La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Fawlty Towers (Imagen: twm1340 CC BY-SA 2.0)

Esta broma ya no es divertida

Necesitaremos artistas, escritores y actores dispuestos a romper el molde que la dictadura progre les quiere imponer.

Una creciente conciencia está surgiendo en gran parte de la civilización occidental. Nuestras culturas, valores y derechos tradicionales como ciudadanos de países libres se están erosionando maliciosamente. Lo que se puede describir mejor como un autoritarismo ultraprogresista de extrema izquierda, a veces se denomina convenientemente como woke o progre en la prensa mundial. Se caracteriza por su obsesión por las políticas de identidad, la teoría crítica de la raza y una ideología estólida que predica que hay cien géneros. Es puritano en la defensa de sus dogmas e inquisitorial frente a todos que se atrevan a disentir. Por tanto, es enemigo de los valores liberales clásicos, como la libertad de expresión, libertad civil, tolerancia y racionalismo, que son los cimientos de una sociedad democrática. Las tendencias progres se están infiltrando insidiosamente en todas las esferas de la vida pública y ahora incluso en la vida cotidiana de los ciudadanos privados. No hay espacio aquí para enumerar todas las formas en que esta corriente ideológica está envenenando nuestra cultura. En cambio, pondremos el enfoque en un aspecto clave de la cultura: la comedia, o sea, todo aquello que nos hace reír y, posiblemente, nos hace humano.

Los verdaderos comediantes son ahora una raza en extinción, expulsados de los principales medios de comunicación. Muchos han sido «cancelados» por hacernos reír de cosas equivocadas o por expresar opiniones que los progres consideran heréticas. Un ejemplo perfecto de la «cultura de la cancelación» en la comedia es lo que le sucedió a Roseanne Barr. La comediante estadounidense y ganadora de un Emmy tuvo una exitosa carrera de cuarenta años que fue destruida de la noche a la mañana cuando un tuit político que hizo fue malinterpretado como racista. Roseanne luchó durante años por que personas de color, mujeres, gays y lesbianas estuvieran representados en su serie de televisión de mayor audiencia en los Estados Unidos. Como recompensa, fue despedida por el canal, y también intentaron asesinar a su carácter con acusaciones de estar adicta a las drogas. Millones de personas crecieron viendo a Roseanne Conner y su familia en sus sala de estar durante la década de los noventa. No había otro programa en la televisión estadounidense en ese momento que presentara la vida real de los trabajadores. The Conners, la serie que reemplazó a Roseanne, es una cáscara hueca del programa anterior, y sólo se le permite continuar porque se arrodilla ante la élite progre de Hollywood.

Fawlty Towers sólo puede mostrarse ahora con una advertencia de salud pública, porque contiene chistes desenfadados sobre españoles y alemanes.

En Gran Bretaña, la BBC es la emisora pública, que todos los ciudadanos están obligados a financiar, a través de una licencia de televisión, si quieren ver cualquier canal de tele, aunque nunca miren la BBC. El canal público está en el centro de controversias sobre lo que constituye humor aceptable. Programas de televisión clásicos como Fawlty Towers, Little Britain y The League of Gentlemen han sido atacados. Fawlty Towers sólo puede mostrarse ahora con una advertencia de salud pública, porque contiene chistes desenfadados sobre españoles y alemanes, aunque la mayoría de sus bromas son sobre británicos riéndose de sí mismos. Little Britain ha sido completamente cortada, y la gente que solía encontrarlo divertido finge que nunca les gustaba, ya que ahora se lo considera ofensivo. The League of Gentlemen también iba a ser cancelado porque uno de los personajes fue confundido con una representación de blackface. Desde luego, el personaje en cuestión no tiene nada que ver con razas. ¿Y qué alternativa ofrece la BBC a sus programas que alguna vez fueron muy queridos? La actriz y comediante Dawn French “hincando la rodilla” para apoyar el movimiento Las Vidas Negras Importan en un episodio de The Vicar of Dibley durante La Navidad. Esto no es comedia, sino propaganda para la guerra cultural librada por los progres. 

La tendencia progre es una farsa tan absurda que uno podría reírse de ella si no fuera tan trágicamente aburrida.

Se supone que la comedia es crítica. Es burlona, irreverente y polémica. La tendencia progre es una farsa tan absurda que uno podría reírse de ella si no fuera tan trágicamente aburrida. Si la gente común quisiera lecciones de corrección política, se inscribiera para ser adoctrinada por partidos extremistas, pero en general no lo hace. La gente no quiere ser educada políticamente en nombre del humor. Quieren ser libres para burlarse de todo y de todos, incluyéndose a sí mismos sin ser etiquetados como intolerantes. Los trabajadores, en particular, quieren la libertad de no tomarse una vida tan dura tan en serio. No quieren que toda la alegría sea succionada de la vida hasta que no puedan reírse de nada sin el permiso del Estado. Nuestros antepasados, que lucharon y murieron para no tener que vivir en una dictadura totalitaria sin libertad de expresión, deben de estar revolviéndose en sus tumbas al ver en qué sociedad sin humor nos hemos convertido.

Sobrevivan o perezcan las libertades que tradicionalmente hemos disfrutado como sociedad, lo que está claro es que debemos mantener el sentido del humor para poder reír de nosotros mismos si queremos seguir siendo humanos. Para ello necesitaremos nuevas formas de comedia que se atrevan a alzar la voz contra la censura y criticar el nuevo status quo. Necesitaremos artistas, escritores y actores dispuestos a romper el molde que la dictadura progre les quiere imponer. Debemos atrevernos a arriesgar la ira de la «cultura de la cancelación» para que podamos decir la verdad al poder. Sin comedia, nuestra capacidad de reír (de otros y de nosotros mismos), de hecho, nuestra propia humanidad será apagada. Si se permite que eso suceda, la libertad de expresión y todas las demás libertades civiles correrán el peligro de perderse. Tenemos que volver a los valores liberales clásicos para permitirnos conservar nuestra cultura. Así es como los conservadores culturales podemos ganar la guerra cultural que han librado los woke, los progres. La cámara de la historia ya grabará quién tiene la última risa.