La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Debates indecibles

Hay un enjambre aparentemente acéfalo de miles de voces y de organizaciones generosamente financiadas y en concierto contra las libertades.

El día de la expiación, el Yom Kippur, ocurría algo extraordinario: el Kohen ha’Gadol, el sumo sacerdote, traspasaba los límites del Hekal, el lugar del culto o Santo. En el Hekal tenían lugar parte de las ceremonias periódicas a lo largo del año. Sin embargo, en Yom Kippur el Kohen ha’Gadol podía entrar en el Debir, el Santo de los Santos. Era un lugar resguardado tras una cortina, vacío tras la destrucción del Primer Templo por los babilonios en el s. VI A.C. y el consiguiente robo del Arca de la Alianza. En ese lugar vacío se hallaba la Sejinah o presencia del Altísimo, y en ese lugar y en ese día se podía pronunciar el nombre de YHWH.

El resto de los días, era impronunciable. Como tal, era la única palabra en la Torah que no estaba vocalizada y que, de hecho, sólo el Kohen ha’Gadol sabía cómo se pronunciaba. Cuando las legiones de Tito tomaron Jerusalén y destruyeron el Segundo Templo, mataron al último Kohen ha’Gadol y la pronunciación del tetragrámaton murió con él.

Para un ateo, lo relatado es historia en el mejor de los casos, y chufa en el peor. Un ateo español tenderá más aún a la mofa y a la befa con el Canon católico y hará chistes generalmente perezosos y gruesos sobre la Trinidad, por ejemplo. No tiene consecuencias, como sí las tiene hacer chanzas sobre Mahoma y el Islam.

Con esa actitud, lo lógico sería pensar que lo indecible e inefable son algo superado e inaceptable para un ateo. Para un ateo español, la ciencia debe sustituir a la religión, y la libertad de expresión regulada debe regir la vida pública y su debate. La empresa colectiva en permanente construcción que es la ciencia vigila y mide sin cesar a la naturaleza, y la democracia se mantiene sana sometiendo a debate cívico los aspectos relevantes de la vida pública

Aquí debería acabar el artículo. Sin ser ateo, acepto sin fisuras el papel de la ciencia en la construcción de conocimiento. La humanidad no conoció antes nada parecido y los resultados están a la vista por todas partes. Y no creo que haga falta que me posicione respecto a una sociedad abierta y al imperio de la Ley.

Sucede, sin embargo, que la dualidad de ciencia y libertad de expresión no se aplica en todo momento y para todos los temas. Hay cuestiones que algunos pretenden que no tengan discusión, ni desde la ciencia ni en la esfera pública. De alguna manera misteriosa, esas cuestiones han perdido las vocales para convertirse en sagradas:

C*MB** CL*M*T*C*

Un poco raro para nosotros los indoeuropeohablantes. Si no somos seres superiores como los hablantes de farsi, que logran el indubitado prodigio de escribir una lengua indoeuropea sin vocales y no enloquecer pasadas las dos de la tarde, necesitamos las vocales.

CAMBIO CLIMÁTICO

Lo podemos pronunciar, pero no lo podemos someter a escrutinio ni debate. Para muestra, un botón: hace unos días mi amigo Pablo me dio a conocer un caso que logró sorprenderme: Facebook censura un artículo revisado e indizado que choca con la visión sagrada del cambio climático.

El artículo censurado es éste: Connolly, R., Soon, W., Connolly, M., Baliunas, S., Berglund, J., Butler, C. J., … & Zhang, W. (2021). How much has the Sun influenced Northern Hemisphere temperature trends? An ongoing debate. Research in Astronomy and Astrophysics, 21(6), 131. https://doi.org/10.1088/1674-4527/21/6/131 

Cito un resumen de la controversia traducido:

Las «fact checking» realizadas por personas no expertas están acabando con la investigación científica genuina

Willie Soon Ronan Connolly

22 de septiembre de 2021 Actualizado: 22 de septiembre de 2021

Recientemente hemos publicado un nuevo informe sobre el cambio climático en la revista científica revisada por pares Research in Astronomy and Astrophysics (RAA). Los casi dos docenas de coautores de nuestro artículo son expertos en física solar y ciencia del clima de 14 países.  Estudiamos el papel del Sol en el cambio climático. Descubrimos que, dependiendo de los conjuntos de datos científicos que se elijan, se puede explicar el calentamiento global  desde el siglo XIX, se puede explicar como algo natural o como algo causado por el hombre. La enorme incertidumbre en torno a una cuestión tan clave es un motivo de gran preocupación.

Pocos días después de la publicación de nuestro artículo, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático sobre el Cambio Climático (IPCC) publicó su 6º Informe de Evaluación (AR6). El AR6 del IPCC concluyó que era «inequívoco» que el reciente calentamiento global

 fue causado casi en su totalidad por el hombre.

Al periodista Alex Newman le llamó la atención el contraste entre los dos informes. Nos entrevistó a nosotros, a los representantes del IPCC y a otros científicos para un artículo en The Epoch Times.

La gente empezó a compartir el artículo de Newman en las redes sociales. Uno de los «verificadores de hechos independientes» de Facebook, Climate Feedback, intervino rápidamente. Este sitio web de «comprobación de hechos», apoyado financieramente por Facebook, TikTok, Google News Initiative y otros, declaró que el artículo era «incorrecto» y «engañoso». Facebook comenzó entonces a censurar cualquier publicación que compartiera el enlace.

Los «fact-checkers» pretenden ser la solución. Pero un «fact-check» weaponizado no es más que un «narrative-check». La ciencia prospera cuando se permite a los científicos investigar las áreas de desacuerdo científico. Por eso, cuando los periodistas y las plataformas de los medios sociales utilizan los «fact-checkers» para suprimir los auténticos desacuerdos científicos genuinos, están atacando de hecho la investigación científica.

Que una «agencia de verificación» se imponga en comunicación pública sobre científicos especialistas e impida con éxito que en Facebook se publiquen menciones al artículo mencionado demuestra la metastásica agenda de las RRSS en relación al control sobre lo que se puede decir o no en ellas. Por supuesto, nadie ha vuelto a mencionar en la Era Biden que si una Red Social ejerce la censura pasa a ser responsable legalmente de lo que se publica en ella.

Más allá del hecho en sí, lo importante es que una cuestión en manos de la ciencia – el cambio climático de origen antropogénico – está dejando de ser científico. Todo el maravilloso palacio de la Ciencia se eleva sobre pedestales provisionales, y nada debe evitar el escrutinio si se dispone de los medios para hacerlo. Peor aún, quien debe revisar la calidad y solvencia de una obra científica son los pares de los autores, sus colegas de profesión: los que ejercen el peer reviewing y la comunidad especialista en cada dominio y campo concreto. No una persona ajena a ese campo y probablemente a la actividad académica – quiero pensar que un académico digno de esa consideración no puede colaborar con la censura explícita de la comunicación científica.

Un ejemplo tan abrumador como el anterior: ¿Y si no se puede combatir el cambio climático democráticamente? En este post en El Confidencial, el autor se hace eco de los que ya están cambiando el orden de prioridades: primero «la lucha contra el cambio climático». Antes incluso que la democracia. La economía, los puestos de trabajo, el bienestar, ni están ni se les espera. El cambio climático no es debatible, y todo sacrificio es poco. Por supuesto, llegado el caso la decisión no es democrática. Cito:

Nada de lo anterior debería desalentarnos a la hora de tomarnos en serio la lucha contra el cambio climático. Es una de las tareas más urgentes que la humanidad tiene ante sí. Por supuesto, aunque durante el proceso los países democráticos se vean obligados a cooperar con dictaduras —eso pasó también tras la Segunda Guerra Mundial—, y en ocasiones incluso envidien su capacidad de adoptar medidas drásticas sin miedo a la reacción social, deben renunciar a toda tentación autoritaria. Si para salvar el clima destruimos la democracia, habremos hecho un pésimo negocio. Pero, más allá de la retórica agradablemente verde con la que hemos recubierto este mayúsculo problema, debemos asumir que su solución chocará con algunos sectores de la sociedad y que estos, legítimamente, intentarán vetarla.

Entonces, habrá que recurrir a algo que añoramos de esos otros grandes momentos del pasado: el liderazgo político más allá de los conceptos amables, las promesas de redención y los logotipos verdes. Mirar a la Gran Reconstrucción de la década de 1950 puede sernos útil, pero es posible que en esta ocasión el reto sea si cabe más difícil.

Por más que afirme que «Si para salvar el clima destruimos la democracia, habremos hecho un pésimo negocio», llegamos al meollo práctico del asunto: «habrá que recurrir a algo que añoramos de esos otros grandes momentos del pasado: el liderazgo político más allá de los conceptos amables, las promesas de redención y los logotipos verdes». Porque, claro, sucede que la democracia es otro concepto sagrado e indiscutible, y aquí no parece haber transfinitos cantorianos: una vez la palabra pierde sus vocales y abandona el mundano terreno del debate, no puede ganar prioridad sobre otras palabras sagradas.

Vivimos, querido lector, en el mundo de los caballeros que dicen Ni. Y nos dicen Ni, o Eki-eki-eki-tapannn, cada vez más a menudo y con voz más chillona.

Hemos alcanzado ya un momento en el que, si alguien se atreve a poner en duda la formulación específica del cambio climático y sus consecuencias sociales, políticas y económicas, se le somete a un acoso y estigmatización digno de las mejores cazas de brujas. En la vida pública parece que no hay derecho a expresar la más mínima duda sobre la magnitud y consecuencias del cambio climático de origen antropogénico, ni aún si algunos especialistas la respaldan.

Tampoco tenemos derecho a preguntarnos a quién beneficia esta montaña de daño a la economía europea. Quiénes son los grandes beneficiados de un movimiento tan extremo que, además, no es universal. No tenemos derecho, al parecer, a preguntarnos por el sentido de medidas de descarbonización radicales, drásticas y por completo inflexibles para el futuro del clima de un planeta en el que hay otras naciones que no cumplen con ese criterio y que contaminan más que la totalidad de la zona euro.

Finalmente, lo menos claro de todo es quién lo prohíbe. La ley define como delitos acciones que objetivamente atentan contra derechos de terceros, de la colectividad o de la cosa pública; concretamente, la ley define los derechos que limitan la libertad de expresión e indica los cauces por los que un juez puede fallar contra el que los supera.

Pero aquí no hay ley, ni hay jueces. Tampoco hay ciencia, porque a la ciencia se la contesta con ciencia y no con censura.

Hay un enjambre aparentemente acéfalo de miles de voces y de organizaciones generosamente financiadas y en concierto contra las libertades. Hay redes sociales con agendas poco claras y posición por completo dominantes, que en estos dos últimos años se han quitado la careta y cada vez son más insolentes sobre lo que nos dejan publicar y lo que no.

No pongo en duda el cambio climático. No soy especialista, y lo cierto es que hay signos preocupantes. Pero menos pongo en duda la ciencia, y desde mi modesta posición individual trato de defender los cimientos de la sociedad abierta y plural y el imperio de la Ley.

Les dejo con una última reflexión: fuera del occidente rico se están poniendo cada vez más cortapisas a la acción de las redes sociales mayoritarias. Mientras Rusia invierte en campañas que apalancan Facebook, Twitter e Instagram, China no sólo hace otro tanto sino que lanza tik tok sobre nuestros jóvenes. Si los regímenes no democráticos emplean contra nosotros las RRSS y las limitan o prohíben en sus territorios es que es algo doblemente bueno para esos regímenes y crecientemente preocupante para nuestro futuro. Puede estar llegando el día en el que la defensa de la sociedad abierta pase por la limitación legal de las RRSS y, por supuesto, por impedir que regímenes adversarios y dañinos las apalanquen contra nosotros.

(Imagen: R. Ortega CC BY-ND 2.0)