La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: Adolfo LJ CC BY-NC-ND 2.0)

El mito de la violencia de género

Carece de sentido ir “coleccionando” víctimas femeninas, como si sus asesinatos respondieran todos a una causa única.

La llamada “violencia de género” es la que supuestamente se comete contra la mujer por el hecho de ser mujer. Responde a un diagnóstico procedente de la izquierda feminista más radical, que ha sido asumido por la izquierda presuntamente “moderada” e incluso por la derecha de toda la vida, PP y Cs, aunque no estamos muy seguros de si ha sido por convencimiento intelectual o por puro miedo. Y es que la izquierda considera que todo aquel que no comparta este diagnóstico es un machista, cómplice y justificador de la violencia contra la mujer. Y eso acojona a algunos.

En un país libre, que presume de tener un pluralismo político e ideológico, debería darse por supuesto que no todos tenemos por qué pensar lo mismo. En eso consiste la tolerancia. Uno se siente un tanto ridículo tratando de justificar que los de VOX estamos en contra de todo tipo de violencia y, por tanto, también de aquella que padecen las mujeres. Por eso queremos castigar con mayor rigor a maltratadores, violadores y asesinos. Creo que el argumento es definitivo. Pero como digo, al exponer nuestros puntos de vista somos acusados absurdamente de estar defendiendo una postura “machista”. 

Estadísticamente, sabemos que los extranjeros ilegales suelen cometer más delitos que el resto de la población; pero no por eso estamos a favor de que se tipifique una “violencia de extranjeros” perpetrada contra el resto de la población “por el mero hecho de ser español o extranjero documentado”.

Por supuesto, admitimos la evidencia de que la mujer tiene mayor proporción estadística a sufrir violencia que el varón porque, en promedio, este suele tener más fuerza física y más agresividad. No hace falta ser materialista para darse cuenta de que la testosterona actúa de forma efectiva. Pero nosotros negamos la mayor: que exista una violencia específica que se practica contra la mujer “por el hecho de ser mujer”, y que esa violencia provenga de atávicas tradiciones patriarcales. 

Nos puede venir bien el ejemplo de una analogía. Estadísticamente, sabemos que los extranjeros ilegales suelen cometer más delitos que el resto de la población; pero no por eso estamos a favor de que se tipifique una “violencia de extranjeros” perpetrada contra el resto de la población “por el mero hecho de ser español o extranjero documentado”. Que sepamos, la única organización que mataba españoles por el mero hecho de serlo era la ETA, y miren ustedes lo bien que le va. Pero ni los “hombres machistas” ni los “extranjeros delincuentes” se han concertado para matar a sus respectivos enemigos /-as. En rigor, cada delito es totalmente independiente de los demás, sin que las estadísticas predeterminen el sentido causal del fallo. Se trata de un logro de la civilización que hoy parece estar en peligro de regresión.

Por otro lado, todas las culturas conocidas (con alguna dudosa excepción histórica) han establecido una serie de estereotipos funcionales en función del sexo, que han sido muy exitosos desde el punto de vista evolutivo. Los varones han aprovechado su mayor fuerza física y la impulsividad que les proporcionaban sus hormonas para dedicarse a actividades peligrosas, como eran la caza y la búsqueda del sustento en el exterior del hogar, actividades de las que se beneficiaba todo el clan. En cambio, la mujer, dotada por la naturaleza de la capacidad de gestar y de dar el pecho, se dedicaba al cuidado de las crías en lo que se centraba la esperanza de sobrevivir, insisto, del colectivo. La muerte de un cazador (cosa frecuente en aquellas azarosas actividades) no era tan malo para el grupo como el fallecimiento de una mujer, ya que con ella se perdía también gran parte de la prole. Por eso, ella se exponía menos al peligro. Eso explica en parte fenómenos como la poligamia y la supervivencia de los grupos más cohesionados por vínculos de cooperación y de especialización del trabajo.

Tal realidad natural tenía que dejar forzosamente huella en la fisiología humana y en el comportamiento del cerebro masculino y femenino. Al ya acusado dimorfismo sexual que la especie humana comparte con otros vertebrados superiores, tantos siglos de evolución dejaron huella en el promedio de los varones actuales, que tienden a ser relativamente más impulsivos, agresivos y ambiciosos; frente a las mujeres que son -insisto, por lo general- mucho más prudentes, negociadoras y empáticas. ¿Nos van a castigar por decir estas evidencias? ¿Tendremos que matizar constantemente que esta realidad no afecta para nada a la igualdad de derechos y a la dignidad de hombres y mujeres?

Los sistemas jurídicos correspondiente a este estado de cosas, ejemplificados por ejemplo en el Derecho Romano, consagraron esta situación hasta casi nuestros días. Los derechos civiles y políticos ejercidos en el ámbito público quedaban reservados a los varones; mientras que se consideraba que la llamada “potestad doméstica” en la esfera privada era la propia de las mujeres en virtud de este primario reparto de funciones. En el ámbito público, las mujeres quedaban convertidas en una especie de “menores de edad”, en virtud de su imbecillitas sexus, seres necesitados de protección y tutela por su inexperiencia en los asuntos públicos. Esa desigualdad es cierta y hoy lo vemos como algo injusto. Pero es una calumnia decir que, junto a esa inferioridad de funciones, se permitiera jurídicamente la violencia contra ellas.

Al contrario, la civilización occidental tenía muy clara la idea de que las esposas tenían el mismo rango social que sus maridos; y que sobre los varones caía un estricto deber de “caballerosidad” con respecto a las señoras. Estas normas sociales, con repercusiones jurídicas, vedaban terminantemente el abuso de la fuerza física o los malos tratos. Por supuesto, no somos ingenuos, y sabemos que en el interior del hogar se han dado situaciones de explotación y de abuso desde la más remota Antigüedad. Pero lo que decimos es que la violencia que ha existido desde siempre en el interior del hogar ha formado parte de la patología social y como tal ha sido tratado siempre por el Derecho.

Más bien pensamos que la disolución de las estables relaciones sociales promovidas por la forma de vida tradicional ha venido a aumentar exponencialmente la conflictividad intrafamiliar. La pérdida del sentido trascendente de la persona, las costumbres libertinas, la voluntad de auto-afirmación personal y la imperiosidad de realizar el propio derecho por encima del de los demás han multiplicado los conflictos y la violencia en el seno de la familia. Por eso vaticinamos que el enfrentamiento entre sexos irá a más mientras se sigan aplicando estas recetas incendiarias. En cualquier caso, sostenemos que es una falsedad decir que, por sistema, nuestros abuelos maltrataban física y psicológicamente a sus compañeras tanto de hecho como de derecho.

No existe una violencia social contra la mujer “por el hecho de ser mujer”, igual que no existe una violencia contra el varón “por el hecho de ser varón”, ni contra el taxista “por el hecho de ser taxista”.

Insistimos en que las cuestiones relacionadas con el Derecho penal tienen que ser valoradas de forma individual. Por eso, carece de sentido ir “coleccionando” víctimas femeninas, como si sus asesinatos respondieran todos a una causa única. En cada juicio particular se determina de forma singular las circunstancias de cada caso: si ha habido celos, depresiones, resentimientos, drogas, agentes externos, falta de salud mental, defensa propia, ensañamiento, prevalimiento de superioridad… La familia, que debería ser el ámbito más seguro y confortable de la vida humana se puede convertir en un infierno, lo sabemos; pero ese infierno puede ser para cualquier persona: para la mujer, para el hombre, para el menor o para la anciana. 

No existe una violencia social contra la mujer “por el hecho de ser mujer”, igual que no existe una violencia contra el varón “por el hecho de ser varón”, ni contra el taxista “por el hecho de ser taxista”. Existe violencia contra las personas por motivos variadísimos, que cada juicio personal debe dilucidar de la manera más justa posible. Y castigar con rigor a los culpables en la estricta medida de su responsabilidad.

Pero, claro, si admitiéramos esto, ¿de qué iban a vivir tantos chiringuitos feministas? Y ¿de qué le iban a hablar a nuestros niños en las aulas? ¿De ciencias y humanidades?