La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: kochtopf CC BY-NC-ND 2.0)

El posmoderno está desnudo

Es posible y deseable que en un par de décadas lo que quede del posmodernismo académico o político sea una advertencia.

No es fácil detectar cuándo a uno le ha llegado su momento de abuelo cebolleta. No es una cuestión de edad, ni de canas, por más que yo cumpla en ambas métricas. No, es una cuestión de digestión de vivencias tan lejanas en el tiempo que vuelven en forma de batallitas. Quedan avisados por si quieren seguir leyendo. 

En el siglo pasado no me quedó otra que estudiar a Bourdieu. Les dejo para mejor ocasión mi opinión extensa sobre ese autor – que no antropólogo, ni sociólogo – francés. Recuerdo cómo me pudo la impaciencia cuando, después de ingerir tremendos textos con capas y capas de subordinadas, con separaciones de páginas enteras entre sujeto y predicado primario, volvía para atrás una y otra vez a la búsqueda de definiciones de artefactos conceptuales como habitus o capital cultural. Por más que se los mencionara, nunca encontraba una definición explícita… y al fin resultó que esos dos conceptos (e imagino que otros piadosamente borrados de mi memoria), tenían una definición implícita. 

Definición. Implícita. Algo así como x = yatusabeh; algo utilísimo, no vayan a pensar mal. Un concepto que no se especifica ni concreta sirve para hacer lo que se quiera con él cuando toque. En tanto que (afirmación), por otra parte (afirmación), y aún en el caso de que (condición), el habitus … Y así párrafo tras párrafo, hasta el último punto y seguido que no coronaba ninguna conclusión sostenida en los hechos. 

En Imposturas intelectuales, Sokal y Bricmont hablan de textos parecidos y de la misma escuela, el posmodernismo francés. Ellos atacan un objetivo más fácil que el que les propongo, que es el del uso aberrante y caprichoso de términos y conceptos matemáticos y físicos por parte de los autores posmodernos para llenar páginas con texto oscuro. Recuerdo sin necesidad de abrir mi gastado ejemplar la fabulosa cita que hacían de Lacan cuando dicho autor asemejaba la mente de un neurótico a la figura geométrica de un toro. 

Geométrica. Un donuts o la llanta de un neumático, para entendernos. Seccionando con un plano esa figura se obtiene una mente neurótica. 

Y así página tras página. 

Otro ejemplo que me impactó es el de una feminista de tercera ola pionera, Julia Kristeva. Recuerdo otra cita de Sokal de esta autora en la que ésta afirmaba que el machismo y su preferencia por los falos había provocado que hubiera habido más avances en la física del estado sólido que en la física de fluidos porque, claro está, el fluido se corresponde a la sexualidad femenina. Ni que decir tiene que esta persona con pasaporte y mando en plaza no entendía la diferencia entre la mecánica clásica y las ecuaciones de Navier-Stokes. Werner Heisenberg, algo más conectado con la cuestión que la persona con doctorado Kristeva, dijo al respecto: “Cuando me encuentre con Dios, le haré dos preguntas: ¿por qué la relatividad? ¿Y por qué la turbulencia? Y me da que tendrá una respuesta para la primera». 

Por si no tienen a Kristeva en su radar, les dejo con un maravilloso fragmento de su entrada en Wikipedia: 

Una característica predominante en la obra de Kristeva es su preocupación por analizar lo que no es analizable: la alteridad inexpresable, heterogénea y radical que consta con la vida individual y cultural. Aunque esta actitud tiene el riesgo de terminar en posiciones místicas, el interés de Kristeva es equiparable a la apropiación simbólica de este campo no analizable. 

Podría seguir con más y más ejemplos, pero no tiene sentido: si no han leído imposturas intelectuales, les animo a hacerlo: desgraciadamente para Occidente, es un libro más actual y pertinente hoy que en 1998. 

Prosigue cosechando éxitos en acabar con las certezas y en confundir a quien se deja confundir, a cambio de beneficios académicos: becas, publicaciones, plazas.

Y lo es, porque el posmodernismo no ha dejado de avanzar. Prosigue cosechando éxitos en acabar con las certezas y en confundir a quien se deja confundir, a cambio de beneficios académicos: becas, publicaciones, plazas. Una vez que se conocen sus artes oscuras, crear papers es algo ligero y de poco desgaste personal. Tanto es así, que uno de los primeros generadores de textos funcionales – previo a la explosión que las redes neuronales modernas están logrando – fue el postmodernism generator. Abran este vínculo para comprobar cómo se hace la magia: 

https://www.elsewhere.org/pomo/

Esto ocurre porque es computacionalmente mucho más sencillo generar textos gramaticalmente correctos y sin sentido conceptual, empleando un árbol de decisiones, que generar un texto que las personas humanas encontremos con sentido y hasta creíble. Han tenido que pasar décadas, hasta modelos de cientos de miles de millones de parámetros como la conocida serie GPT de modelos de redes neuronales, para lograr lo segundo. Pero en 1996 ya estaba activo el postmodernism generator y sus gramáticas recursivas que no necesitan nada parecido a una red neuronal. 

El posmodernismo ha sido el caballo de Atila académico. Ha arrasado con disciplinas como mi amada antropología, porque el tiempo que necesita una monografía etnográfica permite generar decenas de papers posmodernos. Se acabó la acumulación, el trabajo lento o la descripción ecuánime. Todo es duda, ombliguismo autorial (¡¡El antropólogo como autor!!) o relativismo pasado de rosca. 

Es hasta posible que lo que les venga a la cabeza respecto al relativismo es su versión despreciable y dañina que han popularizado los posmodernos. Verán, decenas de años antes que ellos, los viejos antropólogos levantaron y pusieron en práctica un concepto extraordinario: el relativismo cultural. En su momento, consistía en contextualizar prácticas y creencias en el seno de su cultura correspondiente, de tal manera que salvo excepciones inadaptantes tendían a tener sentido dentro de su contexto. 

Esto no implicaba, por ejemplo, que los sarawak hicieran bien al matar a sus enemigos y recolectar sus cabezas en Borneo. No. Era un crimen deleznable, lo mismo que tantas otras prácticas del pasado y algunas que aún hoy sobreviven. Lo que implicaba es que en el ecosistema cultural de los grupos sarawak que vivían en las selvas de esa isla, semejante práctica encajaba junto con decenas de otras muy diferentes. Para entender y registrar la cultura, había que entenderla en su complejidad dentro de lo posible. Y para entenderla, no se podía juzgar con parámetros occidentales. Para entender. Para registrar. Para hacer lo que hacían los antropólogos. En términos generales, era una costumbre de mierda que fue afortunadamente erradicada. 

Dicen a terceros que no deben juzgar y, por otra parte, no paran de hacerlo.

El posmodernismo ha saltado de la academia a las sociedades occidentales y a la política occidental. Grupos y partidos han hecho suyos sus principales valores: la ausencia de certezas (y de norte, por lo tanto), el relativismo posmoderno, la flexibilidad infinita de categorías y un credo de crecimiento comparable al de una metástasis maligna. Dicen a terceros que no deben juzgar y, por otra parte, no paran de hacerlo. 

Y para hacerlo, se apoyan en referentes. En los posmodernos franceses del siglo pasado y en sus descendientes aberrados y sexualizados. Cuando se lleven las manos a la cabeza por la siguiente barbaridad con la que activistas o ministres compiten con éxito por la economía de la atención, piensen que estas entidades con DNI o pasaporte se apoyan en personas que escribieron lo que escribieron hace décadas. O, en el caso de les ministres, en lo que otros les han dicho que estes pensadores dijeron. 

Al final, el posmodernismo fue y es una broma y una eficaz estrategia parasitaria de recursos académicos y públicos. Nació como sofisma no identificado, como fárrago y tósigo a sabiendas, como textos entre amiguites que aprendieron juntos a parecer que proponían ideas profundas o elevadas cuando no hacían otra cosa que hilar frases y conceptos carentes de sentido o de anclaje a la realidad empírica. El posmodernismo ha sido un instrumento eficaz contra la academia occidental, y ahora sirve al mismo propósito en el devenir democrático.

Como la mentira, tiene las patas muy cortas. Al final, esta ola pasará. Dejará sus cadáveres por el camino y habrán y habremos pagado distintos precios. Es posible y deseable que en un par de décadas lo que quede del posmodernismo académico o político sea una advertencia.