La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Leyendo la obra de Louis de Wohl


Decía el maestro de una antigua amiga mía que “Somos el fruto de nuestras fantasías”. Una persona es lo que ama y lo que odia al mismo tiempo, quizás porque en nuestro interior hay una lucha entre el bien y el mal. Entre lo mejor, y lo peor de nosotros mismos. Por formación estudié la carrera de Historia, pero por vocación soy un bibliófilo o amante de la literatura. En un principio estas dos vocaciones parecen reñidas, e incompatibles, pero si nos damos cuenta cómo empezó la Historia como disciplina académica, o como ciencia social nos daremos cuenta de que por el contrario literatura e historia comparten un gran vínculo. El origen de la Historia puede ser datado en torno al siglo XVIII con Gian Batista Vico, aunque su impulsor sea el alemán Leopold von Ranke, que se inspiró en las novelas de Walter Scott en concreto en una novela en torno a la figura de Carlos el Temerario, fascinado por esta gran personalidad histórica Leopold von Ranke consultó los documentos y crónicas de su gobierno, y se dio cuenta de que era aún más interesante de que el personaje descrito por Walter Scortt. Quizás haya sido una lástima (yo al menos así lo considero) que España no tuviese un escritor que novelase su historia.  Quizás el mejor escritor del siglo XIX, Benito Pérez Galdos, se contentó en sus Episodios Nacionales sólo con novelar el final del siglo XVIII, y dos tercios del siglo XIX, mientras el escritor francés Alejandro Dumas novelaba toda la historia de Francia con calurosas felicitaciones del historiador Jules Michelet. A parte de eso hay que hacer hincapié en otro problema y es una crisis en el modelo educativo, que viene del tardo-franquismo con la nefasta ley de Villar Palasí, y que se ha agravado con leyes educativas aún peores que penalizan el esfuerzo y atacan la memoria, también se han convertido por desgracia en una correa de transmisión de los gobiernos para tratar de introducir su ideario tanto en los colegios como en las universidades. Por lo que si una persona verdaderamente quiere formarse, no debe depender únicamente de lo que ha aprendido y debe continuar un aprendizaje de manera autodidacta por lo que debe descubrir lo que no ha conseguido aprender por otros medios, y la literatura es un buen medio para ello. Sin embargo, deben evitarse las modas y buscar obras de calidad. Entre estos últimos escritores podemos buscar escritores del pasado, y entre ellos podemos destacar un nombre: Louis de Wohl. 

No se le propone al lector una exhaustiva biografía del autor del que se va a hablar. Eso lo puede encontrar por internet, aunque sí que se le podrán proporcionar algunos datos biográficos. Lo primero que debe saber el lector, y esta es una de las causas por las que se escogió a Louis de Wohl, es porque Louis de Wohl encarna lo mejor Europa. Es un escritor que nació en Berlín en el año 1903 de padre húngaro y madre austriaca, que sus primeros pasos en la literatura los dio con siete años, y que a los ocho años escribió una redacción sobre Jesucristo porque no le gustaban las historias que había sobre él. Cierto, que no se puede decir que este primer trabajo escolar fuese original, de hecho, él mismo reconoció que estaba muy influenciado por la obra de William Shakespeare: Cesar (se avisa al lector, que una de mis rutinas será seguir el método del moreffoc, término acuñado por el escritor inglés G.K. Chesterton, y que utiliza también su biógrafo Joseph Pearce. Se recomienda a los lectores a ambos escritores. El moreffoc es decir la filosofía del árbol, que el conocimiento de un escritor te lleve a conocer a otros escritores). De hecho, Louis de Wohl reconoció que para hacer el discurso de Caifas se había inspirado en el discurso que pronuncia Marco Antonio, seguramente el cinéfilo, o el amante del cine clásico recordará la película de Mankiewicz y el discurso que pronuncia Marlon Brando, que a la sazón interpretaba a Marco Antonio y que prácticamente acaba borrando de un plumazo la magistral interpretación de James Mason, que interpretaba a Marco Junio Bruto. No hacía falta más que decirle a Louis de Wohl la frase de uno de nuestros escritores César González Ruano: “Que todo lo que no es un homenaje es un plagio”

Uno de los motivos por los que se escogió a Louis de Wohl fue para valorar el gran papel que está teniendo Centroeuropa. A día de hoy los países más interesantes, y con menos complejos son Hungría y Polonia. De ahí que se optase por intentar familiarizar al público con este. Muchos seguramente ya lo habrán leído, o lo conocerán, pero una de las cosas que se desearía es que después de este artículo se vea a Louis de Wohl con otros ojos. Otra razón para hablar de este escritor es paliar un déficit, que no se pudo paliar cuando estudié historia. Yo una de las cosas que más deseaba era conocer más de la historia de Centroeuropa, y aunque estudié las tres asignaturas que había en la carrera de historia de Alemania, para mí era insuficiente, ya que deseaba conocer más de estos países. Sin embargo, no debe culparse a la Universidad de este defecto, los programas y el tiempo son realmente inflexibles en esta cuestión, pero para eso está un sano ocio y las actividades extracadémicas, y también es que cuando uno concluye su licenciatura es cuando la empieza a echar de menos y cuando empieza a retomar lo que durante la carrera rechazó, o dejó aparcado, porque o no se lo exigieron (porque esta es una de las desgracias de nuestro sistema académico, que ya apenas se lee y todo se aprende por medio de apuntes), o por el contrario se exigió, pero se realizó de mala gana sintiendo un gran aborrecimiento por la bibliografía, que se recomendaba durante la carrera. 

Louis de Wohl aparte de ser escritor, también trabajó en bancos, y fue guionista, pero fue como escritor en lo que triunfó. De hecho dieciséis de sus novelas fueron adaptadas al cine, sin embargo, el año 1933 trajo el final de la República de Weimar y el advenimiento del nazismo. Muchos escritores del Catolique Renaveau decidieron practicar la emigración interior (entre ellos: Gertrud von Lefort, Elisabeth Langasser, Stefan Andres, Ernst Wiechert, Werner Bergergruen, Henrich Lützeler, Edzar Schaper, Reinhold Schneider, Ruth Schaumann, Carl Muth, Theodor Haecker, el filósofo Peter Wust, el teólogo Romano Guardini, Michael Brink, Konrad White, Friederich Ritter von Lama, Friederich Muckerman y Dietrich von Hildebrand). A diferencia de estos escritores católicos, Louis de Wohl optó por marcharse, como lo hicieron la familia Mann, Remarque, Arthur Koestler, Sebastian Haffner y otros autores que optaron por el exilio. Tampoco se puede decir que sea justo denominar a Louis de Wohl, como un escritor del Catolique Renoveau, puesto que a pesar de que era católico, él mismo admitió que su fe era tibia, y que era un escritor católico, que no se notaba que era católico, y que escribía libros comerciales que hablaban de todo salvo de su fe. No se le puede de momento englobar en la categoría de los escritores católicos franceses (que es dónde se inicia el movimiento), ni compararlo con otros autores católicos centroeuropeos como Aurél Kolnai, Géza Gárdonyi y Földy en Hungría, Jaroslav Durych y Demel en Checoslovaquia. (Sí, paradoja de las paradojas la República Checa que hoy es uno de los países menos religiosos del mundo tuvo un movimiento católico muy fuerte. La desgracia es que uno de los rivales literarios de Jaroslav Durych es el conocidísimo escritor de ciencia ficción Karel Čapek, y el hecho de que la modernidad apostase por Karel Čapek nos ha impedido familiarizarnos con Jaroslav Durych). En Austria destacaban Enrica de Handel Mazzeti, Richard Kralik o Karl Domanig, en Noruega Sigrid Undset, en Holanda Hilda von Stockhum, en Dinamarca Johannes Jorgensen, en Suecia Sven Stolpe y Vallquist en Bélgica Félix Timmermans, en Polonia destacan Ignacy Kraszewski, Henryk Sienkiewicz, Wladyslaw Reymont, Hanna Malewska, Zofia Kossak Szczucka (es muy posible que sus actividades en favor del salvamento de judíos haya oscurecido su faceta como escritora, pero se la recomienda muy encarecidamente, sobre todo su trilogía de las cruzadas, que por desgracia no ha sido traducida al español, pero si al italiano), y Jan Dobraczinski.  Vamos a obviar los países dónde el movimiento fue más conocido, Francia e Inglaterra, porque los escritores del Catolique Renoveau ya son sobradamente conocidos. Para concluir la cuestión sobre la literatura católica alemana se recomienda al lector aunque es muy posible que no tenga la posibilidad de adquirirla la novela de Lucy Beckett “A postcard from a Volcano”, inédita en español, y que habla de la República de Weimar vista por un católico. Al igual que la novela de Gertrud von Lefort, esta novela se la ha considerado, pese a que la escritora es inglesa, como “El Retorno a Brideshead” alemán.

Louis de Wohl mientras tanto ofrecía sus servicios a Inglaterra, y aunque debido a su condición de extranjero no pudo ingresar en el ejército británico, trabajó para la RAF, y ayudó a utilizar la pasión que Hitler sentía por la astrología en beneficio de los aliados. También colaboró para atacar al nazismo. Paradójicamente, el temor a morir favoreció que Louis de Wohl se convirtiese en un hombre más religioso. Al terminar la guerra, tuvo un encuentro con Pío XII, y con el arzobispo de Milán el beato Ildefonso Schuster, que le dijo que “Seas bueno por tus escritos, puesto que por ellos serás juzgado”. Esto haría que Louis de Wohl cambiase y dejara de escribir novelas (buenas), pero profanas y a diferencia del autor de “La canción de Bernadette” y “Los cuarenta días de Musha Dag”, condenando el genocidio armenio. (En esta misma línea se recomienda la novela de la escritora Antonia Arslan: “La casa de las alondras”). De todas formas, no sería del todo justo hacer una crítica de Franz Werfel, que sólo escribió una novela católica. Es cierto, que no se convirtió. Pero sus novelas siempre han tenido muchos puntos en común con la literatura católica. De hecho, escribió una novela sobre el Profeta Jeremías, y “La canción de Bernadette” le permitió a Jennifer Jones ganar su único Óscar. 

Esto no desacredita el trabajo de Louis de Wohl, sino que hace que su labor sea aún más grandiosa todavía. A parte de una revitalización de sus creencias religiosas el motivo de Louis de Wohl para escribirlas fue contraponer el modelo de Cristo al de los líderes totalitarios como Hitler, pero claro, como decía el Arcángel San Miguel: “Nadie es como Dios” por ello, si como Honorato Balzac quería una Comedia Humana contando la Historia de la Iglesia. No podía recurrir a Cristo, pero si buscar a lo que más se le parece: los santos, por lo que convirtió a los santos en los héroes de sus novelas. Es cierto que el autor había escrito novelas fabulosas (hoy desconocidas) como “Matrimonio a la inglesa”, pero por lo que hoy se le conoce es por sus hagiografías actualizadas. Por supuesto tiene una bibliografía previa a 1947, pero es a partir de ahí cuando se convierte en el gran novelista de novela histórica por el cual hoy se le conoce.

 Su primera obra en esta línea es (las analizamos por el orden cronológico en que las escribió) El árbol viviente”: Tiene como protagonista a la madre del emperador Constantino Santa Helena, y recomendamos al lector que la compare con “Los mártires el triunfo del cristianismo” de Chateaubriand y con “Helena” de Evelyn Waugh, y si les interesa algo más moderno, se les recomienda la primera novela de la trilogía de San Jorge “La espada y la serpiente” del controvertido y polémico escritor Taylor R. Marshall.

Trono del mundo” o “Atila el azote de Dios”: Narra los últimos días del Bajo Imperio Romano en tiempos de Valentiniano III, Gala Placidia y el Emperador Aecio, pero el tema crucial es el enfrentamiento entre Atila y el Papa León I. A pesar de no poder contar muchas cosas como las campañas de Aecio, o el combate de León I contra los Nestorianos y los Monofisitas. Esta es una de sus mejores novelas, y si Louis de Wohl hubiese sido más ambicioso, esta habría sido una novela que hubiera marcado época. Hay momentos brillantes, como cuando Aecio le confiesa a Gala Placidia que está enamorado de ella, o el cara a cara entre Atila y León Magno. Es interesante comparar esta novela con las maravillosas películas de Douglas Sirk El signo del pagano, y “Atila” protagonizada por Anthony Quinn. 

“Imperial Renegade” o “Venciste Galileo”: Narra la historia de Juliano el Apostata en un tono muy diferente de cómo lo trató el secularista y escritor progresista Gore Vidal, ya que nos mostrara a un chico brillante, y ambicioso, pero enormemente intolerante y fanático. Con todo, el mayor villano no será Juliano, sino Mardonio, su consejero. Quizás no sea una de mis novelas favoritas, pero tiene momentos interesantes: como la Oda de Juliano el Apostata a Nerón, la figura del médico Oribasio, como describe la división de los cristianos, y el gobierno de Constancio. Quizás lo más negativo es lo poco que sale San Atanasio. Es interesante comparar esta novela con la trilogía de la familia Eolia de Manuel Alfonseca Moreno y con la novela de Jesús Sánchez Adalid “Félix de Lusitania”. 

“La luz silenciosa”: Esta novela fue escrita a petición personal del Papa Pío XII, que luego le mandara escribir a Louis de Wohl una historia sobre la Iglesia Católica. En esta obra el autor abandona el péplum, o lo que los americanos califican como Sword and Sandal. Nos referimos a novelas ambientadas en la Edad Antigua antes de la caída del Imperio Romano en el año 476. En esta novela se analiza la figura de Santo Tomás de Aquino y su contraparte, una figura que Louis de Wohl definió como una de las figuras históricas más complejas del mundo. Se está hablando de Federico II Hohenstaufen. Ambas historias, la de Santo Tomás y la de Federico II quedan entrelazadas por su protagonista Piers Rude. Esta novela posee momentos magníficos, y es una de las mejores novelas de Louis de Wohl no sólo por la forma de narrar la caída de Federico II, sino por la vivísima descripción de la Edad Media y de las universidades. También destaca el maravilloso retrato que Louis de Wohl hace de Eduardo I, tan diferente del que hizo Randall Wallace en Braveheart. Un momento lleno de humor y de grandeza es cuando una noble le ofrece a Santo Tomás de Aquino un pavo y a raíz de un proceso de deducción brillante que influirá para crear a los sacerdotes detectives El Padre Brown de G.K. Chesterton, y Roger Dowling la versión americana del Padre Brown, creado por el filósofo neotomista Ralph McInnerny. Esa anécdota le servirá a Santo Tomás de Aquino para refutar la herejía maniquea, o catara. 

Si después de leer esta joyita ustedes tienen ganas de más. Les será difícil, pero si lo consiguen, quedarán sobradamente recompensados intentar conseguir “Eifelheim” del escritor americano Michael Flynn. No la desprecien por ser una novela de ciencia ficción. Hay escritores que escriben muy buena ciencia ficción, que pueden ser disfrutados por los historiadores. Uno de estos escritores es Poul Anderson. Si han seguido mi consejo y se ha optado por leer “Eifelheim”, descubrirán que la Edad Media no es esa época de horror, fanatismo, y oscurantismo que novelas como “El nombre de la Rosa” han contribuido a crear, y que contrariamente a lo que la mayoría piensa, la Edad Media con sus defectos no es mucho peor que la época que estamos viviendo, por el contrario, es una de las épocas más maravillosas y más fascinantes de la historia de la humanidad. Una última recomendación. Se recomienda leer “La luz apacible” después de “El mendigo alegre”, que es su precuela, y que tiene como protagonista a San Francisco de Asís.

 “El corazón inquieto”: Trata la vida de San Agustín. Es una buena novela, pero por desgracia Louis de Wohl sólo nos cuenta la parte de la vida de San Agustín de Hipona, que el santo cristiano narra en sus “Confesiones” y luego su muerte. Es una lástima que Louis de Wohl no nos cuente la parte más controvertida de su vida, esclareciendo parte de luz y combatiendo los bulos que ha sufrido San Agustín por sus conflictos con los donatistas y los seguidores de Pelagio. Confío en que algún día se escriba, o descubramos esa novela. 

“El hilo de oro”:  Sin duda, uno de sus mejores trabajos y va a ser el primer acercamiento de Louis de Wohl a la historia de nuestro país. Esta novela tiene una calidad tan grande, que puede ser comparada con las maravillosas novelas históricas de Mika Waltari. De hecho, es muy tentador comparar esta novela con “La aventuras de Mikael Karvajalka”, siendo muy superior el trabajo del autor germano frente al autor finés, porque mientras la novela de Mika Waltari nos parece demasiado amarga, la novela de Louis de Wohl nos fortalece nuestra fe en los momentos más duros. Por no hablar de que es más ortodoxa que la fe de Mika Waltari. Se puede decir que Louis de Wohl juega al juego que le propone el escritor protestante y sale triunfante de la prueba. De hecho, ambas acaban con el saqueo de Roma por parte de las tropas imperiales, pero mientras Mikael Karvajalka acaba rompiendo su juramento de lealtad a Carlos V, y renegando de su fe. Ulrico von Fleurer acaba siendo mejor cristiano. Es fascinante la descripción que Louis de Wohl hace de San Ignacio de Loyola, llegando a compararle con San Pablo. Es uno de los personajes históricos que mejor sale parado con la excepción de San Francisco de Asís. 

Oriente en llamas”: Se puede considerar la secuela de “El hilo de oro”, ya que quien toma el testigo de San Ignacio de Loyola es el santo navarro San Francisco Javier. La novela de Louis de Wohl no es sólo una hagiografía, sino una excelente novela de aventuras, que podría haber escrito Julio Verne o Joseph Conrad. Si en la novela anterior se hablaba de España, en esta se critica con dureza el sistema de colonización portugués de las factorías y la corrupción de Atalide, que es el villano de la novela. Lo interesante es la formación y creación de la Sociedad de Jesús, previamente la conversión de Francisco Javier, el primer acercamiento a los protestantes. Al margen de esto es una lástima que no pueda indagar más en la estancia de San Francisco Javier en Japón, pero finaliza bien esa parte, y justifica la acción final de Sn Francisco Javier, haciéndole ir a China. Si China se convierte Asia, caerá de rebote. Incluso Mateo Ricci tuvo muchos problemas a pesar de su inteligencia, diplomacia, y su erudición como se puede leer en la biografía de Vincent Cronin “El sabio de oriente”. 

“La lanza”: Quizá la novela por la que es más conocido Louis de Wohl, que narra la historia de la Pasión, y la historia de Cayo Casio Longinos, el general que le traspasó el costado. Me recordó mucho esta novela a Rey de Reyes de Nicholas Ray (no la versión de Cecil B. DeMille) y a “Marco el romano” de Mika Waltari, siendo mucho más luminosa la novela de Louis de Wohl. En esta novela aparecerá el centurión Abdenabar, que aparecerá en la Pasión de Mel Gibson. 

El último Cruzado”: Esta novela no trata sobre ningún santo, sino sobre Don Juan de Austria, cuya vida ya la noveló brillantemente Luis Coloma en “Jeromín”, siendo quizás una de sus mejores obras. Louis de Wohl cuenta las cosas, como ocurrieron, y no cae en la Leyenda Negra. Esboza un maravilloso cuadro de la Europa del siglo XVI. Quizás el único defecto que tiene esta obra maestra es que concluye con Lepanto, y nos quedamos sin saber lo que le ocurre a Don Juan de Austria. Para paliar esta laguna se recomienda leer “El señor natural” de László Passuth (también otro escritor muy recomendable), y también se recomienda “El castillo de diamante” de Juan Manuel de Prada, para analizar la tortuosa personalidad de los villanos tanto la Princesa de Eboli, como Antonio Pérez. 

La niña soldado”: Esta novela trata sobre Santa Juana es interesante compararla con las novelas homónimas de Pamela Marcantel (la mejor) y la de Mark Twain. Locura gloriosa” o “El mensajero del rey”: Sin duda alguna una de las mejores novelas de Louis de Wohl, y superior en nuestra humilde opinión a “Yo Claudio” de Robert Graves, y desde luego infinitamente mejor que “Reino de los réprobos” de Anthony Burgess, y ya no lo comparemos con libros que a mí modo de ver ya no son cristianos como las novelas de Taylor Caldwell. A parte de centrarse en San Pablo, sigue otorgando un papel relevante a Longinos, y convierte en hija suya a la fascinante Actea, que si bien no consigue olvidar a la Actea de Henryk Sienkiewicz, si consigue crear un personaje digno, y memorable. Tanto la historia de San Pablo como la de los emperadores atraerán el interés del lector. Quizás sólo pueda competir con esta novela “S.P.Q.R.” de Mika Waltari. “El mensajero del Rey” tiene un final inolvidable, que sólo una enfermedad degenerativa podrá hacer que el lector lo olvide. 

El mendigo alegre”: La precuela de “La luz apacible”, quizás el personaje más positivo de todos. Esta historia se entrelaza con la de Roger Vandria que nos contará la parte de Federico II, que vuelve a reaparecer. Esta novela fue adaptada al cine por el director de Casablanca: Curtiz, y en ella apareció Dolores Hart. 

La ciudadela de Dios”: Trata la historia de San Benito, y es sin duda uno de sus mejores libros, por la cantidad de personajes interesantes que aparecen. No sólo San Benito, también Boecio, Casiodoro, Amalasunta, Teodórico, Belisario (que aquí no sale muy bien parado). Es muy difícil encontrar una novela tan completa como esta. También es muy interesante la evolución del protagonista. Se recomendaría al lector compararla con “El conde Belisario” de Robert Graves, para que vea las diferencias entre una y otra. Aquí la imagen de Justiniano a diferencia de la novela de Robert Graves es más positiva. 

La última novela histórica que publicó Louis de Wohl fue “David de Jerusalén”: Quizá fuera el libro menos interesante de Louis de Wohl, quizás porque sigue al pie de la letra los libros de Samuel y Crónicas, y no se puede competir con ellas. Es cierto que se amplía el papel de Cusai, pero no es suficiente, le falta un toque original.. Es curioso que un escritor tan heterodoxo como Carlo Coccioli escribiese un libro de idéntica temática más interesante. 

Louis de Wohl murió a una edad temprana, los favoritos de los dioses mueren jóvenes, en 1861 en Lucerna. Los derechos de sus obras los legó a su esposa Ruth Magdalene de Wohl, que al igual que su marido es comendadora del Santo Sepulcro. No puedo más que acabar este artículo dedicando las mismas palabras que Joseph Pearce dedicó a Robert Hugh Benson. Es el momento de que Louis de Wohl experimente su propio resurgimiento y sea leído por un público mayoritario. Espero que este artículo haga lo posible para que se le dé una oportunidad.