La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: SR. DURDEN CC BY-NC-ND 2.0)

Fracaso histórico del socialismo

El poder no puede ser resultado de la ambición, sino resultado de la convicción de servicio patriótico a la sociedad y a la democracia.

Se plantea un ejercicio didáctico basado en las experiencias conocidas a través de la historia respecto a lo que ha sido el desempeño del socialismo como régimen político en el transcurrir del tiempo, donde solo se observan fracasos continuados en todos los órdenes y en todos los casos en que ha sido protagonista de poder político. Si esto ha sido una constante, significa entonces que el sistema careció desde su invención de una imaginación práctica inteligente para construir los mínimos estándares de regulación de la política aplicada a la administración del poder, es decir, le faltó la esencia de ingeniarse la forma apropiada de saber gobernar. Esa forma apropiada de gobernar se refiere nada menos que a la exigencia de respetar todos los factores fundamentales y garantías constitucionales, propios de la democracia. 

Sin filosofía política coherente

El pensamiento razonable, aquel que, por supuesto, lleva consigo la impronta de la inteligencia, con seguridad conduce el hilo de sus proposiciones a la categoría de admirables. El pensamiento inteligente, asociado a la sensatez que requiere el servicio de las buenas causas, esta combinación confluye en un propósito mancomunado que produce ideas cuyos resultados suelen trascender en beneficio de la humanidad. En política, las buenas causas no pueden estar asociadas a ambiciones individualistas de aferrarse al poder totalitario. 

Al socialismo desde su génesis le faltó asociar y consolidar esta dinámica inteligente. La idea de su creación puede haber estado motivada por inquietudes sociales de pensadores, empezando por Marx y Engels, y otras figuras del pensamiento. Tenían pleno derecho de estructurar una organización política con nombre propio, con ideales filosófico-sociales; pero también es cierto que al lado de los derechos están unidos los deberes que es necesario cumplir y que, por consiguiente, van implícitos en una organización para poder mantener el equilibrio en el desarrollo del objeto para lo cual se creó, llámese organización política, económica, social; y por eso se suele decir que “los deberes validan los derechos”. 

Esto implica que a la organización política del socialismo le faltó filosofía de coherencia funcional para poder materializar una verdadera opción sensata de poder, pues la idea no era llegar al poder sin importar las circunstancias, esa idea necesitaba fortalecerla con la sensatez del pensamiento democrático. La filosofía de coherencia funcional debió consistir en un plan amplio de raciocinio aplicado a construir y consolidar la idea democrática integral del socialismo, lo cual significaba respetar lo concerniente a: la independencia de poderes, la libertad de expresión, las libertades individuales, la alternancia en el poder, la propiedad privada, la libre empresa, la economía de mercado regida por las leyes de oferta y demanda, los derechos humanos, en fin, respetar toda la institucionalidad del Estado de derecho. Estos atributos, soportes de la democracia, no hicieron parte de la plataforma política que ungió el advenimiento de la ideología llamada socialismo. 

Por analogía se podría acudir a una especie de razonamiento inductivo para establecer una similitud al decir que la idea de crear el socialismo puede haber consistido en algo así como emprender la construcción de una obra de inspiración poética soñadora, solo que le faltó lo esencial, le faltó el alma de poeta. Esa plataforma política resultó asimétrica a la hora de ingeniarse los postulados y principios rectores de su filosofía ideológica, es decir, su contenido doctrinal resultó disonante en su falta de armonía estructural para poder ejercer poder persuasivo racional de entendimiento con la sociedad, lo que trajo como consecuencia tener que adoptar un debate de roce social pugnaz a través de la utilización de un lenguaje ofensivo hacia sus contradictores políticos, establecer la lucha de clases en todas sus formas, y abusar de un populismo engañoso como medio de adoctrinamiento ideológico.

Es esta la razón por la cual el socialismo al llegar al poder solo ha demostrado eficacia mundialmente conocida a través de la historia para incurrir en los siguientes errores de procedimiento político: demoler la democracia, arruinar la economía, volver pobres a los ricos, a los pobres los convierte en sujetos de miseria, y enriquecer fabulosamente a sus gobernantes. He aquí la fragilidad filosófica del régimen socialista. Faltó reflexión y prudencia. Decía Aristóteles: “La prudencia no es ciencia ni arte, es una disposición racional hacia lo que es bueno y conveniente”. Es evidente y cierta la teoría que se expresa en el sentido que “lo que mal empieza mal termina”, y en este caso no habrá duda, significará el porqué del fracaso  del socialismo.

Ambición de poder sin límite

La ambición de poder del socialismo consiste en apoderarse del poder en forma definitiva, con lo cual convierte en permanente la ruina económica, política y social que es lo único que produce. Para esto, lo primero que hace este régimen es proscribir la democracia y su independencia de poderes, y a partir de ahí consumar una dictadura totalitaria. Claro está que la trama engañosa, y evidentemente contradictoria, utilizada para llegar al poder empieza hablando de “democracia y progreso”  y,  por supuesto, denigrando el capitalismo, que es el que verdaderamente produce crecimiento económico y, por consiguiente, produce progreso en democracia y bienestar social. El poder tiene que ejercerse dignificando a la sociedad que es su origen. O si se plantea otra forma de definición se podría decir: la filosofía del poder exige dignificar a la sociedad aplicando los fundamentos de la democracia. En definitiva, el poder no puede ser resultado de la ambición, sino resultado de la convicción de servicio patriótico a la sociedad y a la democracia.