La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

La solidez de Hispania

Si queremos comprender qué es, qué fue y qué habrá de ser “hispanidad” en el futuro (un futuro que parte de una iberosfera impresionante ya hoy, con 800 millones de hablantes de español y portugués en los cinco continentes) hemos de partir de un libro como éste.

Solamente en raras ocasiones un ensayo relativamente breve, pero exhaustivamente documentado y riguroso, está llamado a zanjar para siempre una cuestión histórica decisiva.

Y ese ensayo ha llegado de la mano del profesor Armando Besga Marroquín, de la Universidad de Deusto. El autor de Hispania: La Primera España (Letras Inquietas, diciembre de 2021: https://www.letrasinquietas.com/hispania/) aborda un problema que ha traído de cabeza a historiadores, filósofos, hispanistas. El problema es el siguiente: ¿Cuándo nace España? 

En efecto, no es un problema sencillo, y en la resolución del mismo se entrecruzan cuestiones varias: ¿cuándo se emplea por vez primera y coherente el término “España” aplicado a una realidad nacional pretérita, pero conexa de manera razonable a la que ahora conocemos? ¿A quiénes se debe el uso primerizo pero antecedente de ese término, “España”? Y ese término, o su antecedente latino, estaba saturado …¿de qué tipo de significados? Unos significados que remiten a realidades no necesariamente políticas o estatales tal como las entendemos ahora, dicho sea de paso. 

Las preguntas podrían alargarse y la cuestión, aparentemente fácil, de cuándo nace España, se torna compleja. No nace una nación como nace un individuo, en fecha y hora exactas. En Historia nada hay sencillo, pero hay documentación y evidencias materiales que sirven de control en la elevación de una teoría (los “relatos y las reliquias” de que hablaba don Gustavo Bueno).

Si mucho se ha escrito acerca del “problema de España”, un asunto no menor dentro de tal género literario sobre nuestro ser nacional, es formular la pregunta ¿cuándo nace España? Hay que hacerlo, pues algunos niegan incluso su propia existencia y el derecho de esa entidad a que siga existiendo.

Quizá por ser una de las naciones más viejas de Europa, la pregunta ha dado pie a respuestas muy varias. Algunas se pasan de la raya en cuanto a ir atrás, demasiado lejos, acudiendo a eras prehistóricas (el españolismo “geológico”). Otros, quizá los más ciegos a la intuición histórica y muy mutilados por causa de la versión liberal-constitucionalista de las naciones, no “ven” una España homologable a otras naciones políticas europeas antes de la “Pepa” de 1812, o incluso antes de 1868. Esa es una España demasiado reciente.

El término medio, a modo de virtud aristotélica, algunos lo sitúan en el medievo. España nace en el medievo. Esa es la tesis más acorde con Spengler. Las naciones europeas son un producto del alma “fáustica” que surge en torno al año 1.000, si bien en España se madruga en esta lid, y el surgimiento vendría fechado en el 722, en Covadonga. Confieso que esta es la idea que desde hace años siempre me sedujo más, aunque nunca negué los pasos grandes que los godos dieron antes de crearse en Reino de Asturias. 

Hablar sin más de “medievo” es muy amplio, la brocha es gorda, porque el medievo abarca mil años. La caída de Roma en poder de los bárbaros en el 476 d. C. señala sólo de manera convencional y didáctica un inicio del medievo. El mundo romano, dominado por los bárbaros en su parte occidental, siguió siendo el mundo “cásico” en muchos aspectos. La España sueva y visigoda que sucedió al ocaso estatal de Roma siguió siendo la “Hispania” a la que los romanos dotaron, siglos antes, de una unidad administrativa, lingüística, cultural. La España “bárbara” no fue tan bárbara, fue la continuación de aquella unidad previa que, bajo poder de Roma, fue llamada y reconocida por todos de esta manera: Hispania

Así pues, aun cuando los partidarios de un nacimiento medieval de España ponen dos fechas, una muy al principio, como Claudio Sánchez Albornoz (“España nace en Covadonga”, siglo VIII) y otros muy al final, con el matrimonio y unión de reinos de Isabel y Fernando, siglo XV), lo que hacen es, no obstante, reconocer que ya había antes una Hispania romana con una personalidad definida y contrastada frente a otras partes del Imperio. Este libro insiste en reconocer que la Hispania romana fue la base necesaria para la España histórica que llega a hoy, sin solución de continuidad. 

La España germanizada, la posterior al siglo V, cuyo proceso se vio abruptamente cortado en 711 con la invasión mora, era todavía, en todos los aspectos, la Hispania de los romanos: un territorio cristianizado, amoldado al derecho romano, con un poblamiento de un territorio de límites y extensión reconocibles hoy en día como “españoles” (haciendo hincapié en que Portugal, reino de creación medieval, estaba incluido en la Hispania de la Antigüedad). 

El profesor Besga no quiere decirnos que los hispanos de la época romana, así como los de la época germanizada o los medievales sean “españoles” en el sentido actual. La tesis que defiende su libro se aparta por completo de ese esencialismo. Lo que se demuestra en él, de manera rigurosa, es otra idea: que hay una continuidad entre la Hispania de los romanos y la España actual. 

Dentro de sus argumentaciones se incluye la prueba de que fueron los propios romanos quienes dotaron de unidad, para sus propios fines de explotación y dominación, al territorio que hoy, en un exceso de “geografismo” se da en llamar “Península Ibérica” y que más bien se llama España, un término que sin excesos cultistas se podría aplicar sin problemas a aquellos tiempos. Tiempos en los que no había una nación política española, pero sí un ser histórico hispánico. 

Los pueblos que habitaban la España antigua no podían ser de lo más diverso en lo étnico, lingüístico, cultural. Había pueblos altamente civilizados (por antiguo contacto con colonizadores fenicios, griegos, cartagineses), y pueblos culturalmente muy atrasados con respecto a Roma y demás civilizaciones mediterráneas (los del norte y los del centro). Nunca habían tenido conciencia de su unidad y de su parentesco, si es que lo había, hasta que contactaron con Roma y se opusieron a su conquista. Fue el sentimiento de orgullo y unidad como hispanos, su identidad, lo que después la propia Roma les dio. Tal sentimiento no nació de ellos mismos.

El dialelo que aquí se nos abre es muy semejante al que vivimos en la actualidad. Cuando los ciudadanos negros del movimiento “Black Lives Matter” derriban estatuas de personajes blancos fundamentales para la historia, y para su propia identidad, apelando a unos “derechos civiles”, ¿olvidan qué civilización les ha dado el concepto de “derechos civiles”? Para su disgusto, una civilización europea, blanca y cristiana… Derechos civiles que incluyen el de protestar en la vía pública, exigir igualdad ante ley y respetar las costumbres pacíficas de quienes no son como ellos. Unos derechos que en un mundo africano ancestral, sumido en las sombras del esclavismo, el tribalismo, la antropofagia, etc. no podrían si quiera ser  soñados ni imaginados. 

El libro de Besga es fundamental para comprender y reconstruir una idea sólida de Hispanidad. Tal y como me cuentan algunos amigos hispanoamericanos, “Hispanidad no es españolismo”. Si queremos comprender qué es, qué fue y qué habrá de ser “hispanidad” en el futuro (un futuro que parte de una iberosfera impresionante ya hoy, con 800 millones de hablantes de español y portugués en los cinco continentes) hemos de partir de un libro como éste, definitivo. Un libro que remarca que ser “hispano” es el precedente de lo que hoy significa ser español, pero que también es un dardo arrojado al futuro: ser hispano, después de 2.200 años de historia, está destinado a ser algo absolutamente trascendente a ser “español” en el estrecho jurídico de ser ciudadano en este charco de 17 taifas que algunos llaman “Estado Español” por no llamar las cosas por su nombre. En este charco donde chapotean supremacistas de boina (los del Rh negativo) y birretina (los Puigdemont de turno), locos imponiendo su agenda a bobos, con su estrechez de miras y su fobia a la realidad y al futuro. Vemos dónde está la realidad y el futuro, la realidad hispánica que se puede contemplar como colosal edificio de formas sólidas y milenarias. El comienzo romano de ese edificio lo estudia magistralmente el profesor Besga en este libro.