La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

La opción Utz

La porcelana de Meissen, con toda su delicadeza, se vuelve un valladar sólido que los comunistas pueden destruir, pero que no pueden vencer.

En 1988, Bruce Chatwin, famosísimo por sus libros de viajes, escribió una novela breve y extraordinaria. Me refiero, naturalmente, a “Utz”, publicada en España por El Aleph en 2008. En ella, el autor británico cuenta la historia de Kaspar Utz, noble checo de credenciales insuficientes para figurar en el Gotha, vecino de Praga y príncipe de los coleccionistas de porcelana de Meissen. Lo conoció, nos cuenta, en una cena durante una visita a la otrora capital de Checoslovaquia en el verano de 1967. Pertenecía a ese grupo de héroes que “no dejaban escapar un murmullo contra el Partido o el Estado, y sin embargo, parecían preservar dentro de sus cabezas la totalidad de la civilización occidental”, esos que “con su silencio […] le infligen un insulto supremo al Estado: se comportan como si éste no existiera”. 

A partir de ese encuentro, Chatwin nos va introduciendo en la vida de este personaje desconcertante y misterioso, que se pone su chaqueta de tweed inglés para recibir a los oficiales alemanes de las fuerzas de ocupación. Símbolo de la tragedia de la nobleza centroeuropea -el viejo mundo k. k. del que tanta nostalgia sintió Joseph Roth-, Utz desprecia su brutalidad, su militarismo y su vulgaridad. Las tres, por otra parte, son características de los regímenes totalitarios.

El arte puesto a sueldo de la revolución resulta desastroso.

En efecto, al horror del nazismo le sucedió el del comunismo, que compartía con su antecesor la fealdad generalizada. El arte puesto a sueldo de la revolución resulta desastroso. No es, pues, desconcertante que Utz se oponga, silencioso pero decidido, a ese espanto que se va apoderando de su país. Su colección se convierte en un bastión de la resistencia estética -una de las más nobles y eficaces formas de oposición- al comunismo que asoló Europa Central entre 1945 y 1989.

La porcelana de Meissen, con toda su delicadeza, se vuelve un valladar sólido que los comunistas pueden destruir, pero que no pueden vencer. He ahí el poder del auténtico arte: lo que dice -ya sea con el lenguaje de la pintura, el de la música o cualquier otro- es radicalmente verdadero. Por eso, los tiranos de todo el continente temían a los poetas, a los dramaturgos, a los compositores, a los arquitectos y a los fotógrafos, a los bailarines y los escultores. Ellos, como la Anna Ajmátova de “Requiem” pueden dar cuenta del terror. 

Lo asombroso es que realmente existió alguien como Kaspar Utz. Se llamaba Rudolf Just, moravo nacido en 1895, oficial de caballería en el Ejército Imperial y Real, deportado por los nazis a un campo de trabajo y fugado de él en abril de 1945. Su vida es aún más asombrosa que la de Utz. Escondió su colección en un apartamento de la ciudad y, cuando vio que los alemanes iban volando edificios ante el avance soviético -habían dinamitado una iglesia cerca de la plaza Petrovska- logró convencerlos de que respetasen los edificios próximos a su piso de modo que, al salvar el barrio, salvó también su tesoro de porcelana. Al terminar la guerra, Just tuvo que tasar las 417 figuras que conservaba e informar a las autoridades del resultado. Su colección peligraba. Los soviéticos vigilaban su casa y le habían puesto micrófonos. Logró salvarla contra todo pronóstico. 

Se dice que fue Just ese personaje increíble con el que nuestro escritor cenó en Praga. Sebastian Kuhn, que fue director de Sotheby´s, escribió en 2004 un precioso artículo en el que da por cierto el encuentro, así como la influencia que Just tuvo en Chatwin a la hora de construir el personaje de Kaspar Utz. 

Desde la evocación de las calles de Praga, la ciudad de Jan Palach, pienso en tantos Utz y tantos Arenas que padecieron -y en Cuba aún padecen- esa larga noche totalitaria.

Mientras escribo estas líneas, los cubanos llenan las calles de las principales ciudades de la isla. Piden libertad y el fin del comunismo. Se han roto retratos de Fidel Castro. El régimen ha desatado una represión violentísima contra los manifestantes. Ya sucedió antes en Venezuela y en Nicaragua. Es inevitable recordar aquel verano de 1989 en que lo que parecía imposible se hacía realidad. Me viene a la memoria la descripción de Reinaldo Arenas de la opresión que los artistas libres sufrían en Cuba y su descripción de la dictadura “minuciosa en su espanto”. Como Utz, como Arenas, son muchos los que han hecho de la belleza secreta, de la delicadeza recogida en la intimidad del hogar, un muro de contención de ese espanto que el comunismo necesariamente lleva consigo.

Desde la evocación de las calles de Praga, la ciudad de Jan Palach, pienso en tantos Utz y tantos Arenas que padecieron -y en Cuba aún padecen- esa larga noche totalitaria. Ellos optaron por defender la humanidad y la libertad allí donde fue posible: en la música que escucharon, en los textos que escribieron, en la porcelana que atesoraron. Desafiaron a la tiranía no sólo con palabras, sino también con silencios. Prefirieron permanecer mudos a sumarse al coro de los opresores. 

Ellos hicieron frente al mal con la belleza.