La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

El origen judeocristiano de la ciencia

La idea de que el mundo está regido por unas reglas que el hombre puede descifrar resulta lógico para los que creen en un Dios racional.

La ciencia tiene su origen histórico en las universidades cristianas de Occidente a lo largo del siglo XVII y XVIII empezando por Galileo y Newton. Con anterioridad, las culturas egipcia, china, greco-romana, persa, árabe y maya, por citar unas cuantas, no sólo habían alcanzado grandes logros tecnológicos, como pueden ser las pirámides, la pólvora o el papel, sino que poseían también profundos conocimientos médicos y matemáticos. Sin embargo, en ninguna de ellas floreció la ciencia porque el estudio sistemático del mundo sensible mediante la observación, la medición y el uso de las matemáticas requieren una serie de presupuestos filosóficos que sólo se han dado entre los cristianos de Occidente.

La creencia en la debilidad de la naturaleza humana a causa del pecado original obligó a que los avances científicos no se considerasen tales si no venían refrendados por investigadores independientes del descubridor.

La idea de que el mundo está regido por unas reglas que el hombre puede descifrar resulta lógico para los que creen que un Dios racional que ha creado al mundo y ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, y esto es justamente lo que permite al hombre lanzarse a estudiar la naturaleza y le da fuerza para superar las dificultades que encuentra en dicho estudio. Aunque por motivos diferentes, los griegos también creían que el mundo estaba ordenado (cosmos) pero nunca recurrieron a la experimentación para ver cómo era realmente, porque pensaban que la naturaleza debía seguir la misma lógica que sus mentes. Así, si la forma más perfecta (y lógica) de moverse es siguiendo una circunferencia, los planetas necesariamente debían seguir órbitas circulares. En cambio, en 1277, el obispo de París Étienne Tempier, con la aquiescencia del papa Juan XXI, puso fin a una discusión teológica en la Sorbona afirmando que Dios había sido libre para haber hecho un mundo u otro. De donde se deduce que para saber cómo son las leyes de la naturaleza habrá que investigarlas. Al hacerlo, por ejemplo, se descubrió que las órbitas de los planetas eran, en realidad, elípticas. 

La creencia en la debilidad de la naturaleza humana a causa del pecado original obligó, desde el principio, a que los avances científicos no se considerasen tales si no venían refrendados por investigadores independientes del descubridor, algo consustancial a la ciencia actual. Incidentalmente, esto supone la existencia de una red de universidades (y centros de investigación). A su vez, la existencia de esta red ha permitido que, si un grupo de centros decaen o desaparecen, la ciencia como tal haya podido seguir avanzando en otros.

Hay cada vez más pensadores que opinan que nuestros conocimientos físicos y biológicos se explican mucho mejor desde una cosmovisión judeocristiana.

También fue muy importante limitar la ciencia al estudio de los objetos y no intentar abarcar la realidad completa, como trata de hacer la filosofía (y, en cierto sentido, la teología). Por ello, Dios está fuera del alcance del estudio científico. Más aún, si alguna realidad, como la conciencia, no es susceptible de ser estudiada por medios científicos, debería concluirse que la conciencia no es un mero objeto, lo que avala la irreductibilidad del ser humano a lo puramente material. (Véase “La conciencia inexplicada” de Juan Arana).

En la actualidad hay cada vez más pensadores que, tras examinar los hechos conocidos, opinan que nuestros conocimientos físicos y biológicos se explican mucho mejor desde una cosmovisión judeocristiana que desde una materialista. (Véanse “Al fin y al cabo: reflexiones en la muerte de un amigo” y “El enigma del orden natural” de Francisco José Soler Gil y “Return of the God Hypothesis” de Stephen C. Meyer). 

Algunos pensadores materialistas sostienen que la evolución no tuvo por qué dotar al hombre de una capacidad para comprender la naturaleza. Esa duda metafísica induciría a abandonar cualquier estudio dificultoso de la naturaleza, por temor a que la solución fuera inalcanzable. De otro lado, si la sociedad se tomase en serio esta idea materialista, lo que peligraría sería la propia ciencia. En efecto, los políticos (y los empresarios) pronto llegarían a la conclusión de que cualquier tipo de investigación científica, sobre todo la que busca el saber por el saber, conlleva un elevado riesgo de despilfarrar el dinero de los contribuyentes (o de los accionistas) y, en consecuencia, sólo se financiaría la investigación que fuera capaz de dar resultados a corto plazo. Dado que la ciencia siempre ha dependido de la investigación básica, no ligada a resultados inmediatos, lo más probable es que, en esas condiciones, sólo subsistiría una tecnología sin base científica, ligada a la solución de problemas urgentes locales y concretos, justo lo que había en el mundo antes de la llegada del cristianismo.