La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Los males de la patria VIII: Su alarmante actualidad

Existe en España un conformismo impregnado de resignación que poco ha variado del que denunciaba Lucas Mallada en su momento.

“Si amáis la patria, si amáis la monarquía, si en lago estimáis vuestra honra y vuestra dignidad, haced algo, monárquicos, haced pronto algo. No despreciéis la  voz de los amigos que os advierten el peligro y que, inspirados por el patriotismo, con la mejor buena fe, desean ayudaros á vencer las dificultades que por delante se presenta, para calmar el malestar del país, el creciente disgusto de la masa trabajadora, todavía tranquila (…) dejad (…) los embrollos administrativos, vuestra rastrera política; no descuidéis los graves problemas económicos, so pena de que pronto nos llevaréis al borde del precipicio. Si á él nos conduce vuestra torpeza y vuestra ceguera. Si entre peñascos y atolladeros rodamos, al fin, por los abismos, sufrid que la república federal se cierna sobre la patria, no como remedio, sino como castigo á tanta farsa, á tantos descuidos, á tantos despilfarros, á tanta inmoralidad. Y si tamaña catástrofe aconteciera, ¡mil veces maldecidos y execrados en el libro de la Historia!”

Quiero acabar esta serie de columnas sobre la obra de Lucas Mallada, Los males de la Patria, publicada en 1890, con una serie de reflexiones sobre la terrible contemporaneidad de sus contenidos, los cuales a cualquier lector provocarían su alarma con su lectura, tal y como me ocurrió. En efecto, alarma; esa palabra la repetí en más de una ocasión en las anteriores entregas que analizaban la obra de nuestro pre-regeneracionista. Alarma porque advertía que algunos males denunciados poseían tal condición de actualidad, que provocaban hasta perplejidad en su vigencia. No es casualidad que haya querido comentar con detenimiento las páginas de aquella obra, pues me ha servido para poner de manifiesto algunos casos de desconcertante paralelismo entre la España de la Restauración y la actual; también denominada en algunos ámbitos exóticos de la extrema izquierda española como “segunda restauración borbónica” con evidente interés.

Con una obra que fue redescubierta en pleno franquismo, y los cambios estructurales y sociológicos operados desde entonces, llama la atención precisamente la revitalización, o tal vez latente pervivencia de atrás, con la instauración de la democracia, de algunos de los problemas planteados en el último cuarto del siglo XIX, que, nosotros, los españoles del siglo XXI, percibimos acrecentados a partir de la depresión económica de 2008 y la consiguiente crisis de los partidos políticos. De hecho, resulta especialmente significativo que las críticas hacia el Estado, tanto provenientes de sus enemigos como de quienes aspiran a mejorarlo desde dentro, coinciden en muchos aspectos con problemas sistémicos planteados hace más de cien años; y, también es interesante advertir cómo las soluciones propuestas son plenamente concurrentes para unos y otros. Si acaso, a diferencia de entonces, si en ocasiones asistimos habitualmente a su falta de resolución, en otras admiramos su acometida, a veces, eso sí, impuesta por la Unión Europea, entonces realizada a regañadientes.

Existe en España una fuerte desafección hacia la política; la ciencia responsable de la gestión del Estado. Una explicación muy común proviene del hastío provocado por graves episodios de corrupción y sostenido despilfarro presupuestario, que se producen, además, con pasmosa regularidad. La percepción del problema gracias al acceso a la información es mayor que hace cien años, pero la respuesta es prácticamente la misma, debido, en parte, a la fuerte intimidad social que suele acompañar a la indolente alternancia: existe en España, en consecuencia, un conformismo impregnado de resignación que poco ha variado del que denunciaba Lucas Mallada en su momento.

Pero no todo está perdido. Si en el siglo XIX, Lucas Mallada denunciaba ese conformismo, que se adornaba de indolencia, pereza y, sobre todo, de apatía en todas las clases sociales para afrontar los problemas de la nación, lo cierto es que en la España del siglo XXI la sensibilidad de los españoles, merced a su nivel educativo y las posibilidades de participación democrática, les ha conducido a ser más decisivos frente a esos problemas. La responsabilidad del pueblo soberano, por tanto, es hoy incluso mayor que hace cien años, donde el inmovilismo institucional y el caciquismo acotaban cualquier posibilidad real de cambio. De hecho, hoy día aún debemos maximizar la calidad del sistema democrático con listas abiertas y una transparencia real en la gestión política; todavía muy ensombrecida por la extrema verticalidad de los partidos políticos, que siguen condicionando las posibilidades ciudadanas de ser auténticos partícipes de cambios reales que perfeccionen en sistema.

Lucas Mallada denunció a las élites de su tiempo, pues alimentaban el sistema de cosas y toleraban las prácticas corruptas en una Administración cada vez más laberíntica y con una justicia abrumada y sobrepasada; peligros que no han desaparecido a pesar de la responsabilidad ciudadana en su gestión, y en la libertad que goza la justicia para perseguir al malhechor. Tristemente, sigue habiendo una percepción generalizada de la cosa pública como un leviatán incontrolable e irreformable que supone un despilfarro de la Hacienda cuando no una truculenta malla legislativa y normativa autonómica que ha provocado en más de una ocasión una consiguiente desigualdad territorial. De hecho, existe una muy negativa percepción hacia los entes autonómicos, donde no pocos políticos depredadores han maniobrado a la sombra de parlamentos, gobiernos e instituciones regionales o autonómicas, para acabar siendo objetivos para investigadores y jueces.

Pero ni la política ni los políticos deberían ser el problema, sino la solución para los problemas de España. Muchos españoles soñamos con un sistema donde no exista el abuso por parte de quienes hacen de la política y la gestión de lo cotidiano una forma de vida y no un temporal servicio a sus iguales. Si a finales del siglo XIX, muchos de esos malos políticos se escondían tras los discursos pomposos y engolados, muchas veces vacíos, no es necesario consentir una repetición de aquellos errores que resten energía y tiempo para la solución de los problemas reales de los españoles. Hoy más que nunca necesitamos políticos que remienden los males de España desde el propio sistema, no quienes quieran destruirlo o hacerlo languidecer mientras se acomodan ante los problemas. Y deben ser políticos prestos, clarividentes, como el contemporáneo a Lucas Mallada, Antonio Maura, cuyo fracaso y acoso al que se le sometió –conviene también indicarlo-, condenó al régimen constitucional liberal de 1876. La lectura, por tanto, que puede hacerse de la denuncia y propuesta de 1890 sigue siendo muy válida al día de hoy, mientras seguimos creyendo que la democracia liberal es una conquista definitiva y plenamente establecida, y no advertimos, o no queremos advertir, los peligros involutivos que la amenazan cuando se dejan pudrir, o tratan de enmendarse a la ligera, sus conquistas.

En 1890 Lucas Mallada evocaba a una España que podía ser una gran potencia, cuyas oportunidades iban perdiéndose una y otra vez con la complicidad de muchos y el hastío de otros. No permitamos que vuelva a ocurrir.