La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Las resistencias nacionales

Hoy la Unión Europea es una fuerza que conduce a la uniformidad de las sociedades y a la sustitución de la tradición del humanismo cristiano por las convenciones del progresismo.

La semana pasada el Tribunal Constitucional polaco declaró la prevalencia de la Constitución nacional sobre los tratados de la Unión Europea. El escándalo en las instituciones de la Unión Europea fue sonado. Los socialdemócratas y los liberales de distintas tendencias se apresuraron a condenar la osadía. La prensa progresista del continente fue despiadada con Polonia, que desafía junto a Hungría los consensos progresistas que son el signo de la Unión de nuestro tiempo.

Sin embargo, el debate que Polonia y, en cierta medida, Hungría han abierto en la Unión no sólo es legítimo, sino también necesario. En realidad, ha tardado demasiado en plantearse. El actual modelo de integración europea pretende que los Estados vayan perdiendo cuotas de soberanía cada vez mayores hasta el punto de que aspectos como la inmigración o las relaciones exteriores afectan ya al núcleo profundo del poder del Estado. La imposición de sanciones a la Federación de Rusia, por ejemplo, afecta a países que no tienen contenciosos con Moscú. La inmigración irregular en el Mediterráneo sur no se ve igual en Lampedusa o en Malta que en Berlín o en Ámsterdam. Las políticas de la Unión están socavando la capacidad de los Estados de tomar sus propias decisiones en materias que pueden afectar, por ejemplo, a la seguridad nacional o, más en general, al modelo de sociedad que cada pueblo desea.

Podría pensarse que la fuerza de Europa radica, precisamente, en la variedad de sus naciones a partir del fondo común de la civilización occidental. Sin embargo, hoy la Unión Europea es una fuerza que conduce a la uniformidad de las sociedades y a la sustitución de la tradición del humanismo cristiano -cada vez más lejano- por las convenciones del progresismo. Cuando la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, se reunió con Greta Thunberg en marzo de 2020 hizo algo más que dar tribuna a una joven activista: lanzó una señal del modelo de sociedad que Bruselas va a impulsar.

Sobre este modelo, no hay consenso en Polonia, ni en Hungría (ni en otros países, por cierto). La pretensión de que la Unión protegerá los derechos de los polacos frente al gobierno democráticamente elegido por ellos no deja de ser algo engañosa. Por lo pronto, el gobierno polaco tiene más legitimidad democrática que la Comisión Europea. Fueron precisamente este tipo de planteamientos los que terminaron conduciendo al Reino Unido a la tragedia europea que ha sido el Brexit. Es falso que esto sea un dilema entre “nacionalistas” y “europeístas”. Se trata más bien de un enfrentamiento entre “soberanismo” y “federalismo”.

Es difícil pronosticar lo que sucederá. El poder de influencia de la Unión es enorme en comparación con los recursos de un Estado aislado o, incluso, de unos pocos países. Sin embargo, los estigmas están dejando de funcionar. En Italia, en Francia, en Austria, en España y en otros países, el soberanismo crece lento, pero imparable. A medida que la Comisión trata de imponer modelos de sociedad y modos de vida -el ecologismo, el multiculturalismo, etc.- las resistencias nacionales se acentúan.

Los intentos de crear una identidad “europeísta” opuesta a las nacionales está fracasando. Es inevitable recordar los intentos de crear “nuevos ciudadanos” que, a lo largo del siglo XX, condujeron a las peores pesadillas. Una nación es el producto de siglos de elaboración histórica. No puede sustituirse sin más. Cuando más se endurece la ofensiva contra las identidades nacionales, más se encona el enfrentamiento.

Quizás haya llegado el momento de que Bruselas admita que este proceso de integración está yendo demasiado rápido y demasiado lejos. 

(Imagen: «Ursula von der Leyen» por Parlamento Europeo. Licencia: CC BY 2.0)