La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: titoalfredo CC BY-NC-SA 2.0)

Faroles

Es época de hacer el farol, de mentir con desparpajo y sin pestañear, de vendernos por lo que no somos.

Estamos en época de faroles, farolas y farolillos. Entre tanta iluminación, si tú no eres una antorcha o al menos una cerilla, pues como decía Bernarda Alba “te aguantas”, porque no vas a llegar lejos. Es época de hacer el farol, de mentir con desparpajo y sin pestañear, de vendernos por lo que no somos, de sobreactuar, de gesticular y sonreír a la audiencia, de estar siempre preparados para la instantánea cual famosillos soberbios en nuestros minúsculos mundos, de ponernos estupendos con temas que desconocemos del todo, de ser muy activos y emprendedores, de hacer monólogos con cuatro palabras clave y tres consignas, y de desenvolvernos en grupos donde todos los demás siguen exactamente estas mismas reglas. Bueno, en ese sentido todo bien, nadie destaca. No es evidentemente tiempo para los introvertidos, que vienen a ser la mitad de la población. Pero es que, después de todo, alguien tiene que hacer el trabajo de verdad.

Hubo un tiempo, y debe haber sido bastante prolongado en la historia, cuando no estaba bien que uno se lanzara a ponderar sobre cosas que desconocía por el mero placer de oírse.

Esto de la introversión tiene gracia. Hubo un tiempo, y debe haber sido bastante prolongado en la historia, cuando no estaba bien que uno se lanzara a ponderar sobre cosas que desconocía por el mero placer de oírse. De hecho, tampoco nadie se arrugaba a espetarte que para decir chorradas mejor te quedaras calladito, o esa otra más poética de que si lo que ibas a decir no era más bello que el silencio no lo fueras a decir. Los introvertidos no estaban para nada mal vistos, no, quedaban más bien como filósofos. De muchos de esos introvertidos, incluso, surgieron luego grandes personajes del espectáculo y la farándula, que quieras que no, en mucho introvertido hay un alter ego por explotar, y en no pocas ocasiones, con unos añitos de experiencia y seguridad, eclosionan auténticas sorpresas. Pues bien, hoy es todo lo contrario, y a ello se te entrena desde niño. Niño, habla. Ay, mira qué gracioso el niño las cosas que dice. Deja al niño expresarse, que hable delante de todos e interrumpiendo a los adultos, que si no, no desarrolla su personalidad en todo su esplendor. El buen niño, el niño espontáneo que después la mala sociedad constriñe y coarta. Y he ahí la semilla del mal que luego crece y da sus frutos. 

Los modernos tendemos a pensar que hemos superado a los antiguos en todo, que la superstición pertenecía al pasado, y que los que estaban antes que nosotros por fuerza debían vivir en la oscuridad.

Se acordarán ustedes de los curanderos, o no, igual sólo han oído hablar de ellos. Ahora están venidos a menos y pasados de moda, pero no por la evolución de los tiempos, sino porque otros les han quitado el puesto. Los modernos tendemos a pensar que hemos superado a los antiguos en todo, que la superstición pertenecía al pasado, que ahora somos muy listos y muy productos de la ciencia, que la naturaleza humana cambió el día en que nacimos y que los que estaban antes que nosotros por fuerza debían vivir en la oscuridad. Pues fuera soberbia, somos lo que somos, seres bastante simplones. Todos queremos lo rápido y lo fácil y lo queremos para nosotros ahora. Es decir, amamos la magia. Fuera el esfuerzo y el trabajo duro y abajo la experiencia y la paciencia. No dejan de aparecer productos milagrosos para todo, estupendos atajos que nos llevarán antes que a los demás a la deseada meta, remedios con nombres maravillosos y rimbombantes, pócimas de la felicidad y la relajación mental, fuentes de salud y de equilibrio, y más. Vale. Para que el curandero hiciera su efecto en el enfermo que buscaba su ayuda era condición sine qua non que el achacoso acudiera con fe. Y no digo yo que muchas veces de verdad se produjera el milagro, porque la fe mueve montañas, pero pensar que la humanidad ha superado esa fase viendo lo que estamos viendo cada día es poco menos que puro optimismo. Así que hemos dejado a los curanderos tradicionales sin trabajo, pero, ¿y todos los chamanes modernos que ahora se ganan la vida habiendo ocupado este nicho? Su mérito tiene, oigan. 

Mientras la gente mayor se veía desbordada ante una nueva tecnología que desconocía, los Brads aparecieron para explicarles el nuevo mundo y solucionarle los problemas.

Detesto a los Brads. ¿Quiénes son los Brads? Pues no sé si recuerdan esa magnífica película que se titulaba American Beauty. Al principio de la misma el protagonista es acosado por uno de estos personajillos sabelotodo que llegan flamantes a los sitios esgrimiendo su juventud, energía y nuevos conocimientos. La era tecnológica ha catapultado a estos tipos que han pillado con el paso cambiado a los seniors. Los oportunistas, como su nombre indica, no han dejado pasar la ocasión, claro está. Mientras la gente mayor se veía desbordada ante una nueva tecnología que desconocía, cuyo potencial sabía intuir hasta el punto de empequeñecerse y mostrarle respeto reverencial, los Brads aparecieron para explicarles el nuevo mundo y solucionarles los problemas. Evidentemente en poco tiempo se multiplicaron como virus. La figura del maestro, ésa que en nuestra cabeza se materializa en la apariencia idealizada del hombre robusto de túnica blanca, barba y pelo cano ante una audiencia de jóvenes aprendices pasó a mejor vida. Ahora todo está lleno de Brads. El que con un cursillo de resolución de conflictos te trae la paz, el que con dos tardes de Google te apaña la economía de un país, el que cambiando tres conceptos y creando tres nombres te arregla la educación y el que le impone al más experimentado de la empresa sus órdenes porque él se ha sacado un máster de unicornios. Pero no teman nada, nada de nada, que todo va a ir bien. 

Pensemos que nada es eterno. Soy optimista de que con el tiempo se terminará imponiendo la razón y que toda esta tontería sufrirá un reverso. Para ello habremos de realizar primero la travesía por el desierto, esa de dejar de creer en absolutamente nada ni a nadie. La gorda crisis de autoridad en la que caigamos quizás nos ponga a todos de nuevo en un punto sensato. Mientras tanto, no habrá más remedio que seguir sufriendo a los Brads y a los faroles. Suerte.