La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Debería preocuparnos que, desde las instituciones europeas, se pretenda desdibujar la identidad europea en lugar de fomentarla o, al menos, protegerla.

Esta semana se filtró un informe de la Comisión Europea que recomendaba sustituir el tradicional saludo “feliz Navidad” por el políticamente correcto “felices fiestas”. El pretexto era la inclusividad, pero es cada vez más sorprendente que esa voluntad de incluir exija siempre diluir la identidad cristiana de nuestro continente y destacar la presencia del islam en Europa. 

Sin duda, recordarán ustedes la campaña del Consejo de Europa (apoyada por la Comisión Europea, por cierto) que, con el lema “Mi velo, mi elección”, desató la polémica en Francia. No fue menor la indignación que levantó otro cartel de las mismas instituciones que, de nuevo, invocaba la consabida “diversidad” para normalizar el velo en Europa: “La belleza está en la diversidad como la libertad está en el hiyab”. 

No caeré en la trampa de discutir si la presencia islámica en Europa –Al Andalus, la Bosnia otomana, etc- es o no es parte de la historia de nuestro continente. La Alhambra lo es, pero también lo son la batalla de las Navas de Tolosa, (1212), Lepanto (1571) y la victoria a las puertas de Viena (1683). Pretender que el árabe es un «tesoro de Francia» como predicaba la campaña del Instituto  Mundo Árabe de París en 2020 resulta engañoso.

Estas campañas y la política que las inspira han encontrado en Europa Central y Oriental una oposición férrea –el caso más claro es el de Viktor Orbán en Hungría- que se ha ido extendiendo a la parte occidental del continente. Esta semana Éric Zemmour ha anunciado su candidatura a la presidencia de la República Francesa con un discurso que mete el dedo en la llaga: cada vez más franceses (cabría decir “europeos”) se sienten extranjeros en su propio país. Son los “exiliados del interior”. 

Es absurdo seguir negando que ese sentimiento existe. Basta ver la publicidad que hacen el Consejo de Europa, la Comisión Europea y otras instituciones. La diversidad se ha convertido en la coartada para imponer un imaginario que no representa a la inmensa, a la abrumadora mayoría de los europeos.

Aquí hay una doble trampa. 

En primer lugar, nuestro continente siempre acogió una inmensa variedad de pueblos, de lenguas y de naciones. En el caso de Europa Central y Oriental, la monarquía danubiana o el imperio de los zares serían dos ejemplos de ello. Incluso sin necesidad de recurrir al ejemplo de los imperios –que en nuestro tiempo resultan tal vez impopulares- ahí tenemos la Hungría histórica que acogía a rumanos, gitanos, sículos, eslavos, germanos, judíos… y, por supuesto, húngaros. No es, pues, Europa quien debe recibir lecciones de diversidad a lo largo de siglos. 

La segunda trampa es más sutil. Esa pretendida “diversidad” no representa a la mayoría, sino que la soslaya. Zemmour ha hablado de la tiranía de las minorías en el discurso que mencionaba antes y la expresión, que tal vez sea algo exagerada, no deja de tener algo de acertada. So pretexto de los derechos de las minorías, se desdibuja a la mayoría hasta el punto de preterirla. Para evitar presuntas ofensas o exclusiones, se pretendía omitir el saludo navideño que emplean la mayor parte de los europeos.

Afortunadamente, la reacción contra esa propuesta ha llevado a que la Comisión Europea la retire. Es reconfortante ver que la lucidez no se ha perdido por completo. Sin embargo, debería preocuparnos que, desde las instituciones europeas, se pretenda desdibujar la identidad europea en lugar de fomentarla o, al menos, protegerla. 

Por lo pronto, no se dejen manipular. 

Sigan deseando una “feliz Navidad”.