La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: leoplus CC BY-SA 2.0)

Diez mil horas


Es una cifra mágica y simbólica. Llevamos décadas en el entorno anglosajón, y relativamente en el resto del entorno occidental, midiendo al verdadero experto como aquél que dedica eficazmente 10.000 horas a un oficio, una rama de conocimiento, un conjunto de habilidades, etc.

Es una cifra muy redonda, que se traduce en 6-7 años para una jornada laboral normal, o 4 o incluso algo menos si la persona dedica la parte del león de su vigilia a su tema, tiene un acceso suficiente al mismo (lo que en 2021 implica casi todos los temas, gracias a la generosa abundancia de las fuentes abiertas en texto y vídeo), y tiene una predisposición mínima y mucha, mucha constancia.

Se podría llegar a pensar que el talento reduce ese canon temporal. Es relativamente cierto para las personas que se van verdaderamente al extremo de una distribución normal: esas personas que entrarían entre 5σ (1 de cada 1.744.278) y 5.5σ (26.330.254).  Yo soy de la opinión de que talentos naturales extremos suelen ser conscientes de su condición y, sobre todo en una sociedad moderna, acaban encontrando una forma de transformar potencial en hecho. Lo que va a pasar con esas personas es que va a ser menos importante el tiempo que tarden en llegar a experto (pueden, por ejemplo, necesitar menos horas al día para lograrlo, y así dedicarse a otras pasiones simultáneas), que las alturas olímpicas a las que les lleve la combinación de su dedicación y su talento natural.

Porque, como saben, tampoco hay garantías. Un accidente, una distracción prolongada, una desgracia, un cambio de prioridades… sólo hay que pensar en la cantidad de talentos que marchitó en meses el frente occidental de la Primera Guerra Mundial, con la casi totalidad de la escuela de Durkheim, los primeros integrantes de l’année sociologique, falleciendo entre barro y trincheras y precipitando la muerte del inmortal Émile.

Imagino que muchos de ustedes pueden ilustrar esa regla de las 10.000 horas si han vivido lo suficiente. No importa la naturaleza de su pericia o competencia. Sea la que fuere, hace tiempo que empezaron a ejercerla – solos, con un mentor o en compañía de otros – y el tiempo y la constancia acabaron dando sus frutos. Podríamos decir que es algo connatural al ser humano, y quizás la barrera que separa al verdadero experto de un veterano es la mezcla de constancia y de mínimo talento natural.

Al que les escribe le encanta aprender. Es un feliz ciudadano del mundo de 2021 con acceso a Internet, con distintas necesidades profesionales e inquietudes personales a las que dedica el tiempo de forma variable. Más allá de las primeras líneas de mi CV, no sabría decirles con precisión en qué soy experto. Más que la modestia, lo que me impulsa a la duda es tener la gran fortuna de haber conocido en mi vida a personas que sabían más que yo de cualquier tema que me haya podido interesar. Es una fortuna ante todo porque deja claro lo mucho que te queda por aprender, pero también quién puede ayudarte a hacerlo.

Sea como fuere, y dejando la etiqueta para los párrafos anteriores, sí que tengo claro que una visión solvente y dotada de autoridad necesita de una dedicación muy prolongada en el tiempo. Ese problema forma parte de mi día a día: en muchos proyectos de investigación tengo que entrar a un dominio que es nuevo para mí pero no para mis clientes y los stakeholders involucrados en el proyecto. Si se ponen en mi lugar, no les costará entender la dificultad de mi reto permanente: aportar valor y visión a expertos de un campo en el que yo no lo soy.

El problema sería irresoluble si no fuera porque la investigación es un proceso maduro y centrado en ofrecer una visión externa que conjugue datos previos con datos obtenidos de cero para ayudar a los involucrados a entender cambios que les afectan o a valorar problemas que les van a influir más o de otra manera. Aplicando la herramienta correcta para el problema correcto se acaban obteniendo esa visión que ayuda a los que ya son expertos a lidiar con la incertidumbre y las oportunidades. Lo que jamás va a poder hacer una investigación es enmendarle la plana a un experto. Por más que sea sofisticada y se gestione con precisión y concentración, es imposible que pueda compensar las 10.000 horas: míticas, sí, pero reales.

Estos días de debacle afgana han sido tratados y descritos por expertos de 10.000 horas. Por personas que han dedicado mucho tiempo y talento a acumular un abanico de conocimientos solvente acerca de un problema que, como casi todos los demás, está cargado de aristas y arropado con delicadezas y sutilidades. Sin embargo, sus voces no destacaban junto a las legiones de todólogos que estas semanas buscaban mantenerse en la carrera de la Reina Roja de la economía de la atención hablando sobre el tema de moda después de haberse leído (si era el caso) la entrada de la Wikipedia en inglés y unos cuantos artículos obtenidos de los primeros puestos de un par de búsquedas en Google… siempre que el sesgo de confirmación fuera el adecuado, claro.

Esos expertos mañana hablarán del siguiente tema de moda. Cobrando, esperando cobrar, o simplemente llamando la atención. Llamarán al resultado de su proceso de escribir textos «análisis» y, según filias, fobias y amistades con más o menos interés, serán leídos o escuchados. El problema es que, al final, es rematadamente imposible producir una pieza con autoridad sobre decenas y decenas y decenas de temas dispares.

Y lo es por una sencilla razón aritmética: si necesitamos 10.000 horas para profundizar en un tema, necesitaríamos 500.000 horas para ser expertos en 50. Todo esto de la forma más abstracta posible, pensando en temas que no requieren de una actualización continua, y contando con una memoria como la de Menéndez Pelayo y un archivo personal levantado con cabeza y mantenido con mimo. Incluso en el caso de que los temas estén parcialmente relacionados entre sí, y que la mitad del tiempo dedicado a uno sirva para el siguiente, necesitaríamos 150 años de dedicación para alcanzar el nivel de pericia 10k y analizar con autoridad.

Nuestra época nos impele a saber. A profundizar en muchos temas que claman por nuestra atención. Como sólo podemos dedicarnos a unos pocos, tenemos que confiar en lo que escriban o expongan los expertos acerca de cada tema fuera de nuestro núcleo de experiencia. Si el tema nos importa, lo suyo es huir del imposible experto en 50 temas – el famoso todólogo –  y buscar entre millones de voces la visión del verdadero experto.

Es evidente dónde no van a encontrar al experto: escribiendo sobre todo, todo el tiempo. Si desean encontrarlo, la forma más eficaz de hacerlo es acudir a la monografía reconocida, si se dispone de tiempo e interés suficiente, o al menos a los artículos creados por personas con dedicación prolongada en el tiempo para el tema en cuestión.

Porque, verán, 10.000 horas dan para muchos artículos.

Esto no implica que les anime a abandonar la lectura de todo lo que no sea el artículo de un experto. Las líneas que están leyendo están completamente fuera de mis pocos temas 10k. El artículo de quien no es un experto tiene su valor (incluido éste mismo, espero), con tal de no confundirlo con un vehículo de autoridad que despeje nuestras dudas.

Nuestros medios y las RR.SS. contemporáneas nos animan a la dispersión temática en lugar de la concentración. Hay un abanico ilimitado de temas interesantes. Esos temas nos pueden distraer y aligerar la cabeza, pero no pueden competir por la atención de nuestras mejores horas del día. Termino atreviéndome a animarles a dejarse llevar por sus pasiones, luchando contra la dispersión y dedicando tiempo no sólo a seguir profundizando en lo que son expertos o llegarán a serlo, sino también a contárnoslo a los demás.