La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Ciudad de México (Fernando Tomás CC BY 2.0)

Framing y contaminación lumínica

Personas y grupos muy hábiles y bien pagados construyen distintos marcos mentales cuyo objetivo es negar la discusión democrática.

Imagino que la «contaminación lumínica» no será lo primero que le venga a la cabeza cuando piense en framing. Es posible, aunque últimamente poco probable, que «contaminación lumínica» no le resulte familiar. Por si es el caso, veamos una definición del Ministerio del Medio Ambiente chileno:

«La contaminación lumínica corresponde a la alteración de la oscuridad natural de la noche, provocada por luz desaprovechada, innecesaria o inadecuada, generada por el alumbrado de exteriores, la cual genera impactos en la salud y en la vida de los seres vivos.»

El resto del texto no tiene desperdicio, y le animo a leerlo. La combinación de «contaminación» y «salud» en la definición de un problema despierta nuestras alarmas y con toda razón. Sabemos que la contaminación del aire es responsable de un elevado número de afecciones y de muertes anuales. La contaminación de los acuíferos es una amenaza que afecta a cada vez más territorios. Los microplásticos y los metales pesados que acumula la pesca que luego consumimos es una amenaza que, sin terminar de cuantificar, ya resulta grave. La lista es interminable.

Tan interminable que han logrado introducir «lumínica» como parte del conjunto… como si supusiera una amenaza comparable a las anteriores. De hecho, en el mismo texto afirman que «puede suceder que la luz utilizada emita en un espectro no útil para el ojo humano, pero que afecta a otros seres vivos. Por ejemplo, la luz blanco azulada es la que más altera la conducta de las especies de vida nocturna». En otras palabras, que la iluminación artificial es una amenaza para las especies nocturnas.

Las especies que se han adaptado a un entorno urbano no resultan afectadas en sus poblaciones por la iluminación nocturna.

Si no ha comprado el relato, algo debería chirriarle. E.g., la ausencia de especies nocturnas en un lugar muy iluminado se debe a otras muchas causas antes que a la luz. Siendo que la gran mayoría de las zonas iluminadas son de habitación humana, otras actividades humanas presionarán a esas especies mucho más que la luz: la propia y aterradora presencia humana, el impacto físico de los vehículos, la ausencia de presa para los predadores o de alimento para los herbívoros, etc. De hecho, las especies que se han adaptado a un entorno urbano no resultan afectadas en sus poblaciones por la iluminación nocturna, lo que incluye últimamente a los conejos en la periferia de Madrid capital. Si faltan insectos, y por lo tanto presa para los murciélagos capitalinos, no es precisamente por la luz.

Le remito, por si mantienen la curiosidad, al resto del texto citado. Es probable que se sorprenda, como yo, ante problemas como la «intrusión lumínica» y, sobre todo, el «deslumbramiento». Pocas veces me he topado con un ejemplo más perfecto de «comulgar con ruedas de molino».

La mejor manera de contrastar el concepto de contaminación lumínica es mediante su ausencia absoluta. Si vive permanentemente o por temporadas en un pueblo, sabrá que la iluminación nocturna cubre las pocas calles de la localidad o quizás el porche de alguna vivienda aislada. Fuera de esos espacios está la noche. Si uno quiere o tiene que pasear, ha de llevar consigo una linterna.

¿Se imagina lo que sería pasear por su ciudad con linterna? ¿Que no hubiera iluminación artificial?

Sin luz, la calle era un lugar mucho más peligroso que por el día, y era el lugar perfecto para una emboscada.

Eso es lo que vivieron nuestros antepasados en las ciudades premodernas. De noche se salía a la calle si no había más remedio, a menos que se viviera cerca de las pocas zonas que iluminaban los candiles. Sin luz, la calle era un lugar mucho más peligroso que por el día, y era el lugar perfecto para una emboscada con resultados malos o peores. Eso, afortunadamente, se acabó.

Cuando diseccionamos el problema de la contaminación lumínica, los efectos resultan rápidamente cuestionables excepto uno sólo: el problema que genera para la observación astronómica. Eso es indiscutible. En una gran ciudad, la observación astronómica tiene unos límites muy estrechos.

El problema llega si comparamos el perjuicio real de la iluminación nocturna (la limitación de la observación astronómica) con sus beneficios. Ahí no cabe mucha discusión… sobre todo, si para empezar no se fuerza el marco de la discusión empleando «contaminación lumínica» en lugar del neutro y descriptivo «iluminación nocturna». Pero fíjese, amigo lector, que el término ha conducido la discusión sobre un problema hasta la ausencia de la misma. No sólo es que no hay comparecencia de los defensores de la iluminación nocturna: es que no se habla de ella. En una sociedad civil democrática, no se discuten sus pros y sus contras. «Contaminación lumínica» trata de forzar nuestro punto de vista a un marco de referencia interesado, juez y parte.

Posiblemente hay mejores ejemplos de framing. A mí «contaminación lumínica» me resulta claro y luminoso por las razones antes expuestas: cómo un término capcioso da carta de naturaleza a un argumentario e impide una discusión racional y objetiva.

Esto nos ocurre a diario, con multitud de temas aún más importantes que la «iluminación nocturna». Una y otra vez, personas y grupos muy hábiles y bien pagados construyen gracias a prensa y redes sociales distintos marcos mentales cuyo objetivo (nunca declarado y mayoritariamente exitoso) es negar la discusión democrática, el espacio para el debate, y que el máximo de votantes posible piensen lo que deben pensar y no otra cosa.

Seguro que se le viene a la cabeza, amigo lector, framings que afectan a su vida mucho más que la «contaminación lumínica». Pese a la insistencia machacona y pese al uso del framing de «contaminación lumínica» como justificación para legislaciones que en el mejor de los casos no generan resultados óptimos para la mayoría y en el peor la perjudican, en realidad no cambia nuestras vidas de manera significativa. Pese a los esfuerzos, no hay un debate público significativo al respecto. Seguimos paseando de noche por calles bien iluminadas.

Hay quienes compran el paquete completo, una amplia biblioteca de framings que limitan el uso de su criterio en una amplia variedad de situaciones.

Acabo animándole a pensar en framings mucho más exitosos. En iniciativas siempre de largo recorrido y que han acabado por negar el espacio para el debate democrático. En esfuerzos de propaganda que han fructificado en ideas sagradas, indiscutibles y tiránicas para la mente de millones de sus conciudadanos. Le animo a pensar, como yo mismo hago en este momento, si alguno de esos framings pueden haber afectado su visión sobre un problema que le afecte.

Porque lo cierto es que nadie está a salvo. Hay quienes compran el paquete completo, una amplia biblioteca de framings que limitan el uso de su criterio en una amplia variedad de situaciones. Pero creo que nadie puede decir que no haya aceptado un framing reciente; para empezar, porque nadie tiene tiempo para dedicar suficiente reflexión a cada problema que le afecta, sopesarlo y decidir si acepta lo que se le comunica desde las alturas o no.

Precisamente porque no estamos a salvo, tenemos la obligación moral y cívica de dedicar tiempo lento a pensar e informarnos sobre los problemas que nos afectan. Eso implica, a su vez, detraer tiempo personal de otras actividades. La alternativa es que otros piensen por nosotros mientras vemos una serie.