La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Los males de la patria VII: Nuestros partidos políticos


Desde que oyeron decir que un país gobernado por sabios sería una nación desdichada, los políticos españoles se decidieron á cerrar los libros; y obtenidas sus patentes de corso, les es más cómo instruirse en la charla sempiterna de los oradores. Se trata de provocar y devolver violentos ataques, sostener utopías y delirios, socavar honras ajenas, embrollar las cuestiones, aprovechar descuidos, armar intrigas, proyectar conjuras, triturar al adversario, desfigurar los hechos y decir lo que no está en los libros”.

La desafección de los españoles con sus políticos, como ocurre en el resto del mundo, es una característica que viene de muy antiguo, tal y como textos como el de Lucas Mallada revelan. La percepción habitual de una falta de interés o de preocupación práctica por los problemas cotidianos alimenta tal desafección. El caso español reúne unas castizas características articuladas en torno a muchos de los problemas o “males” descritos a lo largo y ancho de su libro Los Males de la Patria: la falta de fe en el proyecto de Nación; la inmoralidad generalizada; y, el desbarajuste presupuestario y administrativo del Estado. Y precisamente el último capítulo de su libro lo dedicó a los actores fundamentales de la arquitectura estatal; máximos responsables de la gestión del Estado: los partidos políticos de la Restauración y sus miembros.

La crítica a los partidos políticos, organizaciones que nutrían a muchos de los responsables de los males denunciados y conformaban el conjunto del arco parlamentario de su época, se dirigió tanto a su encaje dentro del sistema constitucional como a los lastres de sus ideologías: desde el carlismo más reaccionario hasta el republicanismo en sus diferentes condiciones antisistémicas, pasando por conservadores, liberales moderados y liberales reformistas. También tuvo tiempo para analizar algunas causas de su inoperatividad, como cuando denunció la brevedad del periodo legislativo y la ausencia de continuidad en el desempeño de los cargos, que impedía desarrollar las iniciativas en una inercia insidiosa. De hecho, las propias estructuras de los partidos políticos, aún basado el sistema en la tradición westminsteriana, estaban concebidas para el servicio, mas les afectaba con virulencia la falta de unidad, las traiciones e indisciplinas que impedían una efectiva unidad de acción: “Por fortuna, ó por desgracia, los partidos se presentan ahora tan fraccionados que no son verdaderas fuerzas de acción ni de resistencia: lo cual explica la continuación en el  poder de esas cuadrillas turbulentas, ignorantes y ambiciosas que desde la muerte de D. Alfonso XII todavía gobiernan”.

Y, por supuesto, fueron las personas que componían los partidos quienes fueron objeto de su escrutinio y crítica, pues en ellos radicaba el mal. Para Lucas Mallada, tal y como se deduce en el texto de introducción, la carrera política estaba plagada de aduladores e intrigantes: el ambicioso; el díscolo sinvergüenza; el cortesano descuidado o el indiscreto podían ser los sujetos predominantes en uno u otro gobierno. Su existencia y proceder copaban los temas fundamentales del discurso político, de forma que restaban energía y tiempo para la solución de los problemas cotidianos. Por consiguiente, para el autor de Los Males de la Patria, el 99% de los políticos que ejercían cargos públicos eran indignos de tales puestos; indignidad aderezada con una supina ignorancia en su capacidad para el desempeño del trabajo encomendado, por lo que cuando eran censurados, respondían atacando al adversario con una oratoria de la política vacía y sin soluciones.

Sin embargo, Lucas Mallada no negaba cualidades en cada uno de los partidos y sus integrantes, incluidos los que, con sus idearios políticos, se situaban prácticamente al margen del sistema. Por ejemplo, de los carlistas llegó a escribir sobre “…las bellas cualidades de abnegación y de patriotismo, de honradez y de firmeza á muchos absolutistas; pero les juzgamos bastante apartados de la realidad”; aspecto, éste último, compartido por  los republicanos, quienes sufrían, entonces, el sambenito del desorden de la I República, con el consiguiente rechazo de la mayor parte de la población: “Gran parte del vulgo entiende que república es palabra sinónima de desorden, y los mismos republicanos cuidan á toda hora que el vulgo no salga de ese error”. 

Por otra parte, conservadores y liberales, aunque reunían una consentida y variopinta amalgama en sus respectivas ideologías, estaban indisolublemente unidos al sistema, al que sostenían. Aun mermados por la nociva actividad de sus ovejas negras, no dejaban de prestar un servicio al trono mediante la gestión del Estado; a lo que Lucas Mallada insistía en que la eficacia de tal servicio se acrecentaría si pusieran más empeño en corregir “los males originados por todos los gobiernos”, poniendo fin, entre otras cosas, al turnismo, al que consideraba primer causante de los problemas del país: “Harto y desengañado este último de los programas políticos, que ya nada nuevo le dicen ni en nada le conmueven, el partido conservador debe preparar con urgencia un plan de reformas administrativas y económicas…” que deberían paliar los problemas denunciados por el autor. 

Desconfiado de sus contemporáneos, Lucas Mallada confió en las generaciones venideras para mejorar el sistema político. A ellas dedicó las últimas líneas de su publicación, en un tono muy esperanzador y, a la vez, clarividente: “Cuando nos reemplace a generación que nos sigue, cuando otros hombres sustituyan á los de ahora, esa juventud que no sufrió las tristezas de la derrota, ni el desmayo de las ingratitudes, ni el desencanto de las traiciones; esa juventud, noble y generosa, que no querrá una patria envilecida y despreciada, que no querrá una patria corroída por bajas pasiones y miserables rivalidades; esa juventud, que no querrá una patria empobrecida y son aliento, se alzará con brío para regenerarla. Si para entonces los partidos monárquicos se hallan mejor organizados que ahora, esa juventud aclamará entusiasta la mayor edad de Don Alfonso XIII, y llena de patrióticas esperanzas, procurará días más gloriosos á nuestros sucesores. Pero si los males de la patria continúan sin enmienda, si á los males de ahora se agregasen otros nuevos, esa juventud querrá respirar atmósfera más pura, volverá los ojos á la República, querrá acomodar el país á nuevas instituciones; y entre esa juventud unida y compacta, fuerte y animo, resonará la voz de algún caudillo que arrastrará en pos de sí toda la masa al grito de ¡Viva España con honra! ¡Abajo  los explotadores de la Nación! ¡Paso á la Revolución Española!”.

(Imagen: «Congreso Diputados» por AlessOnFire. Licencia: CC BY-NC-SA 2.0)