La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: sermarr erGuiri CC BY 2.0)

Fanfarria para un país corriente

Que no seamos los primeros en patentes no es motivo para que reneguemos con amargo despecho de nuestros símbolos.

Vox presentó una moción en el Ayuntamiento de Murcia para que se escuchara el himno nacional en los colegios a la entrada a clase, que ondee en ellos la bandera rojigualda y no falte un retrato del rey en las aulas. Al final se aprobó con la modificación de que el himno sonaría solo en actos relevantes, no todas las mañanas. Se ha evitado así someter a los niños a lo que algunos han calificado como tortura. Quizás imaginaban, como en el chiste, que no era Murcia, sino Rusia, y que el alumnado debería soportar durante unos interminables minutos, con unas temperaturas gélidas, y formando en el patio en posición de firmes, a que se ejecutaran las notas de la Marcha Real. 

Cierto liberalismo amanerado no ve más que fetichismo textil en las banderas, salvo que sea la del arcoíris.

Como es ya tradición en estos casos, a las críticas de esa izquierda que asocia pavlovianamente España con Franco, se han unido las de cierto liberalismo amanerado, que deplora el patriotismo, confundiéndolo con nacionalismo, y no ve más que fetichismo textil (“un simple trapo”) en las banderas, salvo que sea la del arcoíris. Toda la delicadeza antropológica con la cual estudiamos las manifestaciones simbólicas de otras culturas, se torna burdo materialismo cuando los occidentales nos miramos a nosotros mismos. Y en esto los españoles somos el prototipo del hombre occidental. 

Me ha llamado la atención, no sé si también a ustedes, la coincidencia de la noticia con el anuncio gubernamental de una Agencia Espacial española, que ha suscitado las consabidas cuchufletas sobre nuestra tardía incorporación a la conquista del espacio extraterrestre. Todo muy en el tono de una boba película de hace medio siglo, El astronauta, protagonizada por Tony Leblanc, que termina esperpénticamente con un cohete made in Spain aterrizando no en la luna, sino en el desértico escenario de una película del Oeste. 

Tras haber tenido y perdido un imperio donde no se ponía el sol, nuestro orgullo parece haberse girado contra nosotros mismos.

A los españoles nos pasa algo no solo con nuestros símbolos, sino con lo que ahora se llama la autoestima, término del que recelo vivamente pero que uso aquí por mor de hacerme entender rápido. Tras haber tenido y perdido un imperio donde no se ponía el sol, nuestro orgullo parece haberse girado contra nosotros mismos, y no desaprovecha ocasión para autozaherirse implacablemente. Como si los españoles no aportáramos nada al arte ni a la ciencia, no construyéramos grandes obras de ingeniería en nuestro país y fuera de él, no viviéramos mejor que en muchas otras partes del planeta y no habláramos la segunda lengua del mundo. 

Existe el riesgo de venirnos demasiado arriba, y pasar de un extremo a otro: de interiorizar la leyenda negra a culpar de todas nuestras carencias al sabotaje y las mentiras.

Bien es verdad que es fácil pasar de la mortificación a la idea de la conspiración masónica antiespañola alentada por la pérfida Albión; como que son dos caras de la misma moneda. He llegado a leer a un estudioso patrio decir que Shakespeare está sobrevalorado, y que si no fuera por la habilidad propagandística de los ingleses, jamás hubiera eclipsado a Lope de Vega. El fenómeno editorial de María Elvira Roca, con su merecido éxito Imperiofobia, ha tenido el mérito de resarcirnos de mucho complejo arrastrado durante siglos. Pero después de leerla existe el riesgo de venirnos demasiado arriba, y pasar de un extremo a otro: de interiorizar la leyenda negra a culpar de todas nuestras carencias al sabotaje y las mentiras de nuestros eternos enemigos y nuestras élites traidoras. Manía que recuerda a la de esas feministas y esos sedicentes antirracistas que llevan fatal el hecho de que Homero, Cervantes, Newton, Beethoven o Einstein, entre lo más granado del arte y el pensamiento humanos, fueran varones blancos, pues no ven otro modo aceptable de explicarlo que postulando unas estructuras de dominación patriarcales y racistas. 

Bien es verdad que los españoles, a diferencia de estos airados activistas, no hemos perdido la capacidad de reírnos de nosotros mismos; más bien al contrario. Pero porque no seamos los primeros en patentes no es motivo ni para creernos inferiores, ni víctimas de ninguna conspiración; no es motivo para que reneguemos con amargo despecho de nuestros símbolos; no es motivo para que no tengamos derecho a exhibirlos con sano orgullo, como sí hacen otros países, que por cierto también saben reírse de sí mismos cuando la ocasión lo requiere.