La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: DrewMyers CC BY-NC-SA 2.0)

Iguales en dignidad

Si alguien pretende integrarse en nuestras sociedades y trae costumbres o valores incompatibles, tiene que cambiar.

En las ocasiones en las que hablo en público sobre Israel, lo hago para defender el país de la mejor forma que sé: hablando de mi buena suerte. De mi buena suerte por haber conocido a algunos de mis mejores amigos. De un conjunto de experiencias amplio, rico y abrumadoramente positivo. Y de haberlas tenido en un momento histórico en el que un blancucho (pronúnciese a la peruana) con barba larga podía pasear tranquilamente por Ramallah, Abu Dis y la propia Jerusalén Este. De hecho, yo viví todo ese tiempo en los Meonot Idelson, a 500m del barrio que ganó fama reciente: Sheij Yarrah.

Nunca agradeceré lo suficiente haber dispuesto no sólo de tiempo, sino de tiempo aprovechado. De aceptar cada invitación a comer o a un café. De hablar con todo el que quisiera hablar conmigo, estuviera o no haciendo trabajo de campo. Fuera de mi rutina cotidiana era sencillo empaparme de esas realidades distintas gracias a un universal cultural: la práctica totalidad de los seres humanos aprecian que se les escuche.

Podría contarles algo de muchos. Podría ofrecerles un amplio buffet de detalles de lo ajeno que les podrían interesar. De hecho, algunas de mis contribuciones en La Nueva Razón se basarán en eso. Sin embargo, hay un nexo común para ese gran conjunto: la gente somos gente en todas partes.

Hay lo mismo en todas partes: personas que quieren vivir tranquilas mientras sacan a sus familias adelante.

No, no he tenido un momento Dersu Uzala. Empleo «gente» en su acepción más neutra y general posible de nuestro idioma. Pienso más allá de las grandes diferencias, aparentes o profundas, hay lo mismo en todas partes: personas que quieren vivir tranquilas mientras sacan a sus familias adelante y superan sus crisis y las de los suyos.

Es más sencillo de lo que parece. Comer en casas ajenas, echar la tarde o aún un rato porque sí, una y otra vez, te obliga a superar la diferencia de idioma o de contexto cultural. La comida hay que prepararla, servirla y compartirla, y esa comensalidad que antes atraía tanto al antropólogo te pone delante de lo que importa: cada día, las familias comen juntas. Y hablan, y discuten, y transmiten experiencia como pueden.

Mi opción es religiosa: somos todos iguales porque somos todos hijos de Dios. Pero es mía. Ni la religión la impone, ni necesita a la religión. Se puede considerar a la humanidad como un todo continuo o quedarse con la diferencia o lo que separa, y más le vale a un adulto reflexionar sobre su opción al respecto y sus consecuencias.

Es estéril y torpe negar la individualidad de una persona con origen étnico o confesión ajena a la nuestra.

Lo opuesto a la igualdad esencial es el estereotipo y el estigma. Asumir, por signos externos (la tonalidad de la piel, el idioma, la vestimenta), rasgos negativos tan infalibles como imborrables. Asumir que una confesión o un origen nacional o geográfico implica amenaza forzosa e ineludible.

Concretando en un ejemplo: encuentro inaceptable asumir rasgos universales en los musulmanes. No sólo porque las creencias, prácticas y estar de un azerí tienen que ver poco o menos con las de un marroquí, sino porque es estéril y torpe negar la individualidad de una persona con origen étnico o confesión ajena a la nuestra. De lo que sí que podemos hablar es de que el azerí, el marroquí o el de Alcobendas van a tener fotografías de sus familiares en su salón, y que, cuando pueden, valoran el tiempo en familia o ver crecer a sus hijos.

La única generalización válida debería ser la inevitable: que gente es gente en todas partes, y que las prioridades absolutas de la inmensa mayoría de cada comunidad es la misma: pasar el testigo. Sonreír ante tu bebé o el bebé de tu hija, o el ajeno. Dar y recibir eso es más que suficiente para los días que tenemos en este mundo, tanto si hemos aceptado que nos enseñen a contarlos como si no.

Esto no es relativismo. Es lo más cercano al «absolutismo» que me puedo permitir. El relativismo actual es una perversión pestilente del relativismo cultural original de Boas, Lowie y otros padres de la antropología: para entender prácticas y creencias ajenas necesitamos su contexto más amplio. Lo contrario es juzgar, y por inercia cultural hacerlo desde la superioridad.

Personajes ajenos a la antropología y su práctica tomaron el relativismo cultural como término y lo pervirtieron por completo.

Los antropólogos clásicos jamás dijeron que la caza de cabezas Sarawak en Borneo o el rapto violento de mujeres entre los yanomami estuvieran bien. Integraron esas costumbres en contextos explicativos e interpretativos más amplios empleando una herramienta etnográfica aún más importante que es la suspensión del juicio.

Sin embargo, personajes ajenos a la antropología y su práctica tomaron el relativismo cultural como término y lo pervirtieron por completo. «Son sus costumbres y hay que respetarlas», que dijo un inane. Hay costumbres objetivamente repudiables que, o bien fueron erradicadas (caza de cabezas), deben ser erradicadas (esclavitud, prostitución infantil) o, al menos, no son admisibles en nuestras sociedades. 

El respeto a la humanidad esencial de cada hijo de Dios no presenta conflicto alguno con la necesidad de mantener a salvo nuestro contexto cultural local. Para nuestras sociedades en nuestros días, hay comportamientos que no son aceptables. Si alguien pretende integrarse en nuestras sociedades y trae costumbres o valores incompatibles, tiene que cambiar. No hay alternativa.

Asumir la igualdad en dignidad no implica en absoluto que no haya que combatir comportamientos que ponen en peligro todo lo que hemos logrado.

Una persona nativa o inmigrada no puede amenazar o atacar a otras personas, y menos aún por ser de un credo diferente al propio. En Europa tardamos siglos en alcanzar la libertad de culto plena. Por el camino, nuestros antepasados sufrieron lo que sufrieron, y perdieron más aún. Asumir la igualdad en dignidad no implica en absoluto que no haya que combatir comportamientos que ponen en peligro todo lo que hemos logrado en Europa, sin complejos ni más límites que los que marca la ley.

Y asumir que todos disfrutamos de la compañía de los nuestros en nuestro salón de casa no puede implicar que alguien ajeno entre en el salón y no se comporte de forma adecuada. En primer lugar, nosotros dejamos entrar en nuestro salón. En segundo, el invitado ha de comportarse adecuadamente. Yo lo hice en su momento, cuando era Otro, y es lo suyo aquí, allí y en todas partes.