La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: timtak CC BY-NC 2.0)

Defínete

Definir y encasillar a personas o cosas se nos da mejor y es más divertido que lo de definirnos a nosotros mismos.

Definirse y, en general, definir cosas es algo muy difícil. La mayoría de nosotros usamos conceptos alegremente, creyendo que sabemos bien de lo que estamos hablando, pero si nos pidieran que definiéramos muchos de ellos, nos las veríamos algo negras. Suele ocurrir que la gente presupone que, cuando habla, su interlocutor está pillando completamente el mensaje que uno quiere transmitir. La verdad es que, en no pocos casos, ni uno está transmitiendo lo que quiere transmitir, ni el interlocutor ha entendido la mitad de lo que se ha dicho. Digamos que esto pasa frecuentemente, pero especialmente si pasamos de una conversación trivial y banal sobre lo cotidiano a algo más elaborado y específico, y no digamos filosófico. 

A todo el mundo le gusta la claridad, le gusta entender las cosas cómodamente y sin grandes esfuerzos mentales. A pocos les gusta perderse en nebulosas, devanarse los sesos o que los mareen dando rodeos que terminen en la nadería del cacao mental. La claridad te lleva al entendimiento y el entendimiento de las cosas te da satisfacción y cierto sentido de control. Algunos soberbios creen erróneamente que ganan caché haciéndose los elevados e ininteligibles y alardean de poder disertar sobre un tema sin que el mortal medio lo entienda. Los más sensatos, sin embargo, de sobra saben que una cosa sólo se ha entendido bien si se puede explicar de un modo breve y sencillo. Por eso creo muy recomendable hacer a menudo el esfuerzo mental de explicarse uno de manera que lo entienda un niño de 10 años. No crean que es fácil hablar de cualquier tema en estos términos, prueben. 

Los linchamientos públicos están tan de moda como el deporte de alardear de buenismo.

La cosa es que el mundo está lleno de matices, pero adoramos la claridad, que, por otro lado, nos suele llevar al blanco y negro. De hecho, el pensamiento maniqueo es tendencia. Y mucho más en las redes sociales, que se han convertido en una gran arena para el atributo o el insulto rápido y anónimo. Los linchamientos públicos están tan de moda como el deporte de alardear de buenismo. En pocas palabras, que somos millones de personas, pero nos dividimos alegremente en votantes de derechas o de izquierdas. Nos gustan montones de animales, pero en el fondo casi todos somos más de perros o más de gatos. Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus, afirmábamos hasta no hace mucho. Eres más de mar o más de montaña, más de calor o más de frío, más de carne o más de pescado, y al final, si no estás conmigo estás contra mí, ¿o no? 

¿Y cómo en un mundo tan complicado y contradictorio tendemos tanto a la simplificación? Pues porque si no, nos resultaría muy difícil lanzarnos a bailar el baile social. Que sí, que la vida más que una tómbola es una fiesta. Ahí nos sueltan y empieza la música. Los hay más diestros en baile y más patosos. También están los que se preguntan qué hacen allí, los que se lo pasan bomba, los que disfrutan cada momento, los que se quieren ir cuanto antes, los que adoran esa música y los que no la soportan, los que prefieren mirar sin relacionarse, los que necesitan un empujoncito, los que sin una copa no son nadie, los que se agotan temprano y se van a casa, los que se quedan hasta que ponen las calles, los que se lucen bailando, los que tienen dos pies izquierdos, los que empiezan tímidamente y luego se sueltan, los que disfrutan a lo grande aunque bailen de pena, los muy aprensivos a las críticas, los pasotas de todo, los que anhelan que algo especial pase, los que provocan que ese algo pase, los que buscan conflicto, los que observan con interés sin esperar nada, etc., etc. Total, que en esta fiesta hay gente para todo, y así es como está bien y debe ser, ¿qué salsa tendría la vida si todos fuésemos iguales? Y, bien mirado, ¿no les parece que todos, dependiendo de cómo nos pille el cuerpo, la edad o las circunstancias, podríamos ser cada uno de los caracteres mencionados de la fiesta?

No sé a ustedes, pero a mí lo de definir se me da bastante mejor que lo de definirme. Por lo general, definir y encasillar a personas o cosas se nos da mejor y es más divertido que lo de definirnos a nosotros mismos. Al fin y al cabo, si nos ponemos a analizarnos, de verdad somos más complicados de lo que parecemos. La cuestión es que en el juego de la interacción social uno está condenado a definirse constantemente, a decantarse por opciones, a delimitar gustos y aficiones y a presentarse en pocos trazos ante un público escrutador que quiere saber en breve a qué se atiene contigo y si te concede el privilegio de su simpatía o amistad. Hasta ahí todo bien, hay rasgos de personalidad que quizás sean más llamativos y consistentes que otros y que pueden definirnos al menos como boceto ante los demás. Pintar el cuadro entero con sus detalles y hacerlo de forma hiperrealista, eso ya requiere su tiempo, y de tiempo andamos bastante escasos. No extraña que muchas interacciones terminen por ello en fracaso. 

Vale, pero rasgos de personalidad son una cosa y luego están los rasgos de pensamiento. La verdad es que me fascina la facilidad y la decisión con que mucha gente se aferra a etiquetas, y más todavía el fanatismo con el que algunos, sintiéndose miembros de una opción, compran y asumen el catecismo entero de su causa, sin dudas ni disonancias aparentes. Ni siquiera entiendo cómo eso es posible. Un amigo mío me dijo una vez que soy una mezcla perfecta entre rollo zen y Marifé de Triana. En realidad no sé lo que quería decir exactamente, pero entiendo que se refería a que soy una mezcla extraña entre pasotismo exótico y pasión española, o algo así. Oiga, pero que tampoco sé si me estaba echando un piropo o me estaba criticando por contradictoria. La cosa es que, sea como sea, mi naturaleza es la mezcla y no la pureza. Y quisiera creer que así es también en la práctica para el común de los mortales, aunque en teoría se pinte de puro y vaya asimismo exigiendo pureza. 

Para purezas no cuenten conmigo. Soy de esas que otros desprecian por no poseer un gusto musical refinado que me haga argumentar doctamente sobre un campo concreto. Yo escucho de todo y creo firmemente que cada pieza, pertenezca al tipo que sea, está especialmente indicada para un momento, una emoción, una situación determinada. Y lo mismo me pasa con la política. Les diré que el otro día escuché disertar a un anarquista y terminé convencida de que yo también era anarquista. Me pasó también, no mucho ha, que leí un libro sobre conservadurismo que me convenció plenamente de que yo era conservadora, aunque hasta ese momento no lo hubiera pensado, al menos no con ese convencimiento. Cuando me hablan de los excesos del capitalismo y de la necesidad de paliar las injusticias en el mundo me vuelvo claramente socialista. Al rato recapacito sobre las constricciones que me quieren imponer con las excusa de la justicia social y el colectivismo y me vuelvo liberal. Los excesos de libertad que nos llevan al desenfreno y la locura me vuelven reaccionaria. Y así es cómo paso por todos los estilos políticos como si fueran musicales, cada uno en su momento coloreando con sus matices el fondo gris en el que otros se empeñan en quedarse. 

La clave está en preguntarse, dudar y escuchar siempre atentamente como si tu interlocutor supiera algo importante que tú no sabes y que podría enriquecerte como ser humano, como diría J. Peterson. Evidentemente esto no es posible con los inmaculados de espíritu que llevan su ideología por bandera y van por el mundo orgullosos predicando su evangelio, catecismo de dogmas en mano, presumiendo de íntegros e inflexibles en su evidente superioridad de pensamiento, decididos a no contaminarse con los argumentos de los que consideran sus despreciables rivales políticos. Todos los demás que vagan por el mundo curiosos, los de las dudas, suelen ser mucho más interesantes y de más grata compañía, pero nunca los que se llevan el gato al agua, todo sea dicho. Porque a la hora de definirse, ya sabemos, la claridad hace la diferencia ante un público impaciente por juzgar. El inseguro, si no el desprecio, fijo se llevará el honor de ser ignorado por todos. De nada sirve repetir aquello de que el problema de la humanidad es que los estúpidos están seguros de todo y los inteligentes están llenos de dudas. Total, ningún idiota, y son legión, le prestaría la más mínima atención a esto. 

Somos el resultado de la mezcla de todas las personas que por alguna razón han dejado su huella en nosotros.

No sólo hay que escuchar con atención a la gente intentando dejar atrás presuposiciones y prejuicios, sino también observarla. Les digo que hay por ahí verdaderas obras de arte y joyas andantes que lamentablemente no apreciamos. Recuerdo una vez, yendo en un autobús urbano, que vi a un señor andando por la calle con sus aperos de limpiabotas tan endiabladamente fascinante en su indumentaria y su porte, sus rasgos faciales y su mirada, que tuve que bajarme en la siguiente parada sólo para volver y disfrutar del espectáculo de su presencia por unos segundos hasta que se esfumara entre la multitud. Es la misma fascinación que siento a veces con algunas personas que me inspiran tremendamente por su manera de ser, por cómo hablan, por cómo afrontan la vida y entienden el mundo, la energía positiva que irradian, su entereza, su arrebatadora simpatía, su sonrisa sincera, su entereza ante los problemas, su saber estar, su humor, su sencilla sensatez, su vasta experiencia, etc. A veces todas esas cosas las descubres en gente que te rodea y, no pocas veces, en perfectos desconocidos. Es una auténtica pena negarse a la inspiración de estas pequeñas chispas de divinidad que algunas personas corrientes llevan inadvertidamente consigo. Independientemente de cómo piense una persona respecto a temas políticos o culturales, hay toda una paleta de matices que pueden enriquecerte la vida y de la que no deberíamos prescindir. Como alguien decía, al final somos el resultado de la mezcla de todas las personas que por alguna razón han dejado su huella en nosotros. Y, sinceramente, si bien hay mucha fealdad por ahí, también hay mucho material en el que inspirarse. Negarte a colorearte de variados matices sólo va en detrimento del cuadro que quieras dibujar de ti. Por eso, aunque definirte de forma fácil y escueta sea en principio ventajoso y hasta necesario en sociedad, entiéndete como y aspira a ser algo intricado y hermoso en su complejidad.