La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: chavezonico CC BY-NC-SA 2.0)

La familia y sus enemigos

Los enemigos de la familia tienen su talón de Aquiles: su estrategia se basa en la negación de la realidad y la evidencia empírica.

Me he enterado por casualidad de que hoy es el Día Internacional de la Familia, de esa curiosa institución humana que nos acompaña desde nuestro primer llanto hasta el último suspiro. Al mismo tiempo, me he quedado con la duda de qué exactamente se celebra hoy. 

En la actualidad, por un lado se considera a la familia un fenómeno social opresor, que no deja volar libre a sus miembros, sobre todo si son mujeres, y al mismo tiempo el discurso político dominante clasifica todo tipo de agrupaciones humanas como familia. La noción “familiar” de la familia, que mi generación todavía daba por buena, se ve cada vez más despojada de su significado.

Tener múltiples esposas (o esposos) a la vez acarrea un alto precio social que pocas civilizaciones están dispuestas a pagar.

Frente a esa nueva incertidumbre con respecto al significado de la familia muchos se aferran a la expresión “familia natural”. Se trata de un intento muy loable de defender el concepto que la mayoría social, por mucho que le pese a uno u otro grupo de presión, sigue asociando con sus padres, hermanos, pareja e hijos. Sin embargo, nada es más natural que la poligamia, al menos desde un punto de vista puramente biológico-evolucionario. Pero tener múltiples esposas (o esposos) a la vez acarrea un alto precio social que pocas civilizaciones están dispuestas a pagar. Mantener un harén, por muy placentero que les parezca a algunos lectores, requiere una fortuna, y mientras ser de una familia numerosa nos puede enseñar mucho sobre solidaridad y sacrificio, tener cuarenta hermanos y cuatro madrastras puede conducir a otro tipo de sacrificios: los sultanes otomanos, por ejemplo, solían empezar su reinado con el exterminio de sus primos y hermanos. Además, si un alto porcentaje de los varones jóvenes y viriles no consigue esposa, las guerras externas e internas, así como la delincuencia están más que garantizadas. Por eso y por muchas otras razones más, el modelo monógamo de la familia se ha extendido casi por todo el planeta. 

En muchas partes de África, los intereses de los clanes y la lealtad hacia los consanguíneos más lejanos impiden la vida democrática y fomentan la corrupción y el clientelismo.

En la Antigüedad, la familia -ya estuviese basada en relaciones mono o polígamas- tenía un significado más amplio que hoy día. Incluía a todos que vivían bajo el mismo techo, y más importante aun, bajo la autoridad del paterfamilias, que era árbitro de vida y muerte. En la lengua húngara, por ejemplo, család (familia) tiene la misma raíz etimológica que cseléd (criado), ya que parientes, sirvientes y esclavos, todos pertenecían a la familia, y se hallaban bajo el mando del patriarca del clan. Ese tipo de organización social tenía ciertas ventajas hace milenios, ya que facilitaba tanto la defensa como las labores relacionadas con la agricultura y la ganadería, pero al mismo tiempo representaba una cortapisa para otras actividades y para la libertad individual de los miembros de la familia extendida. Hasta hoy, donde sobreviven esas estructuras, como es el caso en muchas partes de África, los intereses de los clanes y la lealtad hacia los consanguíneos más lejanos impiden la vida democrática y fomentan la corrupción y el clientelismo. 

En el mundo grecorromano, la familia extendida como unidad social se vio cuestionada tanto por el Estado (como en Esparta, donde la educación de los jóvenes fue prácticamente nacionalizada) y por parte de la filosofía post-socrática (llegando al punto más extremo los cínicos, que realizaban actos sexuales en la calle). Entre los dos extremos (la suplantación práctica de la familia por el Estado y el rechazo a las normas e instituciones sociales) se encontraban otras escuelas y religiones, de las cuales cabe destacar a los estoicos y los cristianos. La República de Zenón de Citio, el fundador del estoicismo, todavía reflejaba la influencia cínica, proyectando una comuna ideal de sabios poliamorosos, pero gradualmente los pensadores estoicos reconocieron la igualdad entre hombre y mujeres, y, sobre todo los representantes del estoicismo romano, asentaron las bases de la familia nuclear moderna, cada vez más libre de la omnipotencia del paterfamilias. 

No se puede resaltar lo suficiente la importancia de ese nuevo concepto del matrimonio, el que contraían ante los ojos de Dios dos individuos y no dos familias extendidas.

La verdadera revolución social, sin embargo, llegó con la cristianización del Imperio romano. Desde luego, los matrimonios seguían siendo pactados entre familias, y tampoco existía verdadera igualdad entre los sexos, pero por vez primera la institución del matrimonio y la nueva unidad familiar quedaban escudados por el creciente poder de la Iglesia. Los clanes podían presionar, y por lo general el paterfamilias imponía su voluntad, pero si un hombre u, horribile dictu, mujer dijo NO delante del altar, entonces no hubo matrimonio. No se puede resaltar lo suficiente la importancia de ese nuevo concepto del matrimonio, el que contraían ante los ojos de Dios dos individuos y no dos familias extendidas. Esa interpretación trascendental e individualizada del matrimonio es la base de nuestro entendimiento de la institución, independientemente de nuestras creencias. 

Los enemigos de la familia han formado una extraña alianza: los partidarios del control absoluto del Estado se coaligaron con los que rechazan toda autoridad, con los que dicen que todo vale.

En nuestros días, la familia nuclear y monógama, que ha sido el pilar fundamental de la civilización occidental -ya que facilitaba un ambiente idóneo para la crianza y educación de los hijos, asegurando de esa manera a la vez la supervivencia de la comunidad y el bienestar material y psicológico de sus miembros- está de nuevo bajo ataque. Sus enemigos han formado una extraña alianza: los partidarios del control absoluto del Estado se coaligaron con los que rechazan toda autoridad, con los que dicen que todo vale. 

Aunque lo repitan mil veces, un hombre no puede dar a luz, un niño no puede tener dos padres o tres madres, y ningún adulto tiene derecho a adoptar, ya que son los niños los que tienen derecho a una madre y un padre.

No obstante, los enemigos del modelo occidental de la familia, por muy numerosos y horripilantes que parezcan, tienen su talón de Aquiles: su estrategia se basa en la negación de la realidad y la evidencia empírica. Mientras tanto, los que defienden a la familia, tienen un arma invencible: la verdad. Aunque lo repitan mil veces, un hombre no puede dar a luz, un niño no puede tener dos padres o tres madres, y ningún adulto tiene derecho a adoptar, ya que son los niños los que tienen derecho a una madre y un padre. 

El pasado jueves los ministros de Familia (conservadores y socialdemócratas juntos) de las cuatro naciones del Grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, Chequia y Eslovaquia) lanzaron una coalición pro-familia. Aunque luego no hagan nada, y todo se quede en retórica, alzaron su arma más temible: la voz de la verdad. Yo celebraré el Día Internacional de La Familia brindando por el éxito de esa nueva iniciativa.