La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Los males de la patria V: La inmoralidad pública

Mucho antes de nacer nuestros padres y abuelos, España ya arrastraba problemas muy graves cuya naturaleza parece cobijarse en su intimidad social.

“Otras causas muy poderosas influyen, sin duda, en la deplorable situación de la patria, entorpecen su movimiento progresivo y contribuyen á la miseria generalizada que por todas partes se nota. Entre estas causas, ninguna perjudica más al adelanto y á la prosperidad de España que la inmoralidad pública, por la cual entendemos la  mala ó desacertada conducta, observada por una parte considerable de los habitantes de la nación, en contra del bien general”

Es cosa común en nuestros días tender a valorar de forma muy negativa a nuestros políticos, situándolos en el centro de la diana de los males nacionales. Se añade a esa costumbre la cándida sensación de que al ser testigos de tales hechos, nunca antes se hubieran producido. Contribuye a ello, en ese tribunal popular del escándalo del que todos somos parte, nostálgicos que reivindica el pasado como una época en la esos problemas sistémicos no existían. Pero hay que desengañarse, las palabras de Lucas Mallada, en referencia a la España de la Restauración, no dejan lugar a dudas de que mucho antes de nacer nuestros padres y abuelos, España ya arrastraba problemas muy graves cuya naturaleza parece cobijarse en su intimidad social.

Las duras palabras de la cita fueron empleadas por Lucas Mallada en el comienzo del capítulo correspondiente de Los Males de la Patria que pone bastidor moral –en ese caso inmoral- a dos lacras hoy todavía presentes, por desgracia, en España: la corrupción y el despilfarro presupuestario. Para nuestro regeneracionista, esos males que vejaban a la Hacienda pública de su época tenían su origen en la propia constitución del Estado liberal y en la sucesión de gobiernos exaltados y moderados que se aprovecharon del vacío legal para crear unas condiciones depredadoras que ni siquiera la Gloriosa ni, por supuesto, la Restauración lograron extirpar.

Lamentablemente no sorprende advertir, a día de hoy, el poderoso sustentáculo estructural de la corrupción y el despilfarro que llegó a perdurar a pesar de cambios de regímenes y formas de gobierno, lo que permitía, entonces, deducir al autor la existencia de una elite que participaba y toleraba tales prácticas en la Administración, mientras una amplia base social asistía adocenada y vulgarizada. Nada impedía su continuidad, pues incluso el sistema judicial acababa abrumado y sobrepasado pese a haber sido aprobada en febrero de 1881 la Ley de Enjuiciamiento Civil, que Lucas Mallada calificaba como muy compleja. Existía, por consiguiente, una total impunidad coadyuvada por una clase política indolente y carente de iniciativa cuando no cómplice.

Textos de literatos regeneracionistas de la época muestran la resignación y el hastío ante tal estado de cosas. Novelas como la barojiana El Árbol de la Ciencia –aunque publicada más tarde- se refieren a la infra-financiación de la Ciencia y la Investigación en España cuando no a su hostilidad por parte de las autoridades civiles y eclesiásticas. Porque, en efecto, para Lucas Mallada, los asuntos religiosos también arrastraban anomalías que contribuían al estado de inmoralidad en la forma de la pérdida de la fe y un apego a lo material por una parte sustancial del clero, el cual, además, atacaba sin piedad al liberalismo reformador y a cualquier atisbo de modernidad. Se unía a ello, una desmedida piedad popular más centrada en el boato y la apariencia que en su dimensión espiritual. No es casual que el último cuarto del siglo XIX fue el de la eclosión cofrade en toda España, lo que explica la crítica de Lucas Mallada a los romeros bullangueros.

En la inmoralidad denunciada, la escala más inferior del sistema social español, obreros y, sobre todo, agricultores, eran sus mayores sufridores, ante su indefensión frente a los grandes propietarios bien relacionados con las autoridades locales y los caciques. Esa situación, que venía fundamentalmente de la primera mitad de siglo, impedía, según el autor, desarrollar el campo de la mano de la burguesía, como había ocurrido en Francia o en Gran Bretaña desde hacía más de cien años de escribirse la obra (1890). Denunciaba, además, Lucas Mallada la escasa alfabetización y, por consiguiente, educación y los vicios con que entretenían su ocio, en ocasiones promovidos por las propias autoridades para su adocenamiento. En definitiva, páginas y páginas, de quien había conocido muy bien el campo gracias a su profesión, cuajan ese capítulo en una cruda denuncia contra los caciques del campo y las ciudades a quienes hacía también responsables fundamentales de la inmoralidad pública.

Entre sus propuestas regeneradoras, incluía una más justa distribución de la riqueza mediante una correcta gestión; una gestión útil correspondiente a una política útil. Y esa gestión debía abarcar todos los ámbitos que contribuyeran a estimular la economía local, ayudando a las clases más humildes a salir de la pobreza; por ejemplo, mediante un sistema financiero más justo y fiable basado en cajas de ahorros, en donde la burguesía liberal tuviera un papel remoralizante. La lectura, en fin, que puede hacerse de semejante denuncia y posterior propuesta sigue siendo muy válida al día de hoy, mientras seguimos creyendo que la democracia liberal es una conquista definitiva y plenamente establecida, y no advertimos, o no queremos advertir, los peligros involutivos que la amenazan cuando se devalúan, o tratan de enmendarse distópicamente, sus conquistas.