La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

La cuestión de Polonia

La Unión pretende que los Estados vayan cediendo soberanía y vayan despojándose de sus principios jurídicos y políticos en aras de una integración sobre la base de los consensos progresistas. 

Al final, el Consejo Europeo ha terminado sin conclusiones escritas. El choque de trenes entre Polonia y la Comisión Europea no se ha producido. Parece que la carta remitida por el primer ministro Mateusz Morawiecki a los jefes de gobierno y a los presidentes del Consejo Europeo, la Comisión Europea y el Parlamento Europeo terminó surtiendo sus efectos. Cuentan las crónicas que, al final, casi nadie quería que llegase la sangre al río. Desde el Parlamento Europeo, se ha acusado a Ursula von der Leyen de no proteger adecuadamente la aplicación de los tratados por no iniciar procesos de sanción contra Polonia.

La verdad es que Morawiecki da en el clavo de la actual crisis que atraviesa la Unión Europea. En uno de los párrafos de la misiva, el primer ministro polaco afirma que “la crisis financiera que amenaza con debilitar o incluso hundir la eurozona, la crisis migratoria, la crisis del Brexit, la crisis del gas y la energía […] son sólo unos pocos ejemplos que muestran que el destino de nuestra Unión en los últimos años no es una crónica de éxito”.

En efecto, la Unión Europea está socavando su propia credibilidad a medida que trata de imponer un modelo de sociedad y amenaza con sanciones y con “cortar el grifo” de los fondos europeos. El Parlamento Europeo, donde los lobbies y los grupos de presión tienen gran influencia, se ha convertido en el foro de ataque habitual contra Hungría y Polonia. El llamado “Informe Sargentini” (2018) y la resolución sobre la crisis del Estado de Derecho en Polonia y la primacía del Derecho de la Unión Europea (2021) son apenas dos ejemplos de las acciones que pretenden estigmatizar a los dos países que se oponen con mayor vigor a la “vis expansiva” de la Unión so pretexto de proteger los derechos humanos y el Estado de Derecho.

El movimiento de integración europea no nació para reemplazar a los Estados nacionales. Los intentos de sustituir las identidades nacionales por una “identidad europea” han fracasado. Ni el himno, ni la bandera ni ninguno de los símbolos de la Unión han podido reemplazar a los correspondientes símbolos nacionales. Se dirá que nunca se ha pretendido tal cosa, pero no es cierto. El proceso de debilitamiento de los Estados avanza de la mano de la lucha cultural contra las identidades nacionales. Las etiquetas de “nacionalista”, “xenófobo”, “racista”, “supremacista”, etc. sirven para marcar a quienes se oponen al proyecto multicultural, ambientalista y progresista que la Comisión y algunos grupos parlamentarios pretenden.

Toda ofensiva cultural genera formas de resistencia. En el Parlamento Europeo, el diputado Jorge Buxadé (Vox- Grupo de los Conservadores y Reformistas Europeos) ha rescatado un concepto muy interesante para comprender qué está pasando en Europa (y no sólo en la Unión): la Constitución histórica. Concepto muy grato a pensadores españoles como Cánovas, remonta sus orígenes al pensamiento español del siglo XVIII y, en particular, a Jovellanos (1744-1811), que la recoge en el discurso de ingreso en la Academia de la Historia (1780), en la consulta sobre la convocatoria de las Cortes por estamentos (1809) y en la memoria en defensa de la Junta Central y sus apéndices (1810-1811).

Los padres fundadores de las Comunidades Europeas no pretendían construir al margen de las Constituciones históricas de los Estados -sus instituciones políticas, sus normas fundamentales, sus tradiciones- sino a partir de ellas. Ahora la Unión pretende que los Estados vayan cediendo soberanía y vayan despojándose de sus principios jurídicos y políticos en aras de una integración sobre la base de los consensos progresistas. 

Así, el centro del debate no está tanto en qué hace Polonia, sino más bien en qué está haciendo la Unión Europea para llevar adelante su proyecto. Parte de la tragedia -sí, tragedia- histórica del Brexit reside aquí. Más allá de la caricatura de los “brexiteers” que se dibujó en el continente, hay que tratar de comprender por qué la Unión está atravesando la crisis más profunda de su historia. Alejada de sus orígenes y apartada de sus fines fundacionales, la Comisión Europea y algunos grupos del Parlamento están tomando una deriva que obliga a los europeos a renunciar a las Constituciones históricas y a los modelos de sociedad que han conocido para sustituirlos por el internacionalismo progresista y el gobierno de los burócratas.

Algunos países como Polonia y Hungría se están resistiendo.