La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

La URSS cumple cien años

No podemos contemplar nuestro tiempo sin volver la vista a la URSS, pero no podemos mirar el régimen soviético cara a cara sin ver, al mismo tiempo, la deshumanización y la tiranía que lleva inexorablemente aparejadas.

En 2022 se cumplen los cien años del nacimiento de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Una columna dedicada al espacio centroeuropeo que Visegrado representa no podía pasar por alto la efeméride. El hundimiento del Imperio Ruso y el caos de los años posteriores (1917-1924), en el cual se incardina el surgimiento de la URSS, conmocionaron todo el espacio que va desde el Báltico hasta el Mar Negro y desde el Danubio hasta los confines de Polonia y Ucrania. Después de décadas de actividad subversiva por todo el continente -ya saben, el “fantasma que recorre Europa, el fantasma del comunismo”- por fin los revolucionarios se hacían con el poder y comenzaba lo que se dio en llamar el “experimento soviético”. 

Fue el tiempo de la Guerra Civil Rusa (1917-1922), la Guerra Polaco-soviética (1919-1921) y los alzamientos y golpes revolucionarios en Alemania y Hungría entre otros países. Las aspiraciones de cambio se identificaron con la creación de un nuevo orden en que la tradición resultaría abolida. La URSS se transformó en el símbolo de la creatividad moderna -el cine, la fotografía, el diseño- pero también del horror del siglo XX. El realismo socialista asfixió la espontaneidad creativa de los primeros meses de la revolución. En 1918 los bolcheviques impusieron la censura. Entre 1917 y 1922 emigraron Bunin, Krupin, Andreiev, Marina Tsvietaieva y otros muchos. Los “barcos de los filósofos” que zarparon de la ciudad que aún no se llamaba Leningrado llevaban a bordo a la flor y nata de la intelectualidad rusa. Karl Schlögel los define como “public intellectuals” y precisa que “todos ellos habían sido seleccionados en un proceso iniciado y desarrollado personalmente por Lenin”. Se les dio a escoger entre “destierro o fusilamiento”. Optaron por seguir viviendo. La mayoría de los que se quedaron y confiaron en la revolución lo pagaron con años de prisión o con la propia vida. La muerte de Alexander Blok, privado del tratamiento médico que le hubiese salvado la vida; la detención y fusilamiento de Nikolai Gumiliov en 1921 a manos de la Checa y, finalmente, el suicidio de Vladímir Mayakovski –ya hablaremos de las circunstancias y las sospechas que rodean esa muerte- que se disparó al corazón en su apartamento de Moscú en 1930, son distintos episodios que resumen el fin de la ensoñación artística revolucionaria.

La década de los 30 vio el crecimiento de un país que se construía sobre la exportación de grano y el hambre de Ucrania, el espantoso Holodomor (1929-1933), del que aún no se habla lo suficiente. De nuevo, Schlögel ha descrito la atroz combinación de terror y utopía de los años de las purgas: la Plaza roja como “lugar de celebraciones y patíbulo”. Los mismos que abrían centros culturales, gimnasios y salas de cine ordenaban las detenciones de los disidentes, los opositores y los sospechosos de serlo. El Gulag, acrónimo ruso de Administración General de los Campos de Trabajo, era un sistema concentracionario que se alimentaba de vidas humanas. Solzhenitsin describió el horror cotidiano de ese “archipiélago” al que ningún turista podía viajar (“Tanto los taquilleros como los agentes de Sovtourist y de Intourist se quedarían atónitos si les pidieran un billete para semejante lugar. No saben nada ni han oído nada del Archipiélago en su conjunto, y tampoco de ninguno de sus innumerables islotes”).

El Estado que en 1939 invadió Polonia dieciséis días después de que lo hiciese el III Reich había desplegado con su propia población todos los instrumentos del terror que emplearía en Europa Central y Oriental desde el final de la II Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín. Sin esas décadas fundacionales de 1920 y 1930, es imposible comprender el papel de lo que José María Faraldo ha llamado las “redes del terror”, las telarañas de agentes, delatores, informadores y, en fin, policías políticas sin las cuales los regímenes comunistas no pueden sostenerse.

Esas décadas de dolor dejaron, sin embargo, algunas de las páginas más bellas y más dignas de la historia del siglo XX. Recuerdo, por ejemplo, el famoso pasaje de “Requiem”, el estremecedor poemario de Anna Ajmátova: “Diecisiete meses pasé haciendo cola a las puertas de la cárcel, en Leningrado, en los terribles años del terror de Yezhov. Un día alguien me reconoció. Detrás de mí, una mujer -los labios morados de frío- que nunca había oído mi nombre, salió del acorchamiento en que todos estábamos y me preguntó al oído (allí se hablaba solo en susurro):

– ¿Y usted puede dar cuenta de esto?

Yo le dije:

-Puedo

Y entonces algo como una sonrisa asomó a lo que había sido su rostro”.

He aquí la paradoja terrible de lo que Moshe Lewin llamó “El siglo soviético”. No podemos contemplar nuestro tiempo sin volver la vista a la URSS, pero no podemos mirar el régimen soviético cara a cara sin ver, al mismo tiempo, la deshumanización y la tiranía que lleva inexorablemente aparejadas. El comunismo no puede prescindir del sistema de terror que la URSS representó. No cabía mayor traición a las esperanzas revolucionarias de aquellos que se alzaron contra el Antiguo Régimen. Lo resumió Victor Serge en palabras lúcidas y tristes: “Por mi parte, sufrí un poco más de diez años de cautiverios diversos. Milité en siete países, escribí veinte libros. No poseo nada. Varias veces he sido cubierto de lodo por una prensa de gran tirada porque digo la verdad. Detrás de nosotros, una revolución victoriosa que dio mal resultado. Varias revoluciones fracasadas, un número tan grande de matanzas que da un poco de vértigo”.

Ese vértigo nos sigue acompañando.