La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: quinn.anya CC BY-SA 2.0)

La ley trans y el culto al género

Es importante que podamos debatir libremente sobre asuntos tan apremiantes sin temor a la intimidación, la discriminación o el abuso.

Me decepcionó escuchar que el Gobierno de España había incumplido su promesa al pueblo español de no introducir «la ley trans». No es que no apoye el derecho de los adultos que dan su consentimiento y que son diagnosticados médicamente con disforia de género a cambiar su sexo legal con los controles adecuados por parte del Estado. Por el contrario, mi actitud es bastante liberal al respecto. Sin embargo, esta nueva ley, que permitirá que cualquier persona a partir de los catorce años sin un diagnóstico médico de disforia de género se identifique simplemente como del sexo opuesto sin control por parte de las autoridades, ha desencadenado en mí una reacción conservadora. Esto es porque estoy preocupado por las peligrosas implicaciones para la seguridad de las mujeres y los niños. Cuando cualquier hombre puede identificarse como mujer y entrar en espacios que están legítimamente reservados para las mujeres con el fin de protegerlas de la violencia masculina, esto literalmente abre las puertas para que los depredadores sexuales se aprovechen de ellas. Que los activistas trans estén presionando para introducir la autoidentificación para niños de tan solo doce años también es muy preocupante. Veo esto como parte de una tendencia creciente de alentar a niños y adolescentes a identificarse como transexual antes de que sus cuerpos se hayan desarrollado, cuando sus cerebros aún no están completamente formados y sus mentes aún son fáciles de moldear. Simplemente, no creo que los niños tengan la capacidad de tomar una decisión adulta así, ni creo que sea beneficioso o ético ofrecer terapia de reasignación de sexo a los niños. 

Los grupos de presión trans ahora exigen acceso automático a todos los aspectos de la vida de las mujeres, y amenazan a cualquier mujer que los desafíe.

Quedándome con España por un momento, me horrorizó ver a principios de este año en un reportaje de Santiago de Compostela que una efigie de la vicepresidente del Gobierno, Carmen Calvo, fue colgada a un árbol en la Plaza 8 de Marzo, donde las feministas tradicionalmente celebran el Día Internacional de la Mujer. Una muñeca con una imagen del rostro de la señora Calvo fue ejecutada simbólicamente, con un sambenito improvisado para simbolizar su condición de hereje, haciendo referencia claramente a los días sangrientos de la Inquisición. El único delito de la ministra había sido cuestionar si la ley trans debía seguir adelante. Este acto provocador fue claramente pensado como una amenaza para intimidar a cualquier mujer que se atreva a cuestionar el cabildeo trans, que se está volviendo más extremo en sus demandas. Algunos transexuales simplemente quieren hacer una transición discreta en aras de su propio bienestar, y yo lo respeto, pero los grupos de presión trans ahora exigen acceso automático a todos los aspectos de la vida de las mujeres, y amenazan a cualquier mujer que los desafíe. Sin embargo, cada vez hay más mujeres que se niegan a ser silenciadas. Pero levantar la voz también corresponde a los hombres.

Escribo esto desde el Reino Unido, donde tenemos nuestros propios problemas centrados en el choque entre las políticas de identidad de género y los derechos basados en el sexo de las mujeres. En el momento de escribir este artículo, hay una marcha del orgullo trans en Londres. Hoy he visto la foto de una pancarta de un activista trans que decía: «MATA A J.K. ROWLING!» con tinta roja sangrienta, y otro que decía, “¡QUE TE PUDRAS EN EL INFIERNO, ROWLING!” con los colores de la bandera del orgullo trans. Se referían a la autora de los libros de Harry Potter, que fue tachada de transfóbica por criticar los extremos de la ideología de género y su impacto negativo en los derechos sexuales de las mujeres. Todo esto demuestra perfectamente cómo el cabildeo de los derechos trans es cada vez más extremista y violento en su retórica. Eso es particularmente notable en las redes sociales, donde los activistas trans envían amenazas de muerte y de violación a feministas que no están de acuerdo con ellos sobre los derechos de la mujer. Afortunadamente, nuestro Gobierno Conservador ha tenido el sentido común de bloquear una nueva propuesta de ley que iba a permitir a cualquiera autoidentificarse legalmente como del sexo opuesto, aunque el Partido Laborista ha dicho que introducirá la ley en el improbable caso de que llegue a gobernar. Los Gobiernos de Alemania y Japón también han descartado una ley de este tipo, y hasta hace poco pensaba que lo mismo había sucedido en España. Me alegró escuchar que el Gobierno de Australia ha consagrado en la ley los derechos de las mujeres a sus propios espacios, deportes y servicios exclusivamente de un solo sexo, y que también han condenado a los activistas trans que lanzaron abusos misóginos contra activistas feministas que lucharon por garantizar esos derechos. Observo que las feministas españolas están haciendo campaña contra la ley trans, y les deseo mucho éxito en su lucha.

Hemos visto numerosos intentos por parte de diversas organizaciones de borrar las palabras «mujer» y «madre» del discurso público.

Aquí, en el Reino Unido, hemos tenido numerosos casos de hombres que se identifican como mujeres y que han sido enviados a prisiones de mujeres, donde luego han agredido sexualmente a las reclusas. Karen White, un violador masculino que se identifica como mujer, fue enviado a una prisión de mujeres, donde agredió sexualmente a dos presas antes de ser trasladado a una prisión de hombres, a donde pertenece. Katie Dolatowski, un delincuente sexual masculino, que también se identifica como mujer, admitió haber agredido sexualmente a dos niñas en los baños de mujeres de un supermercado. A pesar de haber sido condenado, evitó por poco ser enviado a prisión. Hemos visto numerosos casos en el país y en el extranjero de hombres biológicos que compiten en deportes femeninos, donde tienen una ventaja obvia e injusta sobre las mujeres y suponen una amenaza para la salud y seguridad de ellas. Hubo protestas de feministas frente a la embajada de Nueva Zelanda en Londres debido al caso de Laurel Hubbard, otro hombre que se identifica como mujer, que se clasificó para los Juegos Olímpicos en el equipo femenino en lugar de sus competidoras, cuyos récords ha batido porque tiene el cuerpo de un hombre. Hemos tenido casos de mujeres que han perdido sus empleos e incluso han sido procesadas por decir que no creen que un hombre pueda cambiar de sexo simplemente identificándose como mujer. Esto es especialmente un problema en Escocia, donde el gobernante Partido Nacionalista Escocés ha introducido una ley sobre delitos de odio que hace ilegal que alguien diga algo que se considere contrario a los valores sociales progresistas, lo que incluye decir que ser mujer es un hecho biológico y no una fantasía masculina. Hemos visto numerosos intentos por parte de diversas organizaciones de borrar las palabras mujer y madre del discurso público y sustituirlas por calumnias deshumanizantes y misóginas que reducen la condición de la mujer a poco más que la de una hembra de cría.

Lo peor de todo es que haya un número sin precedentes de niñas, muchas con autismo, y que no son realmente trans sino lesbianas, que se animan a identificarse como hombres. Se les enseña a atar sus senos y se les administran medicamentos que bloquean la pubertad. La mayoría se pondrá más tarde también hormonas. Algunas pasarán a ser físicamente mutiladas y permanentemente esterilizadas. Un porcentaje cada vez más alto de niñas que han comenzado la transición lo han lamentado más tarde y han realizado una des-transición para poder volver a vivir como mujeres. Una de esas mujeres es Keira Bell, quien demandó con éxito a la Clínica Tavistock por recetarle bloqueadores de pubertad cuando tenía dieciséis años. Ella fue operada cuando llegó a la mayoría de edad, pero más tarde se arrepintió y describió su experiencia como traumadora. El tribunal dictaminó que los niños no son capaces de consentir a tomar bloqueadores de pubertad. Esta sentencia está siendo recurrida en los tribunales, ya que la clínica quiere seguir dando estos medicamentos a los niños. Un psicólogo que salió de la clínica recientemente se pronunció en contra de estas prácticas, las cuales describió como “terapia de conversión para niños gay” que realmente no sufrían de disforia de género sino de acoso homofóbico, y que pensaban erróneamente que la reasignación de sexo sería la solución. La clínica desestimó las preocupaciones del psicólogo. 

Si sus padres se atreven a llamarlas por sus nombres reales, los denuncian por transfobia.

He visto vídeos publicados en las redes sociales por chicas que dicen que ahora son chicos. Estas chicas testifican que han renacido como chicos y toman nuevos nombres masculinos. Declaran que los nombres que sus padres les dieron son los nombres de chicas que ahora están muertas. Si sus padres se atreven a llamarlas por sus nombres reales, los denuncian por transfobia. Después de declararse chico, las compañeras de estas chicas –otros “chicos trans”– las abrazan con entusiasmo como si hubieran nacido de nuevo. Son como los misioneros evangélicos que buscan conversos para bautizarlos. Es difícil no concluir que lo que estamos presenciando es un culto peligroso. En lugar del alma inmortal, los miembros de esta secta creen en la identidad de género. Están dispuestos a sacrificar la salud de su cuerpo para liberar esta alma de género. Cualquiera que cuestione sus dogmas será denunciado como un hereje. Mientras escribo esto, sé que alguien me va a atacar por escribirlo, pero es un tema tan importante que lo correcto es hablar. 

Espero que también en España haya un debate racional basado en la razón y la evidencia, que triunfe el sentido común, y que se garantice un resultado seguro para las mujeres, las personas trans y la sociedad en su conjunto.

Terminaré con una nota positiva mencionando una reciente victoria legal en los tribunales ingleses que ahora significa que personas como yo podemos debatir abiertamente sobre estas cuestiones sin temor a represalias por parte de nuestros empleadores, del Estado o de cualquier organismo público. Se ha establecido que las creencias críticas al género -es decir, la opinión de que el sexo biológico, no la identidad de género, es lo que determina si uno es un hombre o una mujer- es una creencia filosófica que es una característica protegida por la ley. Este es el resultado de las valientes acciones de Maya Forstater, una mujer que perdió su trabajo por declarar sus creencias críticas al género, pero luego el tribunal laboral falló contra su empleador. También está el caso de Marion Millar, una mujer escocesa que fue acusada de delito de odio por criticar la ideología de género. Se prevé que su caso será considerado pronto por los tribunales. Espero un resultado justo que siente un precedente similar en la legislación escocesa. Es importante que podamos debatir libremente sobre asuntos tan apremiantes sin temor a la intimidación, la discriminación o el abuso. Espero que también en España haya un debate racional basado en la razón y la evidencia, que triunfe el sentido común, y que se garantice un resultado seguro para las mujeres, las personas trans y la sociedad en su conjunto.