La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Monumento a Lincoln (Gage Skidmore CC BY-SA 2.0)

Lincolnmanía

Abraham Lincoln no era un entusiasta del liberalismo económico, al igual que tampoco era un protosocialista.

Resulta imposible de comprender el ser más íntimo de una nación si no acudimos a sus mitos, bien encarnados en personajes históricos, bien encarnados en ideas o hechos fundamentadores. El caso de Abraham Lincoln es un ejemplo clarísimo de esto en el caso de la mitología nacional estadounidense. Acrecentado, eso sí, por el terrible magnicidio que acabó con su vida un abril de 1865. Se han escrito multitud de biografías, artículos, alguna que otra película etc. sobre el personaje en cuestión pero, tras unos pocos años de interés particular por su figura, me atrevo a afirmar que en la mayoría de estos casos no son más que propaganda y mito. Una de las grandes tareas de todo aquel que se dedica a la Historia es la de deconstruir los mitos aunque, no pocas veces, resulte francamente difícil encontrar el equilibrio entre la rigurosidad y el respeto por el papel que juegan los mitos en el mantenimiento de la cohesión social. Con Lincoln, estoy convencido de que su trayectoria histórica real es mil veces más interesante que la mítica-heroica. Por ello, y en línea con mi último artículo para esta casa, hablaré brevemente de cuál era el pensamiento económico de Lincoln y qué poseía de peculiar e interesante.

Para los republicanos de hoy en día, Lincoln era un liberal clásico que defendía un Estado mínimo, capitalismo laissez faire, mientras para la izquierda, era una suerte de protoizquierdista igualitarista.

Del pensamiento económico de Abraham Lincoln se han dicho muchas cosas. Casi todas condicionadas por los prejuicios ideológicos de cada cual. Para los republicanos de hoy en día, Lincoln era un liberal clásico que defendía un Estado mínimo, capitalismo laissez faire y un gran campeón de la meritocracia vital. Para la izquierda, el “refundador” de la nación era una suerte de protoizquierdista igualitarista por acometer la emancipación de los esclavos y ganarse la simpatía tanto del progresismo europeo como de pensadores tales como Karl Marx. Con astucia, esta supuesta relación lincolniano-marxiana ha sido explotada por más de un pseudohistoriador adscrito a la Causa Perdida del Sur para hacernos creer que Lincoln iba a implantar el socialismo en Estados Unidos y, por ende, la secesión era legítima. Varias veces ha sido demostrada como falsa la supuesta relación de afinidad de Lincoln hacia el padre del socialismo científico, pero servidor ha tenido que padecer más de una vez que los “expertos” que circulan alrededor de los think tanks libertarios le intentaran demostrar la existencia del quintacolumnismo socialista del Viejo Abe. Abraham Lincoln no era un entusiasta del liberalismo económico, al igual que tampoco era un protosocialista. En verdad, era una síntesis de lo mejor de la economía de mercado con el desarrollismo y el nacionalismo económico.

Abraham Lincoln llegó a este mundo en 1809. En ese momento, la Revolución Industrial, pese a que poseía tímidas islas en torno a estados como Connecticut, aún se encontraba en una situación prematura y formativa. Estados Unidos era un país eminentemente agrario donde convivían las grandes plantaciones esclavistas, cierta agricultura comercial y una mayoritaria agricultura de subsistencia en la que muchas veces el dinero era algo extraño. Aún faltaban unos pocos años para que las consecuencias de la Guerra Británico-Estadounidense obligaran a Madison a recuperar las ideas desarrollistas y nacionalistas de Alexander Hamilton, tan denostadas por Thomas Jefferson y sus adeptos. En realidad, la nueva República era un lugar sumamente anticapitalista donde algunos visionarios, deseosos de ver prosperar a la nación, desearon modernizar la economía a través de la intervención directa del Gobierno Federal. Pese a la interpretación que distintos historiadores libertarios, como Thomas J. DiLorenzo, han dado al fenómeno, la oposición de los plantadores del Sur a la intervención gubernamental no era porque odiaran al Estado y amaran al mercado sino porque la no intervención federal garantizaba el mantenimiento de un orden socioeconómico netamente agrario, tradicionalista y ajeno a las innovaciones del capitalismo industrial. Nuestro protagonista nació en el seno de una familia de agricultores de subsistencia del Medio Oeste y su sino se prefiguraba como el de continuador del modo de vida familiar, mientras simpatizaba con Andrew Jackson y su Partido Demócrata. Pero su ambición personal y su admiración hacia nuevos inventos, como el ferrocarril o el transporte a vapor, acabaron por expulsarle de una vida que de joven llegó a desdeñar.

Estados Unidos era el lugar idóneo para que surgiera con fuerza la nueva sociedad comercial e industrial: un mercado interno con muchas posibilidades, abundantes lugares donde practicar la navegación fluvial rápida, una protección muy fuerte de la propiedad privada y un marcado ethos caracterizado por la innovación y el traspase de fronteras. Solo hacía falta un impulso estatal a través de crédito accesible, protección y construcción de infraestructuras que agilizaran el transporte comercial. El joven y curioso Lincoln quería formar parte de todo esto. No resignarse ante el modo de vida de su padre, a quien veía como pobre y estanco. Por eso, intentó infructuosamente trabajar en la banca local de Illinois y, finalmente, aprendiendo de forma autodidacta, se convirtió en abogado. El mito sobre el personaje nos ha ensalzado su papel en el ámbito de lo penal, mas este no dejó de ser bastante anecdótico. En verdad, Lincoln fue un abogado dedicado a casos de incumplimiento de contratos, cobro de deudas o ejecuciones hipotecarias. Era la personificación del cumplimiento de unas reglas favorables a la nueva economía de mercado.

Entró en política en la Asamblea Estatal de Illinois entre 1834 y 1846. Pronto se destacó como un gran defensor del Sistema Americano promovido por su admirado Henry Clay y se afilió al Partido Whig. Permítanme que les remita a mi anterior artículo para profundizar sobre Clay y que me disculpe por ello. La inmensa mayoría de sus labores parlamentarias se enfocaron en promover la extensión de las líneas ferroviarias por todo el estado, en la modernización y adecuación de las carreteras existentes y en la creación de un banco central a nivel estatal que facilitara la concesión de créditos, a un tipo de interés razonable, a las industrias incipientes. El hijo del pequeño agricultor era el campeón de las “Mejoras Internas” y el promotor del apoyo estatal al impulso privado. El sector público y el sector privado no estaban reñidos, ni mucho menos, sino que se compaginaban en aras del Bien Común. Es decir, Lincoln no seguía al Liberalismo de Manchester tan en boga en aquel momento.

En 1846 decidió adentrarse en la política nacional como congresista por el Partido Whig. Aquí estaría durante una legislatura, destacado con razón entre la historiografía más común por su oposición a la guerra con México, la anexión de las regiones al Norte del Río Grande y a la expansión de la esclavitud por los territorios del Oeste. No obstante, su labor parlamentaria no destacó por estos asuntos para los cuales no comandó nunca iniciativas legislativas ni escribió notables discursos. Lo que más interesaba a este político venido desde lo más bajo del escalafón social era la economía política, y en esto fue, como era natural, donde continuó con lo iniciado a nivel estatal en Illinois. Promovió la difusión del novedoso invento que suponía el telégrafo para facilitar las comunicaciones en un país cuasi continental como es Estados Unidos. Si en Illinois pidió la participación del gobierno estatal en las “Mejoras Internas” de infraestructuras, ahora hizo lo mismo a nivel federal. Aún así, en lo que más destacó fue en su defensa audaz y vehemente del establecimiento de altos aranceles a la industria extranjera tanto en la Cámara de Representantes como en los mítines del Partido Whig. Parecía más entusiasmado con el programa nacionalista de Henry Clay que cualquier whig convencido.

En materia arancelaria, Lincoln promovió junto con sus aliados en el legislativo la política proteccionista más agresiva que se haya visto en décadas.

En la década siguiente, su astucia política le hizo percatarse de la corta vida que le quedaba al Partido Whig y unirse al antiesclavista –que no abolicionista en su mayoría- Partido Republicano. Perteneció al ala moderada occidental del nuevo partido aunque tuvo la habilidad durante su presidencia de jugar con las distintas facciones del mismo en aras de cierto equilibrio. Y, aunque destacó en aquellos años por su oposición a la soberanía popular radical de Stephen Douglas y por su papel como Presidente –a partir de 1861- y Comandante en Jefe del Ejército de la Unión contra la rebelión sudista, nunca dejó de lado su papel como promotor del “Sistema Americano”. A diferencia de lo que los confederados –supuestos libertarios según algunos- habían hecho nacionalizando el ferrocarril en su territorio, Lincoln vio más factible coordinarse con el sector privado para subsidiar a la Union Pacific y la Central Pacific Railroads en la construcción de los tan deseados ferrocarriles Atlántico-Pacífico, de Este a Oeste. Para ello, logró financiación de un Congreso mayoritariamente republicano, dibujó la ruta y puntos de parada de estas rutas ferroviarias, y estableció los cinco pies como el ancho de vía nacional. En materia arancelaria, Lincoln promovió junto con sus aliados en el legislativo la política proteccionista más agresiva que se haya visto en décadas con el Arancel Morrill de 1862 –en honor de su gran promotor en el Congreso-  y su ampliación en 1864. Bajo el pretexto de la protección e incentivación de la industria nacional, se pusieron tarifas con una media porcentual del 46% a más de 1.500 productos. En materia bancaria, aunque era complicado establecer un Tercer Banco Nacional, la Administración Lincoln unificó la emisión bancaria en 1862 con la Ley de Bancos, emitió dinero fiduciario para financiar los costosos gastos bélicos y quitó a los bancos estatales privados la facultad de emitir moneda. Existe aún hoy un acalorado debate historiográfico sobre si, de haber sobrevivido, Lincoln hubiera retornado al patrón monetario metálico. Las últimas investigaciones apuntan a que hubiera favorecido un sistema trimetálico en lugar del patrón oro puro promovido desde la City Londinense y que Ulysses S. Grant estableció pocos años después de morir él. Sea como fuere, el de Kentucky quedó representado como el gran defensor del dinero fiduciario, y en la década de 1870 un grupo de agricultores prácticamente arruinados por el deflacionario patrón oro crearon el Partido de los Billetes Verdes cuyo móvil era el retorno a la política monetaria lincolniana.

Su ideal era el equilibrio entre agricultura, comercio e industria en un país aún predominantemente agrario.

Como vemos, Abe nunca abandonó sus ideas nacionalistas y desarrollistas. Seguramente, fue el político que más hizo por convertirlas en ley. No obstante, ya en la década de los 50 se aprecia en varios de sus discursos que Lincoln ha conseguido sintetizar estas ideas con ciertos elementos agraristas de la Democracia Jacksoniana, muy populares en el Oeste. Por lo general, el Partido Whig era poco propenso a interesarse por los temas agrarios y más dado a desarrollar la industria y la vida urbana. Su ideal era el equilibrio entre agricultura, comercio e industria en un país aún predominantemente agrario. Pero, con la subida estelar a primera fila del debate sobre la extensión o no de la esclavitud a los nuevos territorios occidentales, se hizo evidente que había que promocionar a los minifundistas blancos o yeomen en los territorios entre el Misisipí y las Rocosas. Y, para ello, el lenguaje jeffersoniano-jacksoniano del campesino libre como el ideal del ciudadano republicano –algo muy romano- resultaba muy útil. Aunque, me atrevería a afirmar que este cambio en Lincoln era más por convencimiento que por mera utilidad. Se estaba reconciliando con su padre y el modo de vida en el que se crió y que tanto desdeñó en el pasado. Por ello, en colaboración con el Congreso, se promulgó en 1862 la Ley Homestead que ponía a la venta a un precio casi gratuito, y con una división de las parcelas altamente igualitaria y distributista, multitud de tierras públicas. Multitud de pequeñas granjas familiares trabajadas por hombres libres. En los 20 años ulteriores, medio millón de personas –con sus respectivas familias- se aprovecharon de esta ley y se privatizaron más de 55 millones de acres. Seguramente, la mayor privatización de tierras públicas de la Historia. Si Abraham Lincoln hubiera sido un “whig ortodoxo” no habría llevado a cabo esto, sino que hubiera restringido su venta e inflado sus precios para desarrollar el comercio y la industria en las ciudades. El Honesto Abe había conseguido fundir a Henry Clay y a Andrew Jackson en un mismo programa nacional. Algo realmente extraordinario.

Cuando Lincoln era presidente, una empresa industrial de cierta consideración solía tener, como mucho, 15 empleados en los Estados Unidos. Primaba aún lo familiar y lo pequeño en la economía productiva ¿Qué pensaría el hombre que lideró a los Estados Unidos en su gran Guerra Civil sobre la cada vez mayor acumulación de la propiedad y el capital en pocas manos como actualmente sucede en su país? ¿La fase más óptima del Sistema Americano es la síntesis del nacionalismo económico con el distributismo a través del fomento de cooperativas tal como defendía el excéntrico periodista whig- republicano neoyorquino Horace Greely en aquellos años? Evidentemente, es algo que jamás sabremos, pero espero de veras que este humilde artículo haya servido para que nuestros queridos lectores puedan conocer una de las facetas más desconocidas del pensamiento y actuación política de Abraham Lincoln.