La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

La construcción de la identidad española en la Edad Media

Lo cierto es que las iniciativas del rey Alfonso X fueron lo suficientemente precoces como para haber adelantado a Castilla y León sobre el resto de reinos europeos.

En el pasado artículo aquí publicado pude hacer referencia a la importancia del rey Alfonso X como continuador del programa ideológico de la Reconquista, la denominada Restauratio Hispaniae, que buscaba devolver a Hispania al seno europeo, romano y cristiano. Ese programa basado en la restauración del estado de cosas anterior a la invasión árabe, esto es la época visigótica, otorgó la legitimidad necesaria para hacer la guerra al Islam asentado en la Península, y hacer de Castilla y León la potencia hegemónica a la que los demás reinos ibéricos debían tarde o temprano avenirse o someterse, tal y como terminó ocurriendo de la mano de los Trastamara.

Si de buscar el origen de semejante plan maestro se trata, es obligado indicar fue concebido en época del rey asturiano Alfonso III, quien recogió las tradiciones de un rey Pelayo, antes espatario de los últimos reyes de Toledo, para testimoniar una continuidad con la legalidad visigoda. Todo ello lo plasmó sobre papel, cuando ordenó la redacción de tres crónicas –la Crónica albeldense (ca 881); la Crónica profética (ca 883) y la Crónica de Alfonso III (ca 911)- en las que presentaba al Reino de Asturias como el heredero del reino visigodo y asumía su restauración como un deber. Sobre la base de ese programa iba a construirse una nueva nación, cuya denominación final correspondió a la entidad geográfica que la reunía: Hispania/España.

El segundo escalón en la construcción nacional española puede hallarse en la literatura épica que nació en los albores de la rica lengua castellana tanto en prosa y verso, y que nos acerca certeramente a las glorias y miserias de la Reconquista. En ese sentido, el Cantar de Mío Cid es la gesta por excelencia del caballero, del cortesano, del amante esposo y padre y del militar. Sin embargo, la radiografía del paladín no debe alejarnos de la realidad, pues aunque el texto exalta lo mejor de él, la historia ha sabido ponerlo en su lugar y desmitificar algunos puntos controvertidos, sin demeritar su figura. No en vano, el siglo XI, época de Rodrigo Díaz de Vivar, fue el de la formalización del alma de la Reconquista en la época en que Castilla terminó de conformarse como reino que iría de la mano de León. Desde entonces la literatura –los romances de frontera, por ejemplo- siguieron reproduciendo con mayor o menos aproximación a las vicisitudes de la Reconquista que estaban definiendo el carácter de sus pobladores y las características de su territorio.

El gran paso que intentó infructuosamente Alfonso X –la homogeneización jurídica de Castilla y León- supuso un vanguardista intento de sentar las bases de un estado lo más unificado posible, basado tanto en la tradición jurídica visigótica, que representaba el Liber Iudiciorum, como en el Derecho Romano, a través de las célebres Siete Partidas. Debemos suponer, intentando comprender la mentalidad del rey a través de su acción política, que gracias a ese proyecto de unificación se acrecentaba la posibilidad de rematar la Reconquista y proyectar Castilla y León más allá del Estrecho –Fechos Allende– y los Pirineos –Fecho del Imperio-, como si de un Teodorico del siglo XIII se tratara.

El fracaso de Alfonso X en desplegar su proyecto jurídico, tuvo su reflejo en la Reconquista, pues ésta quedó retrasada en dos siglos. Y aunque habitualmente se acude al final de la Edad Media como el momento en que se estaban sentando las bases de los posteriores Estados modernos, lo cierto es que las iniciativas del rey Alfonso X fueron lo suficientemente precoces como para haber adelantado a Castilla y León sobre el resto de reinos europeos.

Debieron ser, por lo tanto, los reyes Isabel y Fernando –ambos reyes Trastamara- quienes dieran ese cuarto paso en la construcción de la identidad española, dando fin a la Edad Media peninsular.