La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Lenin (Imagen: kryshen CC BY-SA 2.0)

La fiesta del psicópata

Necesitamos llamar al mal y al malvado por sus nombres, y estar prevenidos frente a quienes nos quieren inermes ante ellos.

Para los simios cercanos al hombre, la agresión extrema y el canibalismo son comportamientos adaptativos para la supervivencia de un grupo. No está claro qué parte es instintiva y qué parte culturalmente aprendida, pero las guerras de los chimpancés están ahí desde los tiempos en los que Goddall se llevó por delante la idea idílica y proyectiva de Pan Troglodytes como un semivegetariano pacífico y opuesto al corrompido ser humano.

La evolución de Homo no se desprendió de la agresión sistemática y caníbal en un primer momento. Se han encontrado restos fósiles de Homo Ergaster, Homo Antecessor, Homo Heidelbergensis y Homo Neardenthalensis con marcas de corte por herramienta afilada, producto indudable de tratamiento carnicero premortem o postmortem y, previamente al rito funerario, como acto caníbal. Con bastante probabilidad, nuestros antepasados aprovechaban la agresión intergrupal a individuos aislados (y, a ser posible, débiles) como fuente de calorías y proteínas.

Los especialistas sostienen que el canibalismo exógeno (zamparse a alguien fuera de un rito funerario, como fuente proteínica) se acabó salvo excepciones como la azteca cuando surgió Homo Sapiens. La nueva especie – con su mejora en la colaboración, su inventiva y sus armas a distancia – pasó a ser tan peligrosa que la agresión depredadora se volvió inadaptativa debido a su extrema peligrosidad: era menos arriesgado cazar Ursus Spelaeus que Homo Sapiens.

Si bien no se acabó con toda agresión posible, se eliminó un motivo importante y acabó por allanar el camino a otras formas de interacción entre grupos humanos que no fueran la agresión. Si sé que no se van a comer a mi hijo o al abuelo en cuanto tengan ocasión, puede ser posible llegar a colaborar en momentos puntuales y a comerciar con otros grupos humanos.

La incentivación de la empatía innata es esencial para negar o para sublimar el instinto de agresión prehumano.

La trascendencia cultural ha ido reduciendo las posibilidades y espacios propicios para la agresión hasta nuestros días. Eso ha sido una condición sine qua non para pasar de sociedades de decenas de individuos a sociedades de decenas de millones de individuos. Madrid se podía permitir los duelos a espada, con muchos peros y restricciones, cuando la poblaban 140.000 almas en 1600. Con una población 21 veces mayor y mucho más productiva, no puede. Somos lo que somos y tenemos lo que tenemos porque ya no nos podemos matar.

Para no matarnos hay un ecosistema de recursos, desde la norma legal, hasta los valores éticos y culturales basales y esenciales, pasando por fuerzas y cuerpos de seguridad eficaces. Este ecosistema logra que la inmensa mayoría de los habitantes de un lugar civilizado vivamos nuestras vidas sin matar y lleguemos al final sin que nos maten. La cultura, en ese caso, se opone a parte del instinto y apoya y se apoya en otra parte del instinto innato de la inmensa mayoría.

No basta con prohibir matar. No basta con tacharlo como malo. Para lograrlo, hay que incentivar al máximo las barreras empáticas. No matamos no sólo porque sea malo: nos hemos convencido de que es malo apoyándonos en nuestra empatía con el otro. La incentivación de la empatía innata es esencial para negar o para sublimar el instinto de agresión prehumano.

El problema obvio surge cuando hay una ausencia significativa de empatía. Cuando una persona no conecta ni se identifica emocionalmente con un semejante. Esas personas, grosso modo, son el 1% de la población. Sin embargo, la gran mayoría de ellos no mata porque entienden racionalmente las consecuencias negativas que tendría para ellos. Su cálculo racional les lleva por otros derroteros, en no pocas ocasiones financiera y socialmente exitosos. La minoría de ellos es lo que Cleckey denominó hace casi 80 años el psicópata fracasado, aquel que no logra mantener bajo control su tendencia a la agresión y a la depredación y se deja arrastrar por un impulso fatal. En Occidente, la inmensa mayoría de esas personas acaban poblando el sistema penitenciario.

En circunstancias normales, nuestro mundo es el mejor que ha conocido la humanidad. Las normas y valores que hemos heredado y cultivado logran el entorno más seguro posible. La mayoría de los psicópatas, en situaciones normales, aceptan lo que les imponemos la mayoría y no se dejan arrastrar por sus pulsiones.

En cada ocasión en la que la seguridad jurídica y el monopolio de la violencia legítima se perdieron, los psicópatas cabalgaron por nuestras calles.

En el último siglo, en nuestra Europa, contemplamos cómo la normalidad se rendía en distintos momentos y latitudes. Cómo el conjunto de leyes y valores quedaba en suspenso, cómo las armas hablaban y cómo empezaba la fiesta del psicópata: las revoluciones del siglo XX en Europa. Los momentos en los que nuestras sociedades perdieron temporalmente lo que les había dado seguridad y consistencia. 

En cada ocasión en la que la seguridad jurídica y el monopolio de la violencia legítima se perdieron, los psicópatas cabalgaron por nuestras calles y destruyeron y mataron todo cuanto pudieron. Lenin y los suyos no citaban por citar a Robespierre o los sucesos de la Vendée: querían emularlos y superarlos, y lo lograron. Llevaban mucho tiempo soñando y preparándose.

Libre de sus ataduras, el psicópata sonreía. Violaba, torturaba y mataba. Uno de los movimientos más importantes de Lenin en 1918 fue sacar de las cárceles, o de los ambientes más depravados, a miles de Urka, de delincuentes violentos, a los que les proporcionó una gorra con una estrella roja, armas y margen de maniobra para obrar contra los «enemigos de la revolución». Dicho y hecho. Una sociedad como la rusa no estaba preparada para dar autoridad a los peores de los suyos, y lo que se acabaría por conocer como la CheKa fue uno de los puntales más importantes del triunfo de la revolución. Las personas normales y sus restricciones no se defienden bien de las bestias cuando a éstas se las libera de sus jaulas.

Las revoluciones no son inteligibles sin un concepto equiparable a «la fiesta del psicópata».

Las revoluciones y guerras civiles no fueron sólo la fiesta del psicópata. Hubo grandes cambios y eventos que, sumados, lograron romper sistemas tan resistentes como nuestros sistemas sociales en tiempos de paz. Por las buenas, los psicópatas no se salen con la suya. Sin embargo, las revoluciones no son inteligibles sin un concepto equiparable a «la fiesta del psicópata». Para entenderlas, y sobre todo para prevenirlas, hay que acudir a un concepto pasado de moda y estudiarlo: el mal. 

Łobaczewski fue el pionero de la Ponerología. Del estudio del mal. De una empresa intelectual que es tan ajena al occidente de 2021 como urgente. Sin entender el mal no podemos defendernos de él. Y para entenderlo hay que empezar por asumir que existe. A su vez, para eso hay que luchar contra la perversión del relativismo cultural de la que les hablé hace no mucho en La Nueva Razón.

No nos cuesta asumir que el bien existe, y con mayúsculas. Admiramos a aquellos seres luminosos que entregan su vida y sus fuerzas a hacer mejores las vidas ajenas. Esto es especialmente cierto en países de raíz cultural católica, pero en general a los europeos no nos cuesta admitir que el bien existe y se realiza una y otra vez. 

Sin embargo, a demasiados europeos les cuesta completar el cuadro. En lugar de asumir que el mal existe, lo quieren comprender de la peor manera posible. Quieren entender al malvado y buscar motivaciones exógenas para sus acciones por terribles que sean, aunque impliquen una y otra vez matanzas. Esos europeos han renunciado a aceptar que el mal existe. Que la persona que lo comete lo hace impulsado por su fuerza interior, que no es otra que una ausencia elemental de empatía vehiculada hacia una ensoñación destructiva y sangrienta.

Para que el mal deje de ser discutible, hay que dejar de callar con los que lo relativizan y, sobre todo, con los que obtienen beneficio de invisibilizar el mal.

Para combatir el mal, tiene que volver con nosotros. Tiene que dejar de ser discutible. Nuestra Europa, para salvarse, necesita pedagogía urgente sobre valores esenciales: el Bien existe, y el Mal también. Hay que celebrar el primero y aspirar a él, y hay que defenderse con solvencia contundente del segundo. Por ejemplo, hay que sacar de la esfera pública a malvados capaces de afirmar que «Hay gente que no ve otra salida que inmolarse» tras atentados salafistas. Estas personas, que saben perfectamente lo que dicen y sueñan con lo que sueñan, deben quedar atrás en la historia junto a sus sueños de traer el comunismo de vuelta.

Para que el mal deje de ser discutible, hay que dejar de callar con los que lo relativizan y, sobre todo, con los que obtienen beneficio de invisibilizar el mal. En nuestro entorno, y en la esfera pública, el mal tiene que volver a los debates. Necesitamos llamar al mal y al malvado por sus nombres, y estar prevenidos frente a quienes nos quieren inermes ante ellos.