La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Escuchen esta sinfonía

La historia del siglo XX es un cúmulo de atrocidades espantoso, es cierto, pero también tiene episodios de una dignidad y una grandeza admirables.

El 8 de septiembre de 1941 comenzó el asedio de Leningrado. Durante 872 días, 725.000 hombres del grupo de ejércitos del norte martirizaron la ciudad que simbolizaba el espíritu de Europa a orillas del Báltico. Las tropas alemanas que rodeaban la ciudad no escatimaron medios para quebrantar la resistencia rusa. La bombardearon, la cañonearon, la sometieron al hambre. Todo fue en vano. Conectada al resto del territorio soviético por una carretera de hielo a través del lago Ladoga, Leningrado resistió casi dos años y medio. El alto mando alemán prefería destruirla a tomarla para no tener que alimentar a la población civil. Para evitar una lucha calle a calle, la rodearían y dejarían que los defensores muriesen de inanición o sepultados bajo las bombas. Ya sabemos cómo terminó la historia. Fracasaron. Leningrado aguantó contra todo pronóstico. Pagó un terrible precio de alrededor de ochocientos mil muertos.

Hay un episodio que me resulta especialmente conmovedor por lo que dice del espíritu humano. Me refiero, naturalmente, a la composición y estreno de la Séptima Sinfonía “Leningrado” de Dimitri Shostakovich (1906-1975). En el verano de 1941, él ya era un músico consagrado, pero también sospechoso. En 1936, su ópera “Lady Macbeth del distrito de Mtsensk” había desagradado a Stalin, que fue a escucharla y abandonó el teatro sin decir palabra. A los pocos días, un editorial en Pravda lo condenó sin piedad. Decía que su música era disonante, que era “formalista”, “vulgar” y “burguesa”. Por estas cosas, en tiempo de Stalin, a un hombre podían dejarlo sin trabajo, encerrarlo o incluso algo peor. En febrero volvieron a atacarlo en el periódico. Lo presionaron para que compusiera para las masas y abandonase el “formalismo”. En diciembre de aquel año, el músico retiró su Cuarta Sinfonía, que no se estrenó hasta 1961. El mismo destino corrió “Lady Macbeth del distrito de Mtsensk”, arrinconada por provocadora. El Gran Terror de 1937, la terrible Yezhovschina, golpeó a su entorno. Sólo a finales de aquel año, con el estreno de la Quinta Sinfonía, Shostakovich sale de su desgracia y recupera el favor de la crítica y las autoridades. 

En agosto de 1941, en esa ciudad sobre la que se cierne el horror, Shostakovich escribe una de sus páginas más bellas y terribles. Mientras los invasores la rodean, él comienza a componer una nueva sinfonía y sirve como bombero en la defensa. Alcanza a componer tres movimientos antes de que lo evacúen a Kuibyshev, hoy llamada Samara, en diciembre. Allí la termina. Desde la distancia, conoce el sufrimiento de los asediados, pero también la heroica e inquebrantable resistencia que el pueblo ruso ofrecía. Incendiada, bombardeada, privada de alimentos, escasa de todo, Leningrado sigue en pie. El compositor ve en ella no sólo un símbolo de la firmeza frente al nazismo, sino también de la humanidad. Allí, rodeada de palacios, había estallado la revolución de 1917. En Leningrado había florecido la cultura soviética -vibrante, fascinante, magnética- de los años veinte y los primeros treinta. El jazz, el cine, la poesía de vanguardia… No había arte que no encontrase en Petrogrado, primero, y Leningrado después, su sitio y su público. Ese lugar de creación y experimento, que encarnó la modernidad como París, Berlín o Viena, sufría el martirio a que lo sometían los nazis y sus aliados.

Terminada la partitura, la estrenaron en Kuibyshev y Moscú en marzo de 1942, pero su entrada en la historia fue un poco más tarde, en agosto de ese año. Cuando se venía a cumplir el aniversario del asedio, los defensores de Leningrado estrenaban una sinfonía. Todo eran dudas. La Orquesta de la Radio de Leningrado estaba diezmada. De sus cien músicos, sólo quedaban vivos quince y estaban famélicos. Cuando el director, Karl Eliasberg (1907-1978), vio la partitura, advirtió que no podrían interpretarla por la debilidad que padecían. Él mismo no estaba en condiciones de dirigirla. Por otro lado, se temía que los atacantes aprovechasen el estreno para bombardear el teatro con sus asistentes dentro. Nada impidió el estreno. Se llamó a soldados del frente que supieran tocar instrumentos para reforzar la orquesta. La artillería soviética bombardeó preventivamente las posiciones enemigas. Antes de que comenzase la función, Eliasberg dijo unas breves palabras: “Camaradas, éste es un gran acontecimiento en la vida cultural de nuestra ciudad. Es la primera vez que vais a escuchar, dentro de unos momentos, la Séptima Sinfonía de nuestro compatriota Dmitri Shostakovich. Su sinfonía nos invoca a la fuerza en el combate y a la fe en la victoria. La interpretación de la Séptima en la propia ciudad sitiada es el resultado del invencible espíritu patriótico de los leningradenses. De su fuerza, su fe en la victoria, su voluntad de luchar hasta la última gota de su sangre y de lograr la victoria sobre sus enemigos. Escuchad, camaradas”.

Y la Sinfonía sonó en esa ciudad que seguía desafiando a los invasores. Se retransmitió a todo el frente. Se oyó en las casas que quedaban en pie y entre las ruinas. El programa llevaba impresa la dedicatoria de la partitura: “A nuestra lucha contra el fascismo, a nuestra inminente victoria sobre el enemigo, a mi ciudad, la ciudad donde nací, Leningrado, dedico esta sinfonía”. 

Eliasberg escribió que, al terminar el concierto, “la gente estaba de pie llorando y llorando. Sabían que aquello no era un episodio pasajero, sino el comienzo de algo. Lo habíamos oído en la música. El auditorio, la gente desde sus casas, los soldados en el frente -la ciudad entera se había reencontrado con su humanidad-. Y en aquel momento triunfamos sobre la desalmada máquina de guerra nazi”.

La historia del siglo XX es un cúmulo de atrocidades espantoso, es cierto, pero también tiene episodios de una dignidad y una grandeza admirables. En esa sinfonía, Europa entera -la civilización enfrentada a la barbarie- entonaba un canto de resistencia. La obra ha sobrevivido al mismo Hitler, al mismo Stalin, a los totalitarismos que arrasaron nuestro continente.

Escúchenla para recordar quiénes somos.