La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Luis Buñuel: Las Hurdes, tierra sin pan

Dos narrativas sobre atrasos ficticios

El problema reside en que, si España no era un pozo de miseria y atraso, la narrativa revolucionaria no se sostiene.

Cuando miramos hacia atrás, y concretamente hacia el relato histórico primigenio, tenemos que ser prudentes: lo que se cuenta en los textos de hace más de mil años no tiene por qué ser la realidad, y pocas veces será la realidad precisa. Si en los mapas se pintaba HIC SVNT DRAGONES, y hasta en fecha relativamente tardía el bestiario fantástico era lejano pero posible, lo que se cuenta en crónicas y relaciones será tanto lo que el escritor consideraba como importante, verdadero o incluso bien o necesariamente contado.

Las personas mínimamente cultivadas de 2021 saben que el texto antiguo no puede ser tomado en su literalidad por regla general. Que la visión misma de quienes los escribieron no llegaba las más de las veces a los niveles mínimos de precisión y objetividad que se exige en un texto formal moderno. Por si fuera poco, sabemos tras minuciosos análisis lingüísticos que muchos textos de la antigüedad presentan interpolaciones, fragmentos posteriores que lograron que el texto recogiera hechos que no recogía originalmente debido al interés de uno de los copistas que ayudaron a hacernos llegar el texto. Uno de los casos más conocidos de interpolación es, probablemente, la ampliación del texto sobre Jesús en Antigüedades judías de Flavio Josefo.

Conforme la imprenta se generaliza y los textos se dejan de perder, deja de ser posible que los textos que sobrevivan sean pocos y sobre todo que se modifiquen pasado el tiempo. A esta evolución de la narrativa escrita se le une inextricablemente la labor académica moderna: la objetividad y la precisión son la medida de todas las cosas y, sobre todo, de todos los textos. AQUÍ YA NO HAY DRAGONES.

Como no hay dragones, y como nadie interpola ni transforma textos, y como acumulamos cantidades progresivamente ingentes de textos, podría pensarse que la imagen que tenemos de nuestra historia reciente es correcta y precisa. De hecho, salvando eventos puntuales en los que la discusión académica es en realidad política, es la norma general dentro de la historiografía. Esto aplica para la historia social, para aquella dimensión de la historia que no se ocupa de grandes nombres y eventos rimbombantes, sino de las corrientes y datos que modelan como vivían nuestros antepasados hasta el nivel de detalle que permitan los registros.

Son valores culturales que compiten por ganar la atención y preferencia de la mayor cantidad de personas posibles, por lograr ser uno de los ladrillos que construyen la visión del mundo mayoritaria.

Fuera de la historiografía formal la cosa cambia. Fuera de ella lo que tenemos son valores culturales que compiten por ganar la atención y preferencia de la mayor cantidad de personas posibles, por lograr ser uno de los ladrillos que construyen la visión del mundo mayoritaria. Esos valores pueden corresponder de manera simplificada al dato historiográfico preciso, u obviarlo por completo si con ello encaja en un todo mayor o en una agenda que pervive en el tiempo.

Les pondré dos ejemplos relacionados

En primer lugar, el atraso ruso. Es un lugar común que Rusia estaba tan atrasada que la revolución no sólo fue inevitable sino una bendición para transportar el país a la modernidad. Podríamos cuestionarnos el límite de millones de víctimas y de destrucción del patrimonio y de las relaciones sociales que puede compensar esa modernidad, pero ni siquiera hace falta. Porque lo cierto es que partimos de un inicio tergiversado. Erróneo y a sabiendas.

El problema es que esa narrativa popularizada toma una parte de tamaño cuestionable por el todo nacional. La realidad rusa era de atraso y miseria en el tránsito del siglo XIX al XX, y ya… ¿está?

¿Cómo puede ser que una de las luminarias culturales más importantes de ese período estuviera tan atrasada? ¿El país de los literatos más grandes del período, una de las dos cunas de la música romántica y postromántica? ¿Cómo puede ser posible que el país de Tsiolkovsky y Mendeléyev sea un cenagal de atraso?

Tomando la parte por el todo de manera interesada. Simplificando obscenamente un país enorme, multicultural y complejo y trasladando del pasado a ese presente hechos periclitados, como la servidumbre feudal. Pintando cuadros coloristas de popes barbudos e iconos sin entrar en los detalles de la fe ortodoxa o de las demás confesiones presentes en la Rusia previa a la revolución.

Sin ese atraso y pobreza abyecta y generalizada, el relato de la necesidad de Revolución se cae. Aguanta aún menos la realidad de que las primeras elecciones democráticas tras la caída del Zar Nicolás II son subvertidas y aplastadas por el tercer partido más votado, el bolchevique, que, tras imponerse en febrero del 18 por las armas a las urnas, empieza a matar y tarda en dejar de hacerlo. Si el país no es resumible en atraso, hay otras opciones de desarrollo y mejora que no pasan por una matanza genocida.

En segundo lugar, el atraso español. En 1999 visioné varias veces Las hurdes, tierra sin pan de Buñuel. Hoy pueden verla en sus casas porque está completa en varias plataformas de video online. Al contrario de lo que se la suele concebir, no se trata de una cinta con pretensiones documentales. Es una cinta intensamente surrealista, como no puede ser de otra manera si tiene al Buñuel joven de director. Les propongo el ejercicio que nos hizo mi entonces director de tesis y gran amigo José C. Lisón: contemplenla primero sin locución y luego con locución. Es una experiencia que merece la pena de verdad.

Por supuesto que había analfabetismo. Por supuesto que había pobreza. Pero reducir España a analfabetismo y pobreza es una aberración con un propósito y un norte.

A mí me llamó la atención el paisaje que se veía una y otra vez: agreste, sí, pero con ríos y árboles frutales. Algo mucho más verde y agradecido que la tierra de mi abuelo materno, Vélez Blanco, y el campo de Níjar en general en el desierto almeriense. Cuando yo veía esos ríos serpentear entre esas colinas que se adivinaban antes verdes que pardas en la cinta de Buñuel, tuve claro que algo no encajaba. Que esa pobreza era un mito y no una realidad.

Como tampoco encaja el relato del atraso de España. Es un proceso comparable en esencia al ruso. Por supuesto que había analfabetismo. Por supuesto que había pobreza. Pero reducir España a analfabetismo y pobreza es una aberración con un propósito y un norte.

España ya tenía grandes ciudades de la modernidad. De esa modernidad con trabajo infantil y menor esperanza de vida que la actual, pero que ya había entrado por completo en la transición demográfica, en ese prodigio de la Humanidad en el que primero mueren menos niños y luego nacen menos niños porque la práctica totalidad llegarán a adultos. 

La entrada algo más tardía en la Revolución Industrial progresaba al ritmo adecuado. Capas de población cada vez más amplias se beneficiaban del río de beneficios que trae la energía mecánica y la producción en masa, y pueden aspirar a condiciones de vida impensables pocas generaciones antes. Habiéndonos librado del desastre de la Primera Guerra Mundial, recuperamos parte del terreno perdido y, si la coyuntura financiera nacional o mundial no era desfavorable en un momento dado, los indicadores macro y los detalles cotidianos apuntaban juntos hacia arriba.

El problema reside en que, si España no era un pozo de miseria y atraso, la narrativa revolucionaria no se sostiene. Si la única forma de alcanzar la mejora de las condiciones de vida no es la revolución sangrienta y la guerra civil, si no hay que renunciar para ello a la seguridad física, al imperio de la ley y al gobierno democrático con sus alternancias de poder y equilibrios entre poderes, la propuesta revolucionaria no sólo no se sostiene sino que amenaza.

Al igual que en el caso ruso, hay quien necesita la narrativa simplista y sesgada, tomar esa parte de miseria y atraso por el todo de una nación, para justificar un proyecto histórico que, sin esta narrativa, no se puede justificar. Sin esta visión buscadamente errónea del pasado, mantener proyectos con hoces y con martillos en 2021 es un chiste inane.

Defender nuestro modo de vida y nuestras democracias pasa también por la Historia. Por librar una batalla cultural, otra batalla más, pero tranquila y sin aspavientos. Por profundizar en la historia reciente y reencontrarnos con ella sin los condicionamientos que se han dado por supuesto porque algunos sacaban beneficio de ello.

Cuanto más éxito obtengamos en esta tarea, más y mejor dejaremos atrás una anomalía que no debe volver a repetirse para seguir en una sociedad plural en la que cabemos todos.