La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: Maricarpio CC BY-SA 4.0)

El neolenguaje inclusivo

La propaganda transmite el lema de inclusividad con lenguajes simbólicos que apelan a unos pocos y que olvidan a la mayoría.

Una lengua sirve para comunicar y para relacionarnos, pero también es un elemento decisivo para transformar las decisiones y las conciencias. Y los políticos y sus lobbies de apoyo lo saben perfectamente. Por ello, al servicio del proyecto posmoderno de la plutocracia internacional, la llamada Nueva Izquierda, y buena parte del “consenso liberal-progresivo” en el que participa (más allá de diferencias puntuales en contiendas electorales o en banderas heredadas), utilizan el idioma para legitimar y vender sus proyectos transformadores, cambiando el sentido de las palabras y las normas de la gramática. Para Orwell esta instrumentalidad era evidente: “el pensamiento corrompe el lenguaje, el lenguaje también puede corromper el pensamiento”.

No se habla en la calle, no lo usamos en nuestras conversaciones, no sirve para trabajar, no es necesario en la realidad diaria; por economía comunicativa, por sentido común, o por simple y pura realidad. Pero este “lenguaje inclusivo”, supuestamente diverso y tolerante, es impulsado a diestro y siniestro desde las instituciones públicas y sus corporaciones económicas asociadas con el objetivo de implantar una forma de hablar propia de clases elitistas (con ensoñaciones pasajeras y complejas), corriendo un tupido velo con ello, quizás, a su creciente desconexión con las formas de hablar de las clases trabajadoras (donde priman necesidades básicas y sencillos anhelos).

Sabemos que la imprescindible igualdad de oportunidades entre sexos, clases, funcionalidades u orígenes se alcanza no con palabras, sino con hechos. Pero los discursos políticamente correctos, más allá de medidas puramente simbólicas, apenas hablan de esos hechos.

Sabemos que la imprescindible igualdad de oportunidades entre sexos, clases, funcionalidades u orígenes se alcanza no con palabras, sino con hechos. Pero los discursos políticamente correctos, más allá de medidas puramente simbólicas, apenas hablan de esos hechos. Así lo comprobamos en la crisis socioeconómica de 2008 y en la crisis sociosanitaria de 2020. La propaganda política y el marketing económico nos transmiten el lema de “inclusividad” igualitaria, con lenguajes simbólicos y formales que apelan a unos pocos y que olvidan a la mayoría. Nuevos conceptos y significados diferentes que pretenden esconder, primero, los fallos del sistema que sabíamos que significaban (entre el recorte y el ajuste) y, segundo, las realidades naturales que ya tenían nombre y apellido. Y aunque se presentan como una herramienta para “incluir” (siendo loable toda lucha contra la discriminación), en muchas ocasiones “excluye” a quienes siguen definiendo las cosas tal como son y como eran, a los que usan términos hoy proscritos, a los que recuperan herencias pasadas de indudable valor, a los que hablan como siempre han hablado. El lenguaje debe respetar al otro, como es obvio, pero también debe ser instrumento para reír, para criticar, para disentir, para conocer. Así vemos que, más allá del arbitrio de la justicia, el poder en cada momento impone censuras, etiquetados y cancelaciones para respetar a unos y para callar a otros.

Y este “neolenguaje inclusivo”, que también excluye, parece que no tiene límite; una vez superada la norma, todo es posible. Por ello, en su “adanismo” intelectual y lingüístico, el progresismo liberal (o “radical-chic”) ha ido más allá, con formas de expresión tan peculiares y elitistas, cuando menos, que se han hecho virales en las redes sociales; por ejemplo, y siendo “carne de meme”, ese peculiar tercer género gramatical acabado en “e”: “todos, todas y todes”. Ya no vende el viejo argot obrerista, proletario o revolucionario, sólo puntualmente desempolvado ante la necesidad de movilización de última hora; y ya no se acuerdan de cómo se expresan los sectores sociales de clase media y baja al vivir, o aspirar a hacerlo, en los espacios burgueses de moda.

Al final del camino, la realidad (biológica, histórica, humana) supera a la ficción ideológica. Tardará más tiempo del deseado o caerán las críticas inevitables, pero esta superación siempre llega, incluso en el lenguaje.

Las lenguas cambian, se transforman, integrando palabras surgidas del ingenio humano, de la evolución cultural o de la invención tecnológica. Están siempre vivas, modelándose de forma más natural o artificial, bajo marcos de referencia que evitan, como bien recuerda la RAE, duplicidades prescindibles (al poseer el castellano el género neutro, que abarca a todos y todas), fallos inevitables, confusiones ineficientes u ocurrencias ridículas. Lo recuerda claramente nuestra Real Academia: “el uso de la letra ‘e’ como supuesta marca de género inclusivo es ajeno a la morfología del español, además de innecesario, pues el masculino gramatical (‘chicos’) ya cumple esa función como término no marcado de la oposición de género”

Al final del camino, la realidad (biológica, histórica, humana) supera a la ficción ideológica. Tardará más tiempo del deseado o caerán las críticas inevitables, pero esta superación siempre llega, incluso en el lenguaje. Las especulaciones teóricas se derrumban ante las necesidades ciudadanas, las invenciones expresivas palidecen ante los problemas de los ciudadanos, y la naturaleza humana siempre resurge ante tendencias de corto recorrido. Como dice nuestro refranero, tarde o temprano, el “agua siempre vuelve a su cauce”. Por ello la RAE subrayaba:“entre las tareas de la Academia relativas al buen uso del español está la de recomendar y desestimar  opciones  existentes  en  virtud  de  su  prestigio  o  su  desprestigio  entre  los hablantes  escolarizados.  No  está,  en  cambio,  la  de  impulsar,  dirigir  o  frenar  cambios lingüísticos de cualquier naturaleza. Es oportuno recordar que los cambios gramaticales o léxicos que han triunfado en la historia de nuestra lengua no han sido dirigidos desde instancias  superiores,  sino  que  han  surgido  espontáneamente  entre  los  hablantes”. El refranero es una mina: “a buen entendedor, pocas palabras bastan”, en este caso del “neolenguaje”.

Podrán inundarnos con la “perspectiva de género”, pero sabemos que hombres y mujeres tienen más cosas que le unen que les separan; usarán sin medida términos como resiliencia y empoderamiento, pero nuestros abuelos superaban los problemas con un duro esfuerzo que hoy parece olvidado.

Y ese cauce reclama, así, hablar principalmente de ciencia y no de ideología, de problemas reales de la ciudadanía y no de especulaciones temporales. Los españoles parecen hartos de que las palabras que les gustaría escuchar más en discursos y legislaciones sean términos marginales, solo usados para la lucha electoral o sus intereses partidistas: desempleo, pobreza, inseguridad, precariedad, despoblación, violencia, contaminación, desigualdad. Más del 90% de los ciudadanos no creen en sus políticos y no los escuchan. Por algo el saber popular nos recuerda que “a palabras necias, oídos sordos”.

Podrán inundarnos con la “perspectiva de género”, pero sabemos que hombres y mujeres tienen más cosas que le unen que les separan; usarán sin medida términos como resiliencia y empoderamiento, pero nuestros abuelos superaban los problemas con un duro esfuerzo que hoy parece olvidado; podemos decir “miembras y miembros” (o “todos, todas y todes”) para comunicarnos con las élites gubernamentales o académicas (y ser aceptados en sus tribus), pero podemos decir lo que siempre se ha dicho para comunicarnos con vecinos del barrio, amigos de toda la vida y compatriotas con los mismos miedos y esperanzas (y sentirnos orgullosos de nuestra tribu). A la hora de superar realmente la desigualdad, formar una familia, superar la injusticia, emprender laboralmente, escuchar al oprimido, promover a los de abajo, de nuevo el refranero no da la clave:“palabras vanas, ruido de campanas”.

El lenguaje debe permitir comunicar y relacionarnos desde la igualdad del mérito y la capacidad, superando las discriminaciones injustas y respetando al prójimo. Pero sin obras, estas palabras correctas y modernas quedan en simples cortinas de humo o en plataformas interesadas para proyectos alejados radicalmente de la realidad diaria de la inmensa mayoría de la población. Ya nos lo enseñó Orwell en 1984: el vocabulario de toda neolengua “estaba  constituido  de  tal  modo  que  diera  la  expresión  exacta  y  a  menudo  de  un  modo  muy  sutil  a  cada significado  que  un  miembro  del  partido  quisiera  expresar,  excluyendo  todos  los  demás  sentidos,  así como  la  posibilidad  de llegar a otros sentidos por métodos indirectos. Esto se conseguía inventando nuevas palabras y desvistiendo a las palabras restantes  de  cualquier  significado  heterodoxo,  y  a  ser  posible  de  cualquier  significado  secundario.  […]  La  finalidad  de  la neolengua no era aumentar, sino disminuir el área de pensamiento, objetivo que podía conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo posible”.