La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Hispanidad en positivo

Un hispano, al poner pie en tierra hispana, está en su casa y puede entender a otros hermanos hispanos como no entiende a terceros.

Soy uno más de esa legión creciente de hispanos que abrazan su historia y su identidad. De esa legión famélica, sí, pero de un pan supersustancial. De un pan tan breve que provoca un hambre extremadamente difícil de identificar. Hambre que estaba ahí, que creaba desazón, y que estaba allí tanto tiempo -en realidad, antes de nacer mi bisabuelo- que había acumulado respuestas tan inerciales como estériles: «Este país…», «El cainismo…». Sumen y sigan.

A los hispanos de la Península ibérica se nos sumergió al nacer en un pantano fétido y poco profundo. Sin saber cómo, los de los 70 y tres generaciones anteriores aprendimos que no había nada que aprender. Que España estaba más allá de toda redención, marcada por un pecado original que nadie define o puede redimir. Que junto a la división eterna anidan una serie de pecados adicionales, desde la tendencia al atraso, el rechazo a la cultura (¡a la cultura, precisamente!) o a la ciencia. De nada sirvió el Siglo de Oro, las universidades creadas por toda América o tantas luminarias que nos precedieron. De alguna forma incomprensible, nos negábamos y se nos negaba el derecho a sentirnos orgullosos y satisfechos por tanto y tanto bueno.

Hasta hace muy, muy pocos años, cada una de las 21 naciones hermanas estaba en contraposición y confrontación con su pasado. No se podía ser una cosa y la contraria, no se podía ser mexicano, colombiano, peruano… e hispano.

A los hispanos del otro lado del Atlántico, desde Tierra del Fuego hasta Oregón, su hecho fundacional como nación les confronta con su pasado. Hasta hace muy, muy pocos años, cada una de las 21 naciones hermanas estaba en contraposición y confrontación con su pasado. No se podía ser una cosa y la contraria, no se podía ser mexicano, colombiano, peruano… e hispano. Todo lo acumulado en más de dos siglos era atraso, opresión y oprobio al lado de la libertad que trajeron los libertadores.

Podría haber habido reconciliación con el pasado común, con las raíces, con todo lo que todos los hispanos logramos juntos. Con esa civilización que era mucho más que una lengua común, que permite escribir y luego leer este texto. Con ese conjunto de valores que hace que un hispano, al poner pie en tierra hispana, esté en su casa y pueda entender a otros hermanos hispanos como no entiende a terceros.

Líbreme el Altísimo de hacer de menos a cada una de las naciones hispanas hermanas. La historia no tiene moviola, y el presente es nuestro único hogar. Cada una de las naciones hermanas es la patria de millones de hispanos, que alimentan sus pueblos lo mejor que les permiten sus ánimos y circunstancias. Sin embargo, lo terrible del caso es que esas identidades son innecesariamente excluyentes de su pasado común. Pasadas décadas de las independencias, la Historia podría haber sido diferente. Podría haber habido reconciliación con el pasado común, con las raíces, con todo lo que todos los hispanos logramos juntos. Con esa civilización que era mucho más que una lengua común, que permite escribir y luego leer este texto. Con ese conjunto de valores que hace que un hispano, al poner pie en tierra hispana, esté en su casa y pueda entender a otros hermanos hispanos como no entiende a terceros. Negarle al mexicano o al peruano lo que fueron sus reinos es arrebatarle su lugar en la Historia de la Humanidad

¿Y qué decir de nuestra nación perdida, Filipinas? Impresiona mirarse en ese espejo y comprobar lo que puede suceder cuando otro poder es consciente de la fuerza de la Hispanidad: la única forma de ejercer un poder real es desarraigar ese pasado, esa lengua y esa identidad, y eso sólo se puede hacer por medio de la fuerza desmedida y continuada. Cuando algunos hispanos añoran insensatamente haber sido colonizados por ingleses, deberían mirarse en ese espejo y comprender que no sólo no serían lo que son – eso de lo que se les ha enseñado a avergonzarse – sino que serían algo menor, supeditado e imposible de igualar al amo colonial y parasitario.

Así nos criamos muchos millones durante casi dos siglos. Desconectados de nuestra historia, nuestra identidad y nuestra realidad. Con un velo fétido e invisible de tan cotidiano. Pero algo estaba mal, y algo bueno esperaba paciente la oportunidad de surgir y florecer. Y tan imprevisto como incontrolable, llega el momento de un nuevo discurso que deja en su merecida nada a ese complejo innecesario. Argentinos, peruanos, chilenos, ecuatorianos, colombianos, venezolanos, uruguayos, paraguayos, bolivianos, panameños, nicaragüenses, costarricenses, salvadoreños, hondureños, mejicanos, cubanos, dominicanos, portorriqueños e hispanos de Estados Unidos están alzando la voz al mismo tiempo, tomando el testigo de algunos pioneros que reclamaban la vuelta de la Hispanidad.

Cada nación hispana tiene su bandera, pero todos tenemos la bandera que no es de ninguna nación hispana concreta: el aspa de Borgoña o Cruz de San Andrés.

La historia y sus múltiples hechos están dejando atrás la propaganda endofóbica y los lugares comunes absurdos y sin raíz en lo real. Lo más novedoso del asunto es que la negación del fétido velo negrolegendario es menos importante que la afirmación en positivo. No se busca la confrontación con aquellos (redimibles o no) que siguen basando su estar en el mundo en el rechazo a sus raíces y su identidad. No, si algo ilusiona y anima es que está resultando inevitable que los hispanos nos busquemos, nos encontremos y alcemos juntos la voz. Esta novedad histórica niega el diálogo al que quiere nuestro mal y nuestra cadena, y plantea un terreno nuevo listo para cultivar junto a los tuyos.

Esto no es una forma de hablar. Tampoco es hablar por hablar. Nos estamos alzando juntos sobre los hombros de verdaderos gigantes que nos precedieron. Cada nación hispana tiene su bandera, pero todos tenemos la bandera que no es de ninguna nación hispana concreta: el aspa de Borgoña o Cruz de San Andrés. Como empecé, una legión de voces se alza y se encuentra.

Yo la estoy alzando junto a los míos: una asociación llamada Misión Hispana. Misión hispana (www.misionhispana.es; en Twitter, @hispanamision) es nuestro instrumento para abrazar en positivo a la Hispanidad en la creciente compañía de todos los hispanos que abrimos los ojos. Nos hemos impuesto la enorme e ilusionante tarea de buscar el concierto entre todos los hispanos que despiertan, y lo hemos hecho porque, sencillamente, es inevitable.

Ha llegado el momento. Es de una feliz obviedad. La HIspanidad nos esperaba, paciente, y la estamos encontrando.