escepticismo el sujeto hace epojé (suspensión de juicio, ni afirmar ni negar) por lo que el sujeto vuelve al punto de partida de Sócrates (Sólo sé que no sé nada). Lo convencional surgido de las ciencias de la computación ni tan siquiera tiene el fundamento en el sujeto, por lo que podemos afirmar que no tiene fundamento. El sujeto y la physis se hacen innecesarios y esto es un síntoma más de nihilismo.

Volviendo a Heidegger, el ahí del ser, ya no es un sujeto, una conciencia. El ser se ha descentrado y descontextualizado, y se ha reducido al absurdo, no para demostrar nada, pues se ha quedado en la pura gratuidad del absurdo. El ser es de suyo activo, ser es una actividad, la más básica, pero ahora no dice relación a nada, no digamos ya a lo Absoluto. Se comprende que toda otra actividad, comer, correr, estudiar, no contribuya a dar sentido a la vida. Y la vida se convierte en una continua búsqueda de sentido sin lograr hallarlo.

El conocimiento no puede estar dentro de un manual de instrucciones. Para aprender se hace necesario estar abierto a lo real. Leer en el libro de la Naturaleza como decía Galileo. Hay que recuperar la experiencia, la apertura a lo real. Un sujeto sin experiencia es una abstracción cartesiana; y no es que el sujeto abstracto cartesiano sea una mala representación del sujeto real, lo malo es que cada vez más es una buena representación porque el sujeto real se hace abstracto. Una experiencia auténtica, no la experiencia degradada y empobrecida que según Walter Benjamin es la propia del mundo moderno. La experiencia estética nos muestra el camino. Y sólo a partir de la experiencia auténtica puede la razón reconstruir sus dimensiones teórica y práctica.