La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

El Sistema Americano: El proteccionismo en la historia de Estados Unidos

EE. UU. se convirtió en una superpotencia económica por la colaboración del sector privado y público en aras de la independencia económica.

El pasado 6 de mayo, el presidente de los EE. UU., Joe Biden, presentó públicamente su programa Buy American con un discurso que decía: 

Cada cosa, desde la cubierta de un portaaviones hasta la barandilla de un nuevo edificio, será construida por una empresa estadounidense, trabajadores estadounidenses, cadena de suministro estadounidense, para que invirtamos impuestos estadounidenses dólares en trabajadores estadounidenses.

Pueden ustedes imaginarse las reacciones contrarias a esto de los gurús del librecambio, antaño llamados Escuela Británica, ante estas ideas “anticonservadoras” y “antiamericanas”. Cambiemos de tercio. En 2017, durante un mitin en Louisville (Kentucky), Donald Trump quiso recordar al famoso senador decimonónico oriundo de dicho estado, Henry Clay, alabando el “Sistema Americano” que tanto defendió propugnando aranceles protectores para la incipiente industria nacional y la participación federal en la construcción de infraestructuras que dieran cohesión territorial al país. En el mundo hispano, la Historia Estadounidense es ya, de por sí, desconocida, pero el caso de Clay y sus ideas roza el anonimato más absoluto. El  expresidente, dijo en ese mismo acto:

Clay era un feroz defensor de la fabricación estadounidense. La defendía hasta la desesperación. Decía, muy enérgicamente, que el libre comercio abriría de par en par nuestros puertos a la producción extranjera mientras que el resto de países permanecerían cerrados para nuestros productos. Él lo sabía ya desde principios del siglo XIX: el comercio debe ser justo, equitativo y recíproco.” 

Por lo general, es bien conocido el nacionalismo económico de Trump aunque, en muchos casos, era más de palabras que de actos. Pero, por el contrario, pocos saben que este “Sistema Americano” ha sido la marca característica del Partido Republicano más tiempo que el libre comercio adoptado tras la alianza del conservadurismo norteamericano con los liberales clásicos y libertarios durante la Guerra Fría. Esto decía la plataforma del GOP en 1896 cuando William McKinley se presentaba por primera vez a la presidencia: 

Renovamos y enfatizamos nuestra lealtad a la política de protección arancelaria como el baluarte de la independencia industrial estadounidense y base del desarrollo y la prosperidad.”

Sin embargo, no es necesario acercarnos a una fecha relativamente cercana como la de 1896. Podemos ir más lejos hasta 1791, con la primera presidencia de la joven república: la de George Washington. Ese año, el entonces Secretario del Tesoro y mano derecha del virginiano, Alexander Hamilton, fundó en verdad el “Sistema Americano” al entregar al Congreso como recomendación de actuación su “Informe sobre las Manufacturas”. En él, rechazando las ideas librecambistas –ideología de Imperio como bien supo ver- de un Adam Smith muy en boga en aquel entonces, se fijó en las políticas de la Inglaterra de Isabel I o en las políticas de Colbert como ministro de Luis XIV para pedir aranceles proteccionistas a los productos manufactureros y planes de “mejoras internas” o infraestructuras que serían financiados con lo recaudado por esos mismos aranceles. También impulsó la creación del primer Banco Nacional en Estados Unidos para ayudar financieramente a esas industrias incipientes o facilitar los proyectos de infraestructura. La Revolución Industrial apareció en EE. UU. a través del dirigismo económico, la colaboración público-privada, el espionaje industrial y la “heterodoxia” económica. No solo con “dejen hacer, dejen pasar”.

El propio Thomas Jefferson, gran rival de Hamilton, que durante gran parte de su vida había apoyado el libre comercio y admirado tanto a los fisiócratas franceses como a Adam Smith, cambió radicalmente de opinión en esto tras la Guerra de 1812. Decía:

La experiencia me ha enseñado que las manufacturas son ahora tan necesarias para nuestra independencia como para nuestra comodidad: y si aquellos que me citan con frecuencia y tienen una opinión diferente me siguen el paso en la compra de nada extranjero donde se pueda obtener un equivalente en la producción nacional, sin importar nada salvo la diferencia de precio.

Andrew Jackson, el presidente que más ayudó a democratizar Estados Unidos, para muchos el primer “populista” del país –cosa que no comparto- y archienemigo de Henry Clay, apoyó el proteccionismo a pesar de que muchos quieren hacernos creer que era un libertario:

Llevamos demasiado tiempo sujetos a la política de los comerciantes británicos. Es hora de que nos americanicemos un poco más y, en lugar de alimentar a los pobres y trabajadores de Europa, alimentemos a los nuestros, o si no, en poco tiempo, continuando con nuestra política actual, todos seremos pobres.”

Muchos recogieron el testigo de Henry Clay en la defensa del nacionalismo económico pero nadie lo hizo como el famoso Abraham Lincoln y su Secretario del Tesoro, Henry Carey. Lincoln admiraba profundamente a Henry Clay y su programa político del cual decía que era “dulce y corto, como el baile de una anciana. Estoy a favor de un Banco Nacional. Estoy a favor del sistema de mejoras internas y de una tarifa protectora elevada. Estos son mis sentimientos y principios políticos.” En 1847, el hombre que mantendría unida a la nación tras una cruenta guerra dijo: “Danos un arancel protector y tendremos la nación más grande del mundo.”

Erasmus Peshine Smith, muy amigo del antes citado Henry Carey, exportó el Sistema Americano allende el Pacífico. Más concretamente a Japón, donde trabajó como asesor del emperador durante la Restauración o Revolución -cada uno que utilice el término que guste- Meiji para lograr la independencia y modernización económica del país a través de un modelo de Capitalismo de Estado. Durante su tiempo en el archipiélago nipón, difundió entre los naturales los trabajos de Alexander Hamilton y demás promotores del Sistema Americano. El Comodoro Perry quiso imponer el libre comercio por la fuerza a Japón en 1854 para hacer con ellos lo mismo que los británicos estaban haciendo con los chinos. Por el contrario, los japoneses decidieron copiar a los estadounidenses.

Otro aspecto a tener en cuenta de este Sistema Americano fue el de los altos salarios de los trabajadores en comparación con Europa.

Georg Friedrich List fue de los primeros extranjeros en difundir por Europa el Sistema Americano ante la hegemonía cultural en materia económica de los británicos que tenían al famoso librecambista Richard Cobden realizando giras por toda Europa para convencer a los continentales de los beneficios del libre comercio. Inmigrante alemán en Pensilvania, List entabló una gran amistad con Mathew Carey -el padre del ya mentado Henry-, uno de los grandes defensores de las políticas proteccionistas desde sus periódicos. List, se dio cuenta de que Alemania podría emular con intereses el caso estadounidense. Muchos estados, unidos por un gobierno central o federal lo suficientemente fuerte, con libre comercio en el interior para promover la cohesión nacional y con una unidad aduanera hacia el exterior que destacaba por la protección de la industria incipiente. Por eso, List fue de los primeros en promover la unión aduanera o Zollverein para abolir las aduanas internas y proteger a la industria nacional de la inundación de manufactura británica barata a través del proteccionismo. El Káiser Federico Guillermo tenía en alta estima sus trabajos y, tras la unificación alemana de 1871 y la ruptura entre Bismarck y los liberales, el país decidió apostar por el proteccionismo a partir de 1879 y por traer a economistas estadounidenses a las universidades alemanas. Cuando se produjo el cambio de siglo, Alemania y Estados Unidos ya estaban superando al librecambista Reino Unido como primeras potencias económicas. 

Por esos años, Joseph Wharton, un industrial de Pensilvania, fundó la Wharton School of Business para promover el Sistema Americano entre economistas y plantear una alternativa a la llamada “economía clásica”. Wharton solía decir: 

El libre comercio es un hongo, una fuente de infección que los organismos políticos sanos malamente pueden tolerar. Los aranceles, sin embargo, son más útiles para derrotar al enemigo extranjero que cualquier fortificación.”

Curiosamente, Donald Trump fue un estudiante de esta escuela de negocios en su juventud. Allí, según sus propias palabras, aprendió a:

cómo una nación debería ser, en la medida de lo posible, autosuficiente manteniendo un equilibrio adecuado entre la agricultura, la minería y las manufacturas. Cómo mediante una legislación arancelaria adecuada una nación puede mantener activa su industria productiva mientras sufraga los gastos del gobierno.[…] Y, cómo, por último, se debe afirmar firmemente que cada nación cuide de los suyos y mantenga por todos los medios adecuados su independencia industrial y financiera y el derecho y el deber de la autoprotección nacional.”

El presidente William McKinley, conocido por derrotar a España en Cuba y Filipinas en 1898 y por implementar aranceles al acero del 70% durante su presidencia decía en defensa del Sistema Americano:

Lideramos a todas las naciones en agricultura. Lideramos a todas las naciones en minería. Lideramos a todas las naciones en Industria. Estos son los trofeos que obtenemos tras veintinueve años de tarifa protectora.”

O también:

Ellos [los librecambistas] dicen: ‘Compre donde pueda comprar más barato’. Esa es una de sus máximas[…] Por supuesto, eso se aplica al trabajo como a todo lo demás. Permítanme darles una máxima que es mil veces mejor que esa, y es la máxima de protección: «Compre donde pueda pagar más fácilmente». Y ese lugar de la tierra es donde el trabajo gana sus recompensas más altas». Dicen que si no tuvieramos la Tarifa Protectora, las cosas serían un poco más baratas. Bueno, si una cosa es barata o cara depende de lo que podamos ganar con nuestro trabajo diario. El libre comercio abarata el producto al abaratar al productor. La protección abarata el producto elevando al productor.”

Su vicepresidente y sucesor tras su asesinato por un anarquista en 1901, en Buffalo (Nueva York), Theodore Roosevelt, decía sobre el librecambismo utilizando su estridente oratoria:

La indulgencia perniciosa hacia la doctrina del libre comercio parece producir inevitablemente una degeneración en grasa de toda nuestra fibra moral.

Un par de décadas más tarde, el polémico y discutido presidente de los 20, Calvin Coolidge, decía con respecto a la política proteccionista de los EEUU:

Nuestra única defensa contra la producción barata, los bajos salarios y el bajo nivel de vida que existe en el extranjero y, nuestro único método para mantener en vigencia nuestras propias normas, es a través de una tarifa protectora. Necesitamos el proteccionismo como política nacional y ha de aplicarse allí donde sea necesario.”

Otro aspecto a tener en cuenta de este Sistema Americano fue el de los altos salarios de los trabajadores en comparación con Europa. Eso sí, fue una lucha que tardó en cuajar aunque ya en Benjamin Franklin, uno de los Padres Fundadores más archiconocidos, encontramos menciones prematuras:

Los altos salarios atraen a los trabajadores más hábiles y laboriosos. Así, el producto está mejor hecho. Se vende mejor y, de esta manera, el empleador obtiene una ganancia mayor que la que podría obtener disminuyendo el salario de sus trabajadores. Un buen trabajador estropea menos herramientas, desperdicia menos material y trabaja más rápido que uno con menos capacidades. De esta forma, los beneficios del fabricante aumentan aún más.”

El auge de la implementación del Sistema Americano correspondió con la llamada Edad Dorada de la economía estadounidense que iría de 1865 a 1907. En ese tiempo, Estados Unidos se convirtió en la primera potencia económica mundial. Los salarios reales aumentaron un 53% mientras que los productos se abarataron en un 58%. Y, todo eso, con una media de tasa arancelaria en torno al 45%. ¿Cómo puede ser esto?

En la segunda mitad del XIX, Jacob Schoenhof, un técnico del Departamento de Estado, viajó por todo el mundo para investigar cómo el resto de países practicaba la relación entre la productividad y los salarios. Sus conclusiones, se conocen como la “Doctrina Económica de los Salarios Altos”. A este respecto escribió:

No es reduciendo los salarios como América está realizando sus logros sino, por su organización superior del trabajo. Por una mayor eficiencia del trabajo consecuente con el nivel de vida más alto que reina en el país. La mano de obra cara significa mejor comida y una mejor vida lo cual, proporciona al trabajador estadounidense esa energía y ese nervio por el que con justicia es celebrado. Los países con mano de obra más cara están superando en todas partes a los países con mano de obra barata.”

Pocos temas hay en Estados Unidos que causen más controversia y desacuerdo que el New Deal. Sin embargo, aunque no quiere un servidor sumarse a una polémica de la que no tiene la capacidad de participar, creemos que el historiador económico Michael Lind tiene razón al decir que, más que una mera implementación de medidas progresistas, el New Deal fue una continuación y perfeccionamiento del Sistema Americano. Como decía Robert Emmet Sherwood, redactor de discursos de Franklin Delano Roosevelt, el New Deal “fue, de hecho, tal como lo concibió y dirigió Roosevelt, una revolución dentro de la derecha para levantarse y luchar en defensa propia.” Tanto es así que presidentes republicanos como Eisenhower o Nixon apoyaron de lleno el consenso del New Deal y este continuó bien asentado en la economía nacional hasta la desregulación camuflada y bajo subterfugio de Jimmy Carter y la gran liberalización de Ronald Reagan en los 80. 

De haberse implementado el laissez faire propugnado por el Imperio Británico, seguramente el país hubiera acabado dividido y, hoy, Alabama sería una república bananera indistinguible de las centroamericanas.

El auge de la implementación del Sistema Americano correspondió con la llamada Edad Dorada de la economía estadounidense que iría de 1865 a 1907. En ese tiempo, Estados Unidos se convirtió en la primera potencia económica mundial. Los salarios reales aumentaron un 53% mientras que los productos se abarataron en un 58%. Y, todo eso, con una media de tasa arancelaria en torno al 45%. ¿Cómo puede ser esto? ¿No nos dicen los gurús de la crematística que, bajo esas circunstancias, la pobreza hubiera sido extrema y los precios se hubieran disparado? Evidentemente, no fueron unos años incólumes y estuvieron repletos de injusticias pero, no olvidemos que el aumento de las reclamaciones sociales suele darse, por lo general, cuando la economía crece. A este respecto, el antiguo secretario de estado e historiador de las relaciones internacionales, Henry Kissinger, decía:

Entre la Guerra Civil y el cambio de siglo, la producción de carbón estadounidense creció 800%, el kilometraje de las vías férreas un 567% y la producción de trigo un 256%. En verdad, los proteccionistas Estados Unidos y Alemania superaron a la librecambista Gran Bretaña convirtiéndose en los líderes mundiales del progreso económico a pesar de que Gran Bretaña era el imperio más poderoso en el siglo XIX.”

Esta es la realidad de por qué Estados Unidos se convirtió en la superpotencia económica que lleva décadas siendo. No por ser más liberales o libertarios sino por una estrecha colaboración del sector privado y el sector público en aras de la independencia económica nacional. De haberse implementado el laissez faire propugnado por el Imperio Británico, seguramente el país hubiera acabado dividido y, hoy, Alabama sería una república bananera indistinguible de las centroamericanas. Especializadas en un solo producto, subordinadas a los vaivenes de las potencias industriales, sumergida en la vorágine de la deuda con potencias extranjeras y con Estados prácticamente fallidos. No obstante, EEUU apostó por el libre comercio cuando era el hegemón indiscutible. Ya no lo es. pero es difícil salir de la adicción al libre comercio y la globalización.  Sus efectos perniciosos se dejan sentir. Quizás haya una solución en el redescubrimiento de su propia tradición.

Sé que este humilde artículo, en el que he intentado dejar  hablar directamente a algunos de sus protagonistas, no va a gustar a mucha gente. La ideología puede ser cegadora. Mucho. Pero esta es la realidad histórica. Quizás, citando lo que decía Marx cuando Reino Unido adoptó de lleno el librecambismo con la abolición de las Corn Laws en 1846,  algunos se paren a pensar sobre ciertas cosas…:

El sistema de protección de nuestros días es conservador mientras que el sistema de libre comercio es destructivo. Rompe viejas nacionalidades y lleva al extremo el antagonismo del proletariado y la burguesía. Es una palabra, el sistema de libre comercio acelera la revolución social. Es solo en ese sentido revolucionario, señores, que estoy a favor del libre comercio.