La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

La Unión Europea y Rusia

Las acciones de influencia de Rusia en los países de la Unión no son muy diferentes de las que, desde países de la Unión, se despliegan en Rusia y en sus países vecinos a través de la financiación de organizaciones no gubernamentales.

A juzgar por el discurso de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, durante el debate sobre el estado de la Unión, el desencuentro entre Bruselas y Moscú va a durar mucho tiempo. Es cierto que no habló expresamente de nuestro vecino, pero ese silencio era en sí mismo revelador. Podría decirse que tampoco mencionó a la República Popular China -es cierto- pero la naturaleza de la relación es diferente. La Federación de Rusia limita con la Unión, comparte con ella desafíos regionales y mundiales y mantiene con sus países relaciones económicas y estratégicas estrechísimas en campos como la energía.

El silencio de Von der Leyen era el colofón a la “Comunicación conjunta al Parlamento Europeo, al Consejo Europeo y al Consejo” sobre las relaciones entre la UE y Rusia, que llevaba el subtítulo “Rechazo, contención e implicación”. El documento comenzaba recordando que el Consejo Europeo de mayo de este año “condenó las actividades ilegales, provocadoras y perturbadoras de Rusia contra la UE, sus Estados miembros y otros países, reafirmando la unidad y solidaridad de la UE frente a estos actos, así como su apoyo a los socios orientales”. Un poco más adelante, la declaración advierte que “las relaciones UE-Rusia se han ido deteriorando cada vez más desde 2014, tras la anexión ilegal de la península de Crimea por parte de Rusia y sus operaciones de desestabilización en el este de Ucrania. Entre tales operaciones, cabe citar, más recientemente, la concentración militar rusa a lo largo de la frontera ucraniana, en la península de Crimea y en el mar Negro, que solo se ha disuelto en parte, y el cierre prolongado de zonas del Mar Negro. Además, la implicación de los servicios de inteligencia rusos en acciones perturbadoras en los Estados miembros de la UE ha dado lugar a nuevas dinámicas negativas, como la expulsión de diplomáticos, la prohibición de viajar y la publicación por parte de Rusia de la denominada lista de «Estados hostiles» y las consiguientes restricciones a la representación diplomática. Además, el Gobierno ruso intenta a menudo avanzar en sus relaciones bilaterales con los Estados miembros en detrimento de las relaciones UE-Rusia”. Después de cosas como ésta, Von der Leyen tendría poco que añadir en el discurso sobre el Estado de la Unión. 

Así, las principales consignas de Von der Leyen gravitaron sobre la transición a la economía verde (el European Green deal), la transformación digital, la vacunación global, la protección de los derechos humanos -por ejemplo, los de los afganos- la seguridad y la defensa, la inmigración y el asilo y la afirmación y defensa del Estado de Derecho. En todos estos puntos, podría haber formas de cooperación con Rusia, pero todas ellas son, hoy por hoy, áreas de fricción cuando no de enfrentamiento. 

En realidad, la relación con Rusia es uno de los puntos en que los socios europeos tienen mayores diferencias. Incluso en el grupo de Visegrado, Budapest mantiene una excelente relación con Moscú mientras que Praga vive una crisis que supuso, en abril de este año, la expulsión de 18 diplomáticos rusos. Las acciones de influencia de Rusia en los países de la Unión no son muy diferentes de las que, desde países de la Unión, se despliegan en Rusia y en sus países vecinos a través de la financiación de organizaciones no gubernamentales, fundaciones, organizaciones políticas, etc. No se puede comprender lo que está sucediendo en Bielorrusia sin las claves de un “ataque híbrido” al que Von der Leyen hizo referencia, pero también es necesario recordar la anatomía de los “golpes de Estado blandos” que, desde la caída de Milošević en la República Federal de Yugoslavia, han azotado cíclicamente Europa Oriental y el espacio postsoviético.

Desde los acontecimientos de Ucrania de 2013 y 2014, la Unión Europea ha tratado de extender su influencia mediante el apoyo a movimientos progresistas pretendidamente surgidos de la sociedad civil y apoyados por medios de comunicación, plataformas digitales y organizaciones supuestamente privadas e independientes. Desde luego, esos movimientos no representan necesariamente -en realidad, no lo hacen casi nunca- la realidad de los pueblos de esos países. A partir de un punto que toda la oposición comparte -el rechazo a un gobierno autoritario o corrupto- se termina imponiendo un modelo de sociedad y unas élites políticas y económicas que la Unión impulsa. 

Desde luego, esa influencia de la Unión Europea en el espacio postsoviético dista de ser políticamente neutra. En realidad, el propio comunicado de junio de 2021 venía a decirlo al afirmar que “la política de la UE sigue consistiendo en reforzar la resiliencia de los socios orientales a través de acuerdos bilaterales (como acuerdos de asociación o zonas de libre comercio de alcance amplio y profundo) y un apoyo financiero importante, con especial atención, recientemente, a las reformas necesarias en la economía, la gobernanza y el Estado de Derecho, las transformaciones ecológica y digital y las sociedades inclusivas”. Cuando la Unión Europea desembarca, lleva consigo un modelo de sociedad determinado.

Creo que aquí hay un problema de fondo que va a condicionar el futuro de la Unión. No todos los pueblos europeos, dentro y fuera de la UE, quieren ese modelo de sociedad. Algunos de ellos claramente rechazan sus imposiciones en materia de familia, inmigración, salud pública, educación, transporte y en otros campos. Tampoco es unánime el rechazo hacia la Rusia de hoy. Las políticas de la Unión no generan los consensos que ella pretende. Por ejemplo, como sucedió con el “Tratado por el que se establece una Constitución para Europa”, cuando se preguntó a los ciudadanos mediante referéndum, en Francia y en los Países Bajos ganó el “no”. El peso de ciertas élites políticas y burocráticas en la Unión termina produciendo distorsiones.

El pasado 25 de junio, Von der Leyen declaró que “negociaremos con Rusia desde una posición de fuerza”. La historia, sin embargo, nos enseña que Rusia rara vez acepta una negociación en inferioridad de condiciones. Por ejemplo, en los años posteriores a la Revolución de Octubre (1917), se intentó aislar al régimen de los bolcheviques. En la Guerra Civil Rusa participaron cuerpos expedicionarios y tropas extranjeras (franceses, británicos, checos, etc.). El aislamiento que sufrió la Unión Soviética pretendía doblegarla, pero fracasó. El Tratado de Rapallo (1922) con la Alemania de Weimar demostró que los bolcheviques ya no estaban solos en Europa. Ambos países, por cierto, se beneficiaron mutuamente.

No se atisba el final de esta crisis, que dura ya en torno a ocho años, entre la UE y Rusia.

(Imagen: «RUSSIA-EU-SUMMIT-PUTIN» by Bohan Shen_沈伯韩 is licensed under CC BY-NC-SA 2.0)