La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Callejón de la Inquisición (Turismo de Sevilla CC BY-NC-SA 2.0)

Los males de la patria IV: Los defectos del caracter nacional

Lucas Mallada se refería a ciertos problemas del carácter español que habían lastrado su desarrollo en comparación con otras potencias europeas.

“Las mejoras de interés general han sido iniciadas y muchas llevadas á cabo por la influencia exterior y con capitales extranjeros. Es indudable que el ejemplo de las gentes de afuera ha sido muy provechoso á la Nación; pero en el rápido desarrollo que en estos últimos tiempos van tomando los intereses materiales, España sigue entumecida y rezagada detrás de todo el mundo civilizado”.

Las actuales noticias con que nos saturan los medios diariamente a veces nos sitúan ante casos de lo que parece ser un conformismo extremo, que viene acompañado de un inmovilismo de naturaleza cada vez más extraña y particular. Nada mágico, sin duda, porque todo en el mundo tiene su grado de explicación. Por ejemplo, el mundo de los sondeos nos deleita ocasionalmente con proyecciones de voto que a nuestro entender resultan ilógicas ante nuestro conocimiento de tal o cual situación: mayorías abrumadoras, proyecciones inalterables con el paso de los años, etc. El mundo de los negocios también ofrece una interesante perspectiva cuando ciertas oportunidades realmente fabulosas se topan con la realidad de administraciones o estados de opinión contrarios. Es evidente que educación, conocimiento y, por supuesto, sesgo cognitivo son los grandes vectores de unas y otras reacciones, ya que son los pilares sobre los que se asienta nuestro juicio. 

El conformismo y el inmovilismo es una realidad tan antigua como la vida misma. La obra de los regeneracionistas está plena de denuncias con ella, en muchas de las ocasiones de forma totalmente justificada, en otras no tanto. Así, si en las anteriores entregas explicaba el llamamiento regeneracionista, se hace obligado advertir, como lo hicieron en su momento M. Menéndez Pelayo o Julián Juderías, que existió sesgo en algunas sus tesis, sin que ello invalide el espíritu de las reflexiones que pretendo compartir, que no es tanto reproducir el lamento y las alternativas de progreso propuestas en el último tercio del siglo XIX, sino analizar su actual vigencia en tanto el Estado en su conjunto es una entidad que debe someterse a constante reforma y mejora, de la misma manera que su población lo está en evolución y progreso.

España podía ser, según él, una gran potencia, pero en sus viajes había comprobado de primera mano que los defectos nacionales eran compartidos por todas las clases sociales, cada cual de ellas en su justa responsabilidad.

En uno de los capítulos de Los males de la patria, titulado con el encabezamiento de esta columna, Lucas Mallada se refería a ciertos problemas del carácter español como los atavismos que habían lastrado su desarrollo en comparación con otras potencias europeas: hablaba acertadamente de la indolencia, de la pereza, del conformismo y, sobre todo, de la apatía de todas las clases sociales. España podía ser, según él, una gran potencia, pero en sus viajes había comprobado de primera mano que los defectos nacionales eran compartidos por todas las clases sociales, cada cual de ellas en su justa responsabilidad. No había percibido, dijo, deseo de hacer grande al país, ni en lo público o lo privado. La clase campesina y obrera estaban muy dominadas por un analfabetismo sistémico que impedía cualquier atisbo de formación para su propio progreso; la burguesía acaparaba la Administración sometiéndola a su egoísmo y corrupción, y la investigación estaba mal financiada y, como sabemos hoy día con el escandaloso caso de Isaac Peral, estaba sujeta al boicot de intereses nacionales y extranjeros; finalmente, la aristocracia nacional en vez de constituirse en vanguardia social al estilo de sus semejantes europeas, se hallaba entregada a la gatopardiana pereza y a los lujos tradicionales, evitando el desarrollo y cortando cualquier posibilidad de emprendimiento. Es evidente, por tanto, que tanto el conformismo como el inmovilismo eran plato habitual entonces, si acaso de forma más sangrante que la que podemos lamentar hoy día.

Las razones de tan extremo parecer están en que los regeneracionistas deseaban una España nueva y moderna, aún a costa de romper con su pasado, incluso el religioso.

Sin embargo, como he señalado antes, existió sesgo; aspecto que ha sido advertido en los últimos años por muchos autores en referencia al conjunto de intelectuales regeneracionistas. Imposible no sobresaltarse cuando se nombra a la Inquisición en el texto de Lucas Mallada, o cuando la “fantasía”, en referencia a las fiestas tradicionales españolas, que, según él, dominaban el carácter español, habían sido parte importante de su atraso. Las razones de tan extremo parecer están en que los regeneracionistas deseaban una España nueva y moderna, aún a costa de romper con su pasado, incluso el religioso. En ese sentido sí había una concepción revolucionaria, aunque tal revolución tuviera que apoyarse en los tópicos de la Leyenda Negra; la propaganda antiespañola que había ido forjándose en el siglo XVI, como respuesta a su poder imperial, y que, por ejemplo, a principios del siglo XIX fue literalmente asumida por los criollos para justificar su aventura independentista con la absoluta complicidad del emergente poder británico. Leyenda Negra, en fin, que no acabó con la destrucción de la unidad española con Ultramar, sino que el romanticismo decimonónico ampliamente explotado por la intelectualidad europea la empleó para explicar los motivos del atraso económico y social español, desviando sus auténticas causas: la intencionada destrucción a la que los ejércitos francés e inglés habían sometido al tejido productivo español durante la guerra peninsular de 1808-1814, coadyuvada, sin duda, por los extremados vaivenes políticos entre absolutistas y liberales durante el reinado de un rey incapaz como fue Fernando VII.