La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

El terror burocrático

La combinación de burocracia, tecnología y violencia terminó dando un sistema de control social propicio al exterminio.

El 7 de noviembre de 1939 -hace poco más de 82 años- llegó al castillo de Wawel, que domina la ciudad de Cracovia, un morador novedoso y siniestro. Se trataba de Hans Frank (1900-1946), gobernador general de la Polonia ocupada por los nazis. Se mantuvo en el puesto hasta comienzos de 1945. Abogado y nazi de la primera hora -se afilió en 1919 al Partido Obrero Alemán, germen del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán- fue diputado en el Reichstag en 1930 y ministro de Justicia de Baviera en 1933. Desde ese mismo año presidió la Academia Alemana de Derecho y la Asociación Nacionalsocialista de Juristas. Se convirtió en el asesor jurídico de confianza de Hitler y en el principal abogado del partido. 

Desde su nueva casa, Frank participó en el asesinato de los judíos del territorio bajo su control, así como en las políticas de sometimiento y destrucción de los polacos. Por ejemplo, fue uno de los responsables de ejecutar el encierro de los judíos en guetos y la privación sistemática de alimentos. Fue él quien cursó la orden de octubre de 1941 en virtud de la cual todo judío descubierto fuera de su gueto sin el correspondiente permiso debía ser ejecutado. Sin embargo, las políticas raciales estaban a cargo de las SS y, en parte, de la policía, de modo que surgieron tensiones y conflictos competenciales. El Holocausto y las políticas genocidas de los nazis en Polonia supusieron, entre otras cosas, graves conflictos entre burócratas. Bajo el nacionalsocialismo, como observó Raul Hilberg en “Memorias de un historiador del Holocausto” (Arpa, 2019) a partir del “Behemoth” de Neumann, “la sociedad alemana estaba organizada en cuatro grupos sólidos y centralizados” cada uno de los cuales tenía “facultades legislativas, administrativas y judiciales propias. Estas cuatro jerarquías eran la administración pública, el ejército, la industria y el partido. Funcionaban con independencia y no tenían un cuerpo de leyes que especificara sus prerrogativas”. Se organizaban mediante lo que Hilberg llama “acuerdos” de modo que la Alemania nazi “tenía las raíces en un caos anárquico y organizado, pero con libertad para avanzar hacia áreas de acción completamente desconocidas”. Entre esas áreas de acción estaba el asesinato en masa. 

En general, no se suele prestar atención a las biografías de los nazis de, digamos, segundo y tercer nivel. El horror de personajes como Hitler, Himmler o Goebbels nos da una imagen algo incompleta del régimen nazi. La combinación de burocracia, tecnología y violencia terminó dando un sistema de control social propicio al exterminio. Bastaba cumplir las normas. El genocidio no necesitaba que el funcionario odiase al judío o al polaco. Bastaba que ejecutase e hiciese ejecutar los reglamentos. Sin duda, el antisemitismo y el racismo desempeñaban un papel fundamental en la maquinaria del terror, pero no eran suficientes para llegar a la destrucción de pueblos casi por completo. Los nazis tomaron prácticas antisemitas históricas y las llevaron a una nueva dimensión masiva y terrible gracias al poder del Estado burocrático. Esta es una de las diferencias más relevantes entre los pogroms del imperio de los zares y las políticas del III Reich. De nuevo lo describe Hilberg: “las leyes dieron lugar a los decretos, los decretos a los anuncios, éstos a las órdenes escritas, luego a las órdenes verbales y, al final, ni siquiera hubo órdenes. El funcionario que percibía el propósito de la operación se ponía al frente”. Al final, a menudo, cuando uno rasca la piel del alto cargo nazi, afloran el político mediocre y el burócrata aplicado. Tal vez el caso de Adolf Eichmann sea el más conocido.

Sin duda, Hans Frank era un antisemita. También detestaba a los polacos. Intentó hacerse un nombre político -ahí está su discurso de 12 de abril de 1940 sobre la necesidad de expulsar a los judíos de Cracovia- pero le faltaban apoyos en el partido. En su labor diaria, uno de sus mayores problemas era el choque con las SS y con otros jerarcas que competían por el poder en una estructura estatal totalitaria. El caso más claro fue su tensa relación con Friedrich-Wilhelm Krüger, jefe de la policía y de las SS en el territorio de la Polonia ocupada. A partir de 1942, Frank cayó en desgracia y perdió sus cargos en el partido. Conservó su puesto al frente del Gobierno General, pero salió derrotado en su intento de ganar peso político. Al final, huyó de Polonia ante el avance soviético. Lo juzgaron y ejecutaron en Núremberg el 16 de octubre de 1946.

Una lección interesante que deberíamos aprender del siglo XX es la desconfianza hacia la burocracia. Tendemos a recordar a los criminales de las SS, pero perdemos de vista a los “asesinos de despacho”, a esos que firmaban órdenes que significaban la muerte de miles de personas en apenas unos días. Bastaba un reglamento firmado por Frank -por ejemplo, el de 26 de enero de 1940 que prohibía a los judíos el uso del ferrocarril- para ir estrechando el cerco homicida sobre ellos. Esta norma, por cierto, complementaba, junto con otras, la “Orden de ejecución nº 1 de la reglamentación del 26 de octubre de 1939 con respecto de la aplicación de los trabajos forzados a la población judía del Gobierno General” de 11 de diciembre de 1939, que había dictado su rival Krüger. Entre los dos burócratas del genocidio, ya se observó más arriba, había una terrible competición por el poder y la influencia política.

A veces, ya ven, basta la publicación en un boletín o la firma de un alto cargo para perpetrar una masacre. 

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