La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

La estatua de Don Pelayo en Cangas de Onís, Asturias (jl.cernadas CC BY 2.0)

La Luz del Norte: una novela sobre la Batalla de Covadonga

La forma fáustica, encarnada en Pelayo y sus jóvenes amigos godos, astures e hispanos, marcará la historia guerrera y repobladora de España.

En el año 2016 se publicó una novela que pasó un tanto desapercibida, al menos en los cenáculos de literatos pedantes y políticamente correctos. Me refiero a la novela histórica de Carlos X. Blanco, La Luz del Norte. Algunos la han comprado y leído en secreto, guardando el debido silencio exigido por la progresía ante un hecho que les inquieta: alguien volvía sobre el tema identitario fundancional de la nación española y de la Hispanidad misma. El tema de los orígenes de la Reconquista y, más en particular, el tema de la Batalla de Covadonga.

Todavía hay miles de españoles, tanto de la orilla europea como de la americana, que vibran cuando se les menciona el nombre de don Pelayo. Y con él, los nombres llenos de evocación mística y heroica como son Covadonga, La Santina, el Reino de Asturias, la Cueva Santa, los Reyes Caudillos… Esos miles -¡deberían ser millones! – saben de sobra que sus raíces étnicas, religiosas, culturales y nacionales penetran muy hondo en la pétrea masa de los Picos de Europa, llamados así de una forma harto simbólica y providencial. En esos Picos se salvó Europa y, con ella, la Cristiandad Católica. 

La Europa que nace como cultura fresca y nueva, no como supervivencia de una Roma cadavérica, es una entidad histórica que brota con su morfología plena ya en la Batalla ganada por Pelayo y los asturgodos.

La intelectualidad pedante y “progresista” recoge con júbilo y difunde con entusiasmo las declaraciones ridículas y contradictorias de tipos como Henry Kamen, que ora afirman que Pelayo no existió, ora sostienen que sí existió pero en condición de vulgar bandolero. Está de moda, pero es algo más que una moda, es complot, afirmar que no hubo cosa llamada Reconquista. Que, con los moros, los hispanos vivíamos muy bien. Que los Reyes Caudillos fueron unos bárbaros intolerantes que no hicieron otra cosa que cargarse la muy brillante y elevada “civilización musulmana” cuya capital –Córdoba- era, bajo el emirato y el califato independiente, “la ciudad más culta y populosa de Europa”. Los propios libros de texto escolares repiten estos sofismas, y se empeñan en colocar ese al-Andalus y esa Córdoba bajo dominio moro, dentro de “Europa”. Nadie alza la voz ni se lleva las manos a la cabeza ante la inclusión de una ciudad mora dentro de Europa, pues son legión los profesores de Historia “desmitificadores” y los libro de texto “revisados” que hacen campaña con los maurófilos, metiendo en el subconsciente de los niños la idea de una Europa que ya era “multicultural” en el siglo VIII, y de ahí en adelante. 

La Europa real, re-naciente, como señala Carlos X. Blanco en muchas de sus otras obras publicadas recientemente (por ejemplo, De Covadonga a la Nación Española), era la Europa “fáustica”, apenas apuntada en el mundo tardo-romano y en reinado visigodo. La Europa que nace como cultura fresca y nueva, no como supervivencia de una Roma cadavérica, es una entidad histórica que brota con su morfología plena ya en la Batalla ganada por Pelayo y los asturgodos, aplastando a los moros en Covadonga y por Carlos Martel, de parte de los francos, poco después, en Poitiers. La Europa re-naciente hubo de alzar la Cruz y la Espada para existir. Y no dejó de hacerlo hasta el siglo XX. Ahora empieza a rendirse…

Misterio, erotismo, fantasía, fidelidad a las Crónicas, rigor historiográfico, épica casi homérica…

La novela La Luz del Norte contiene una trama narrativa muy ágil, y se puede leer fácilmente como una novela de aventuras. En ella están presentes muchas especias que condimentan ricamente el plato: misterio, erotismo, fantasía, fidelidad a las Crónicas, rigor historiográfico, épica casi homérica… Pero yo les propongo la lectura de este libro en una clave ensayística: es un libro de tesis. El autor, conocido filósofo spengleriano, sostiene que la España del sur y del mediterráneo vivía ya bajo la “cúpula” de una cultura mágico-arábiga, incluso antes de la invasión de 711. Pero en la península había elementos celto-germánicos que hallaron su refugio al norte y que estaban dispuestos a hacer uso de su kairós, de su ocasión propicia para dar luz a una nueva cultura fáustica, la cultura fáustica o europea, de la cual el Reino Asturiano será su primer exponente, aun antes que el propio imperio carolingio. 

Carlos X. Blanco recrea no sólo ambientes espaciales y tipos humanos, reconstruye el mismo enfrentamiento entre formas anímicas, condenadas a ese mismo choque..

La manera en que la península ibérica fue el escenario de luchas existenciales entre pueblos diversos, cada uno de ellos portador de un alma diferente, cada uno de ellos motor de lo que iban a ser culturas y civilizaciones distintas e incompatibles entre sí, está magistralmente trazada. Carlos X. Blanco recrea no sólo ambientes espaciales y tipos humanos, reconstruye el mismo enfrentamiento entre formas anímicas, condenadas a ese mismo choque. La forma anímica –fáustica- triunfante, encarnada en Pelayo y en sus jóvenes amigos godos, astures e hispanos, marcará la historia guerrera y repobladora de la España nórdica.

Ahora, precisamente con un noroeste ibérico en retroceso poblacional, y sufriendo un altísimo grado de reemplazo poblacional, hecho en beneficio de contingentes afroislámicos cada vez mayores, España está dejando de ser “europea”. Ese impulso celtogermánico nacido en Covadonga, y esa apuesta por la Cruz, van siendo sepultados en el olvido por la ideología políticamente correcta de la “alianza de las civilizaciones” y la no menos necia idea tópica de la “España mediterránea y crisol de culturas”.

Este retrato fiel del primer momento de la Reconquista debería ser lectura obligatoria en los institutos de enseñanza media. Sería un buen antídoto contra el robo de identidad y el lavado de cerebro que sufre el pueblo español.