La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

El monarca que nos acercó a Europa

La mal llamada convivencia de las tres religiones, en realidad una coexistencia en ocasiones forzada, ha vertebrado históricamente la más popular de las loas hacia el monarca, pues se concluye que, gracias a ella, impulsó el papel de la Escuela de Traductores de Toledo.

Conmemoramos en este mes de noviembre el octocentésimo aniversario del nacimiento del rey castellano Alfonso X, conocido con el sobrenombre de “El Sabio”, cuya vida y muerte tuvo una significativa relación con la ciudad de Murcia. Considerado como una de las más brillantes cabezas coronadas de la Historia de España, tradicionalmente su labor como intelectual sobrepasa su reconocimiento como gobernante. Es tópico, además, destacar a Alfonso X como escaparate referencial de la coexistencia de las tres religiones, fenómeno circunscrito, conviene aclararlo, al aprovechamiento cultural de los castellanos; su labor como compilador de leyes; y, la proyección europea de Castilla y León en su figura, que terminó dando forma a una política iniciada dos siglos atrás por el rey Alfonso VI. Si en algo se hace acreedor de homenaje y reconocimiento se halla en cada una de las facetas descritas las cuales, aunque dispares, llegaron a estar muy relacionadas entre sí.

La mal llamada convivencia de las tres religiones, en realidad una coexistencia en ocasiones forzada, ha vertebrado históricamente la más popular de las loas hacia el monarca, pues se concluye que, gracias a ella, impulsó el papel de la Escuela de Traductores de Toledo. Si bien la coexistencia se había practicado previamente durante la hegemonía de al-Andalus en un clima de intermitente violencia, asfixia impositiva y servidumbre, el marco de relaciones fue, en ocasiones, muy original y sujeto a reproducirse una y otra vez. Una vez alternadas las hegemonías, le tocó el turno a los reinos cristianos peninsulares ejercer el tutelaje de las minorías, esta vez judías y musulmanas. Fue en el reinado del citado Alfonso VI, una vez conquistada Toledo, cuando se formalizó definitivamente, pues esa ciudad había sido el paradigma de una coexistencia más pragmática, en parte debido a su posición como ciudad fronteriza. De hecho, sería Toledo la que consolidara todo un repertorio institucional de origen andalusí progresivamente adoptado por los castellanos: alcaldes, alguaciles, almojarifes, etc. 

La pragmática coexistencia toledana, que más tarde intentó replicarse en otras ciudades recién conquistadas, dio lugar a la consabida fluida absorción de conocimiento, cuyo máximo apogeo se atribuye al reinado de Alfonso X, merced a una producción literaria propia –ahí quedan Calila y Dimna o el Lapidario- muy influenciada por fuentes orientales. Otras obras como el Setenario, las Tablas Alfonsíes, el Libro del saber de Astrología o el Libro de los juegos sobre ajedrez, dados y tablas fueron concebidas y participadas por él. Ante ésa y otra producción, a este monarca se le atribuye habitualmente el mérito de la escuela toledana, aunque, en rigor, la heredó, se benefició personalmente de ella y trató de reproducirla con relativo éxito. Los testimonios de la época son tajantes al respecto. En todo caso, la realidad es que Castilla, con Toledo a la cabeza, quedaría convertida durante un buen tiempo en un foco complementario a los monasterios europeos en la propagación y absorción científica y técnica del saber de la Antigüedad, quedando, así, cimentada la autoridad de la cultura universal española, tan importante y decisiva en los siglos posteriores. 

Alfonso X, al igual que su padre Fernando III, fue un rey que debió conocer muy bien la realidad de Castilla y León de su época; de ser consciente de su potencial universalismo basado en el pasado gótico y su presente intercultural y dinámico. Parecía saber de la oportunidad de incorporar y liquidar la Reconquista, completando la Restauratio Hispaniae, y de las posibilidades que ello le facilitaba para proyectar su corona más allá de las fronteras, como si de un Teodorico del siglo XIII se tratara, en una época en que se estaban sentando las bases de los posteriores Estados modernos. También parece que fue consciente de la enorme fragilidad que conllevó la anexión del tercio sur de la Península, y de las tensiones que provocaban en el Reino. En ese contexto debe reconocerse al rey legislador, quien, poniendo la vista en el citado pasado gótico, nada menos que en el Liber Iudiciorum, promovió compilaciones legislativas muy sofisticadas y modernas tales como el Fuero Real, el Espéculo o las archifamosas Siete Partidas, en donde todo, absolutamente todo, debía estar ordenado y regulado, incluida la coexistencia, de manera que no hubiera oportunidad de crisis social. Gracias a esa labor sentó las bases de la paz intercultural en Castilla sólo rota por el impacto de la Peste Negra en el siglo XIV, estableciendo la supremacía castellana y permitiendo un cierto autogobierno en las aljamas judías y musulmanas. Pero más allá de ello, su fin era más universal, pues algunos historiadores del Derecho incluso la apuestan destinada también al Imperio, por cuya corona Alfonso estaba pugnado desde 1257.

El “Fecho del Imperio” fue la apuesta europea de Alfonso X. Con su disputa por la dignidad imperial se convirtió en el primer monarca ibérico que proyectó la figura política de un reino hispánico –encarnado en su persona- fuera del territorio peninsular. Como hijo de Beatriz de Suabia, reclamó con absoluta legitimidad su derecho como Hohenstaufen a la corona del Sacro Imperio Romano Germánico; factor que debió imbuirle aún más de su destino como restaurador gótico, ejerciéndolo como conquistador de Cádiz, Jerez y Niebla y la defensa del Estrecho. De hecho, la incorporación del tercio sur de la Península Ibérica parece que contribuyó a tal fascinación. Como en las Cruzadas, se estaba no sólo recuperando un territorio consagrado siglos atrás al Cristianismo, sino reivindicándolo en el seno de la Europa Occidental. Completar la Restauratio Hispaniae no sólo significaba destruir las estructuras de poder de los musulmanes, sino deshacer su arabización e islamización y devolverla a su condición original. En ese sentido, es cierto que el proceso de reordenación de los territorios reconquistados adquirió con Alfonso X un vigor normativo, económico y social que aterió a los andalusíes y contribuyó a provocar la revuelta mudéjar de 1265. Y si bien su propósito se cumplió, quedando, en su tiempo, establecidos los fundamentos de lo que hoy somos en el Sur; un territorio europeo, occidental y articulado sobre la tradición grecolatina y judeocristiana, el fracaso en liquidar la Reconquista mediante el sometimiento de Granada abrió la puerta a dos siglos de intercambio que enriqueció todavía más a Castilla con notables aportaciones en las más diversas facetas imaginables.

(Imagen: «Alfonso X el Sabio (José Alcoverro) 02» por Zaqarbal. Licencia: CC BY-SA 2.0)