La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Leyenda negra y leyenda rosa

El problema más acuciante es que, si se acepta que la Leyenda Negra fue un invento de propaganda contra España, y que la labor española en América fue civilizatoria y única en su contexto europeo e histórico, se resquebrajan los cimientos que sustentan la negación de la identidad propia.

Hace poco más de un siglo que algunos intelectuales españoles pusieron pie en pared. Queda lejos de mi campo de especialidad, por lo que no me atrevo a dibujar una genealogía de la resistencia a la Leyenda Negra. Me da la impresión de que está aún por terminar de escribirse, porque coincide en el tiempo con ese dolor estéril de la España del 98, el lamento de la España invertebrada y, en suma, la supervivencia de una Leyenda Negra que, fuera de nuestras fronteras, ya no importaba.

Ya no importaba porque fue desde su principio y hasta su inanición un instrumento político contra una gran potencia. Cuando el imperio español era el enemigo a batir, y luego al menos uno de los grandes jugadores del tablero europeo, quien quiso y pudo se dedicó a acumular argumentarios sobre los múltiples pecados de los españoles, de España y de la hispanidad. Por no detenerme a resumir lo que obras recientes como Imperiofobia nos muestren, lo mejor es una imagen

otra

otra

y otra

Estas imágenes tienen en común dos factores:

  1. Que representan métodos no autorizados por la inquisición (permítaseme no mentarla en mayúsculas, porque no dejó de ser una institución dañina)
  2. Que son la producción de un material gráfico inglés, holandés o francés que se publicó de forma continuada durante tres siglos, y en el que se representaba pornográficamente todo tipo de tortura pretendidamente llevada a cabo por la católica inquisición y con ello la diferencia entre la bestial España y el resto de Europa. 

Sucedía que la mayoría de esos métodos existían y habían sido creados o mejorados por holandeses, ingleses o alemanes. En España era inimaginable ejecutar a alguien por el británico método del Hanged, drawn and quartered, o empleando el desmembramiento por caballos. Dejando aparte la pornografía en ilustración propagandística, los ingleses llegaban a describir el horror del garrote (que mataba en segundos, o en el peor de los casos en los minutos de un ahorcamiento de caída corta), cuando aplicaban el primer método citado.

De hecho, en Reino Unido o EE.UU. se han seguido usando artefactos fantasiosos como propaganda gráfica para convencer a sus poblaciones de la idea o causa que tocara en ese momento. Para muestra, el botón sorprendente de The crucified soldier.

La ventaja que tenía atacar a la inquisición es que no se defendía. En España nunca se publicó nada relevante sobre las torturas y ejecuciones en masa de católicos en Inglaterra, por ejemplo, o en Holanda. No se divulgó en su momento la bestialidad de la caza de brujas de los siglos XVI y XVII en Centroeuropa, o ni siquiera se llegó a comparar en obra impresa el método garantista y procedimental de la inquisición comparado con la brutal arbitrariedad europea. Comparen los menos de 4.000 ejecutados de la inquisición durante toda su actividad (siglos XIV-XIX) con los sucesos de San Bartolomé en París y alrededores. O las ejecuciones de católicos de Isabel I de Inglaterra, cuyos apologetas tuvieron la tremenda jeta de llamar a su predecesora Bloody Mary.

El ejemplo de la inquisición es un buen resumen de nuestro proceso endofóbico del siglo XVIII, XIX y XX. El cambio de dinastía, primero, y la decadencia, después, provocó que los nuevos amos y corte trajeran como válido lo que era objeto de propaganda, y que llegaran con ilegítima intención renovadora. Una cosa no puede ser algo y lo contrario, y del Segundo Siglo de Oro y su producción intelectual no se puede pasar por las buenas al atraso bestial. La propaganda antes externa era ahora interna, y la modernidad agudizó la «solución» de la corte borbónica a la falta de legitimidad.

España es el país más devastado por los «liberadores» ejércitos napoleónicos. Entre otras cosas, porque tuvieron más tiempo para robar y masacrar, y los libertadores ingleses se ocuparon de arrasar todo lo que les pudiera hacer competencia (recordemos Béjar). El desastre demográfico y económico fue sucedido por más de medio siglo de obscena competencia dinástica que siguió lastrando lamentablemente el siglo XIX, y finalmente la pérdida de los restos del imperio necesitó una explicación.

Esa explicación venía de antaño, de esa nueva corte borbónica del XVIII que había abrazado cuidadosa y elegantemente la propaganda exterior. La explicación a lo que se percibía como desastre (cuando otras naciones europeas construían imperios extractivos, depredadores o belga-genocidas) ya estaba sembrada y sólo necesitaba de una modesta y al tiempo ampulosa pátina de modernidad, con noventayochistas haciendo indecente cherry-picking de medio milenio de historia española, cuando no generando explicaciones presociológicas que convertían a Spengler en Durkheim por comparación.

Yo mismo me eduqué en los rescoldos de la corriente negrolegendaria. Era algo que se daba por supuesto, una marca de caín de la historia de mi país que, si se negaba en los 80 y 90, era por nostalgia del franquismo o ke ase. Conforme fui leyendo y contrastando (siendo como no era, insisto, parte de mis campos de especialidad), más y más elementos no me cuadraban. Era algo que vivíamos muchos, la mayoría en soledad, y hasta cierto punto todos en silencio editorial o de prensa. La historiografía seria había seguido la pauta y paso occidentales y había pasado página del negropanfletarismo, pero sólo lo hacían en sesudos y áridos tratados que contaban con la garantía de que sólo unos cientos de lectores llegarían hasta el final.

Sin embargo, y al igual que nobody expected the Spanish Inquisition, nadie esperaba que se señalara la desnudez del emperador negropanfletario y negrolegendario. Su última iteración estaba siendo sostenida por aquellas figuras con predicamento en el bando político derrotado en el 39 y que digerían esa derrota negando su identidad española. Ya saben, esos madrileños, gallegos, extremeños,  castellanos, aragoneses, andaluces, etc. que hablan de Estado Español para referirse a España. Rechazar lo propio es algo muy serio, algo que debería dejarle a uno en situación de manifiesta inferioridad, y cualquier argumento posible se utiliza para compensar eso. Uno de los más socorridos era y sigue siendo dar por buena la leyenda negra: no me puedo identificar con España porque la inquisición, la iglesia, el genocidio indígena y Franco, Franco, Franco.

Eso sigue hoy en día. El 12 de octubre «no hay nada que celebrar», llegando a calzar una «bandera indígena» en el Ayuntamiento de Madrid cuando lo gobernaron iluminados. Recientemente, un gallardo munícipe se levantó de la cama o del retrete con la ocurrencia de sustituir las fiestas de la Virgen del Pilar por una fiesta pagana. Y podemos seguir ad nauseam, pero no hace falta porque, en 2021, sabemos que tales extremos de endofobia es algo cada vez más minoritario.

Sin embargo, no son tan minoritarios los que no se identifican con el «nada que celebrar» pero sí se mantienen unidos a la leyenda negra implícita en la Transición. Denunciar sin ambages la leyenda negra, y emplear el hecho histórico absoluto para hacerlo, es algo que les inquieta.

El problema no es sólo descubrir que los Reyes Magos son los padres. Ya es duro tener que cambiar de opinión, sobre todo a ciertas edades. Que me lo digan a mí, que si no fuera por mi amor ilimitado por la coherencia no habría sido capaz. El problema más acuciante es que, si se acepta que la Leyenda Negra fue un invento de propaganda contra España, y que la labor española en América fue civilizatoria y única en su contexto europeo e histórico, se resquebrajan los cimientos que sustentan la negación de la identidad propia. Si lo que se rechaza es algo positivo y propio, el que lo hace pierde la voz acerca de los asuntos de su sociedad.

Los tibios e inteligentes se están dado cuenta del alcance abismal del problema que ha venido como del rayo. Están perdiendo su espacio de confort, aquello que les permite sustentar ciertas posiciones sin esfuerzo, pero no pueden caer en ocurrencias inopinadas ni negar hechos esenciales. En su lugar recurren al tampocoesparaponerseasíismo. La leyenda negra es un exceso de otros tiempos, no fue para tanto… pero no caigamos en leyendas rosas. En otras palabras, a ver si la vamos a liar.

El problema, a estas alturas de la película, es que la leyenda negra estaba tan madura y pasada que han pasado generaciones sin que nadie la alimente. Es la leyenda negra implícita que mencionaba de los 80 y 90. Algo tan esencial como carente de detalle y, por supuesto, de discusión. Por contra, quienes han alzado la voz en su contra y quienes lo seguimos haciendo, empleamos hechos contrastados, a veces obvios, a veces no tanto. El indígena genocidiado pasea por las calles de Lima o de México DF pero no por las de Boston o Nueva York, y desde el siglo XVI la capital de Nueva España tenía Catedral y Universidad, mientras que la capital de España tuvo que esperar al siglo XIX para tener universidad, o al siglo XX y entrado para tener catedral.

Esos dos hechos que acabo de mencionar… ¿Son parte de la leyenda rosa? ¿Son indecibles en un sentido wittgensteiniano, o lo son porque amenazan un orden del mundo extrañamente conveniente?

La virtud del término medio nace de dos extremos menos virtuosos. Sin embargo, si uno de los dos extremos es un artefacto, una creación argumentativa para defender al otro, el medio es tan artificial y falso como el segundo extremo. Nadie puede poner en duda la existencia de la leyenda negra, su origen y propósito y su falsedad. Pero la leyenda rosa está en el ojo del observador (o, en este caso, del necesitador), y el punto virtuoso para esta cuestión nace de la fuente más grande de virtud posible: la verdad.

La verdad de España. La verdad de nuestra historia. La verdad de la palabra y la acción de los que nos precedieron, y que finalmente hemos decidido recuperar.