La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Ferenc Hörcher

Ferenc Hörcher: «No hay modelo húngaro, sólo un líder carismático»

Ferenc Hörcher es filósofo polı́tico, historiador de las ideas, poeta, crı́tico literario y analista polı́tico. Es director del Instituto de Investigaciones Polı́ticas y Gubernamentales de la Universidad Nacional de Servicio Público, ası́ como investigador principal del Instituto de Filosofı́a de la Academia de Ciencias de Hungrı́a. Es uno de los expertos más eminentes de la filosofı́a polı́tica conservadora y, a través de sus libros y artı́culos, ejerce una gran influencia en la vida intelectual de Hungrı́a.

La prensa internacional a menudo usa el adjetivo “ultraconservador” para referirse al Gobierno de Hungría. Sin embargo, el propio Viktor Orbán raras veces se define como conservador; antes prefería el término “cívico”, mientras últimamente hace más énfasis en la identidad (demo)cristiana de su partido. ¿Hasta qué punto puede considerarse (ultra)conservador el modelo húngaro? 

Debo admitir que yo no veo un modelo húngaro específico, sino más bien a un líder carismático, que ha logrado unir a sectores muy amplios de la sociedad en un solo campo, y que maneja su, ahora ya cuarto, gobierno según las necesidades del momento.

Viktor Orbán no tiene un fuerte apego a las casillas ideológicas, y ve su “profesión” como un arte de hablar y hacer.

Aunque el primer ministro tiene un gran interés en cuestiones teóricas, ideológicas, incluso filosóficas, siguiendo las tendencias recientes de la moda intelectual, él ve la ideología como una herramienta para lograr lo que quiere, vender el producto, como dijo uno de sus asesores. Este consejero afirmó públicamente que el lema “cívico” tampoco era más que un producto ideológico que le gustaba a ciertos sectores de la clase media. El propio Orbán luego ha negado esto, pero se puede observar un cambio constante en su auto-posicionamiento, partiendo de un radicalismo casi anárquico a finales de los 1980, pasando por una fase liberal, luego democristiana, conservadora y antiliberal. Creo que su regreso a la vetusta autoidentificación democristiana fue en parte una reacción a las muy fuertes críticas que recibió, y también para volverse más comme il faut a los ojos de sus socios alemanes. Sin embargo, Viktor Orbán no tiene un fuerte apego a las casillas ideológicas, y ve su “profesión” como un arte de hablar y hacer. Como él mismo lo dijo en una ocasión, se debe fijarse menos en lo que dice y más en lo que hace.

En Hungría, no sólo el partido Fidesz del primer ministro, sino también Jobbik corteja a los votantes conservadores. Bajo el nuevo liderazgo de Péter Jakab, este partido intenta dejar atrás su pasado radical y posicionarse como una fuerza conservadora moderada, o como ellos dicen, un “partido popular”. ¿Es auténtica esa transformación?

Al haber sido un partido de derecha radical, cuyos representantes han expresado puntos de vista extremistas, incluso homofóbicos y racistas, Jobbik parte de una posición perdedora. Además, para satisfacer las demandas de sus actuales aliados, los partidos izquierdistas y progresistas, tuvo que renunciar a gran parte de su identidad, convirtiéndose en un fenómeno de izquierdas sin carácter.

Incluso la oposición de Orbán necesita apropiarse de algunos de sus argumentos más exitosos.

Hay dos consignas que intentan utilizar, una es el concepto de “partido popular”, para el cual todavía no tienen ni la munición ideológica ni la red de infraestructura nacional. La otra es la afirmación de que representan el socialismo cristiano, una innovación audaz, sin muchos antecedentes ni en el pasado del partido ni en la vida política reciente del país. Teniendo en cuenta todo esto, el modesto ascenso de Jobbik se puede explicar por las siguientes razones. En primer lugar, porque su líder actual, Péter Jakab, puede atraer con éxito a ciertos segmentos de la sociedad. Y en segundo lugar, porque, aparentemente, incluso la oposición de Orbán necesita apropiarse de algunos de sus tópicos más exitosos o, -para llevar este argumento un poco más allá-, que incluso su oposición necesita dirigirse a los votantes de derecha.

¿Cuáles son las principales características del conservadurismo húngaro, y quiénes podrían considerarse como sus personajes claves?

En realidad, a diferencia de los modelos del tradicionalismo feudal-jerárquico al estilo antiguo, el conservadurismo moderno no cuenta con una tradición establecida en el país. Si al responder a esta pregunta nos concentramos en los siglos XX y XXI, se pueden ver dos líderes extremadamente exitosos que podrían ser cruciales para comprender la cultura política de la nación. Uno de ellos es Miklós Horthy, un almirante y estadista, figura de derechas con antecedentes militares, que era el jefe de Estado de Hungría como regente (o gobernador) entre 1920 y 1944. El otro es János Kádár, primer secretario general del Partido Socialista Obrero Húngaro, que tenía las riendas del país (bajo supervisión soviética) entre 1956 y 1988. Sus carreras se parecen en muchos aspectos al reinado de Francisco José, penúltimo monarca del Reino de Hungría, quien llegó a ocupar el trono en medio de una guerra de independencia, que aplastó y luego gobernó de manera inconstitucional durante un tiempo, antes de aceptar el Compromiso austrohúngaro en 1867, transformando su imagen en la de un pater familias de buen corazón.

Los tres encarnaban un modelo de gobierno basado en la autoridad. En este sentido, una gran parte del electorado húngaro tiende a confundir el conservadurismo con un estilo paternalista de gobernanza.

Sin embargo, en varias publicaciones suyas, usted ha aludido a ciertos paralelismos entre el desarrollo orgánico de las tradiciones constitucionales húngaras y británicas. ¿Qué tienen en común y cuáles son las diferencias? 

Históricamente, se solía comparar las tradiciones constitucionales húngaras a las británicas. Entre los obvios signos de similitud cabe destacar su naturaleza no escrita, sus formalidades de larga duración, su enfoque en las libertades de la nobleza y otras clases privilegiadas.

Ambas preferían las normas consuetudinarias a la legislación y consideraban que las prácticas establecidas eran legalmente vinculantes.

Lo más importante es que ambas preferían las normas consuetudinarias a las leyes legisladas y consideraban que las prácticas establecidas eran legalmente vinculantes. Además, las dos tradiciones (re)construyeron una larga prehistoria del parlamentarismo moderno, que se remonta a la Carta Magna (1215) en Inglaterra y a la Bula de Oro (1222) en Hungría. El edificio del Parlamento húngaro, por ejemplo, imita arquitectónicamente el ejemplo británico, y se podría continuar con estas comparaciones. 

La diferencia básica es que las clases dominantes húngaras no fueron lo suficientemente rápidas para darse cuenta de la necesidad de cambio, mientras a la clase media de Hungría (que, en su mayoría, no era étnicamente magiar) le faltaba fuerza para imponer sus propios intereses políticos y económicos. Sin embargo, incluso en el siglo XX, hubo una corriente anglófila en la política húngara (sin mucha reciprocidad), que durante la Segunda Guerra Mundial, recurriendo a sus conexiones anglo-americanas, preparaba un golpe de Estado contra la alianza del país con Alemania. 

Debido a la ocupación soviética y la dictadura comunista de casi medio siglo, se quebró la continuidad de las instituciones históricas de Hungría. ¿Qué actitud debe adoptar ante esta situación un conservador húngaro? ¿Se puede conservar algo de lo cual ya no existe? 

Como bien dice, la continuidad histórica se ha roto con la llegada de los “libertadores” soviéticos, cuya intervención, al mismo tiempo de liberarnos de la ocupación nazi, supuso otra ocupación de similar índole. Se trataba de una situación muy grave, por las siguientes razones:

El sistema comunista se basaba en una fuerte dependencia de la ideología, lo que significaba que se produjo una especie de lavado de cerebro durante generaciones.

En la historia húngara hubo otras rupturas en el siglo XX, incluida el Tratado de Trianón después de la Primera Guerra Mundial, por el cual -como una especie de castigo- el país perdió la mayor parte de su territorio y población, pero también en la época del Holocausto, cuando el Estado húngaro se involucró en el exterminio de un gran número de sus propios ciudadanos.

La cultura húngara ya incluso antes tenía un complejo de inferioridad (al igual que la alemana y muchas otras culturas centroeuropeas). Quedar fuera del desarrollo europeo, al convertirse en un satélite del imperio ruso, significaba un retraso aun mayor.

El conservadurismo no se trata tanto de conservar algo, más bien se basa en el escepticismo hacia conceptos como el progreso o fenómenos como la ingeniería social.

Por lo tanto, la húngara es una sociedad traumatizada, que sigue padeciendo de un síndrome poscomunista. Sin embargo, el conservadurismo no se trata tanto de conservar algo, más bien se basa en el escepticismo hacia conceptos como el progreso o fenómenos como la ingeniería social. Y tenemos muy buenas razones para dudar de los eslóganes de los activistas de la izquierda internacional, que se utilizan para presionar a la política, los medios de comunicación, el mundo académico y las artes para remodelar el mundo para mañana.

Debo añadir que Occidente en general, y Europa en particular, también tiene su síndrome poscomunista. Cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, se tomó la decisión de aceptar a Stalin como aliado para vencer a Hitler, esa decisión tenía un precio que Occidente sigue pagando hasta hoy. El consenso de la posguerra se basaba en las consecuencias de este pacto, y la Guerra Fría tampoco pudo reescribir este acuerdo. Con 1968, Europa dio un giro aun más izquierdista, y una gran parte de la élite intelectual occidental (artistas, escritores, académicos) quedó atrapada en la visión marxista. Mire la proporción de votantes de izquierda entre los intelectuales famosos, la gente de los medios, la academia y el mundo del arte, y entenderá por qué digo que Occidente todavía se encuentra en una fase poscomunista.

En cuanto a la importancia de la soberanía nacional, se observa una marcada diferencia actitudinal entre Europa Occidental y los países de Europa Central que han estado bajo yugo comunista-soviético. ¿Se puede atribuir esto al conflicto entre una visión universalista y progresista de izquierdas y una actitud conservadora, arraigada en tradiciones y comunidades concretas? 

Aunque el debate entre una izquierda globalista y una derecha localista es importante, no creo que sea la base de las diferencias de enfoque respecto a la soberanía nacional y la integración europea entre los países de Europa Occidental y Central. Creo que la explicación debe buscarse en sus divergentes horizontes experienciales, culturas políticas e interferencias históricas.

Europa Central tuvo que sufrir medio siglo bajo el yugo comunista, mientras Europa Occidental se beneficiaba y sigue beneficiándose de la división de Europa.

En resumen: mientras que Europa Central tuvo que sufrir medio siglo bajo el yugo comunista, eso no fue el caso de Europa Occidental, que se benefició y sigue beneficiándose de la división desigual de Europa. La desproporción que enfatizó Immanuel Wallerstein entre el centro y la periferia también tiene que ver. Las élites europeas de ambos lados de la división deberían reconsiderar su antagonismo para elaborar un nuevo modus vivendi, y evitar que los más fuertes simplemente impongan su voluntad a los menos resistentes. Este arreglo debe lograrse, además, en un entorno global bastante hostil y maligno.

En su libro titulado A Political Philosophy of Conservatism: Prudence, Moderation and Tradition, publicado en 2020, usted coloca la prudencia, en el sentido de sabiduría práctica, en el centro de la filosofía política conservadora. ¿Cómo sería un estadista prudente? 

Mi libro se basa en la simple suposición de que en la política la primaria virtud cardinal no debería definirse como justicia, sino como prudencia. Pero el término prudencia al que me refiero no se entiende en el sentido cotidiano de la palabra, como sinónimo de astucia. Más bien, es el equivalente del término griego frónesis, elaborado en el sexto libro de la Ética a Nicómaco de Aristóteles, y luego traducido al latín por Cicerón y adoptado por la filosofía moral cristiana.

La tarea del estadista no es lograr un cierto telos independientemente de las circunstancias particulares, sino mantener el barco en la superficie de las aguas.

La visión prudencial de la política no piensa en la política como un ejercicio teleológico. La tarea del estadista no es lograr un cierto telos independientemente de las circunstancias particulares, sino -apoyándose en sus propias experiencias, así como en el conocimiento acumulado de su comunidad (expresado en su cultura política)- debe abordar los desafíos y mantener el barco en la superficie de las aguas, según lo describe la metáfora tradicional. La mayoría de las veces un líder político se ensuciará las manos, como ya se señaló en las famosas tragedias griegas o shakesperianas. Es importante que el actor político sea consciente de lo que está en juego y mantenga una distinción entre lo bueno y lo malo. Si y cuando se necesitan actos moralmente problemáticos, sólo debe cometer aquellos que no salen de ciertos límites, y debe hacerlo únicamente por el bien común. Este es el tipo de conservadurismo aristotélico y realista que yo aprecio.

Últimamente, ha resurgido el debate en círculos conservadores entre los fusionistas, o sea, los que consideran no sólo posible sino deseable la fusión entre el conservadurismo social y el liberalismo económico, y los representantes de un conservadurismo más comunitario, que afirman -como recientemente Patrick Deneen en su libro titulado Why Liberalism Failed– que el liberalismo ha contribuido a la atomización de la sociedad, así como a la fragmentación política y el aumento de la desigualdad económica. ¿Usted a qué campo pertenece? 

Yo no pertenezco a ningún campo. Es más, la guerra cultural me parece un concepto equivocado, y mi principal objetivo no es luchar, sino tratar de buscar concienzudamente compromisos viables. En la política no hay blanco y negro, por lo tanto, son necesarios ciertos compromisos. Por un lado, creo que los conservadores tienen mucho en común con los liberales clásicos. Mi tesis doctoral, realizada durante mi estancia en Cambridge y mis visitas a Edimburgo y Glasgow, es una reconstrucción del concepto de moderación en la Ilustración escocesa. Publiqué en húngaro una colección de los escritos de Hume, Smith, Ferguson, Millar y otros, junto a mi interpretación de ellos, y también un pequeño volumen sobre Hayek.

Tampoco creo que debamos considerar a los que se identifican con la izquierda como enemigos.

Por otro lado, también edité una colección de ensayos de pensadores comunitarios, tanto religiosos como seculares, entre ellos MacIntyre, Taylor, Sandel, Walzer y, quizás parezca sorprendente, también Ricoeur. Así que también veo la fuerza del argumento desde esa perspectiva. Creo que la derecha, o la posición basada en la tradición, debe mantenerse lo más abierta posible, nadie debe ser excluido. Y, por supuesto, tampoco creo que debamos considerar a los que se identifican con la izquierda como enemigos. Ellos también intentan encontrar soluciones adecuadas a los acertijos de su propia vida y la de sus seres queridos. Puede que estén equivocados, pero nosotros tampoco estamos a salvo de errores.

Acaba de salir su último libro The Political Philosophy of the European City: From Polis, through City-State, to Megalopolis? ¿Cuál es la relación entre filosofía política y urbanismo? 

Mi interés por el pensamiento político de la ciudad viene de mis investigaciones sobre el conservadurismo. Como he mencionado anteriormente, el tipo de conservadurismo con el que me identifico es el aristotélico. Y para Aristóteles, el lugar y el contexto adecuados para la política son la ciudad (polis). Por consiguiente, mi fascinación con la política urbana es más que natural. Así nació mi teoría del republicanismo urbano conservador. Para ser precisos, no se trata tanto de una teoría, sino de un acercamiento a la política en el marco de una ciudad de escalas adecuadas. En este libro presento mis argumentos a favor de ese enfoque, basado en una perspectiva histórica longue durée, que conecta la antigua polis griega con la antigua república romana, la ciudad comercial medieval y la ciudad-estado de la Modernidad temprana, hasta nuestro ambiente urbano moderno. El signo de interrogación al final del subtítulo del libro es para cuestionar la tendencia contemporánea, y argumentar indirectamente a favor de la pequeña y mediana ciudad, en lugar de la megalópolis. En mi colección de ensayos titulada en húngaro A kisváros dicsérete (Elogio de la pequeña ciudad, 2019) ya había enumerado algunos de esos argumentos. En ese libro publiqué mi ensayo sobre Scruton, Krier y el príncipe Carlos de Gales, y su ciudad-fundación, Poundbury. Es como un puente entre mi interés por el conservadurismo, la política urbana y la obra del filósofo inglés, el difunto Sir Roger Scruton, quien será el protagonista de mi próximo libro, que será publicado por Palgrave Macmillan en 2022.