La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Matar el recuerdo

Para destruir por completo al adversario, los comunistas se servían de las estructuras de un proceso judicial de modo que todo pareciese legítimo, pero sin que el acusado tuviese jamás la menor posibilidad de ser absuelto.

Hace 70 años comenzaron las detenciones que condujeron, ya en 1952, al Proceso de Praga, al que a veces se alude en plural como “procesos”. En efecto, a Vladimír Clementis (1902-1952), exministro de Asuntos Exteriores de la República Socialista Checoslovaca, y a Rudolf Slánský (1901-1952), exsecretario general del Partido comunista de Checoslovaquia, los arrestaron en febrero y noviembre de 1951 respectivamente. Tenemos, pues, una ocasión de recordar las purgas y los juicios farsa que se prodigaron en las “democracias populares” en la década de los 30 y en los años posteriores a la II Guerra Mundial.

El juicio público era un engranaje particularmente eficaz en la maquinaria de la destrucción de los opositores al comunismo. Naturalmente, la eliminación de las personas incómodas podía ejecutarse de otras formas; por ejemplo, la sospechosísima muerte de Solomón Mikhoels (1890-1948) en Minsk un frío día de enero. Lo presentaron como un atropello con fuga, pero en realidad todo parece indicar que el camión le pasó por encima cuando ya estaba muerto. Lo más probable es que lo matasen en una casa franca de los servicios secretos. Mikhoels había sido un destacadísimo intelectual (nada menos que fundador del Teatro Judío Estatal de Moscú y presidente del Comité Judío Antifascista) así que le dieron un funeral de Estado para que nadie sospechase el móvil antisemita que subyacía a su muerte. Este es el problema político: un presunto accidente así no sirve para acabar con un hombre después de muerto. 

No. Para destruir por completo al adversario, los comunistas se servían de las estructuras de un proceso judicial -detención, investigación, acusación, enjuiciamiento y fallo- de modo que todo pareciese legítimo, pero sin que el acusado tuviese jamás la menor posibilidad de ser absuelto. Desde el arresto y su ejecución -de noche, en su casa, medio dormido o en público, delante de sus amigos para escándalo de todos- iba acompañada (o aun precedida) de una formidable campaña de desprestigio en la prensa. Colaboracionista, revisionista, traidor, espía, saboteador… Los cargos eran lo de menos siempre que sirviesen para aislar a la persona: quien se solidarizaba, se convertía a su vez en sospechoso.

Al detenido se lo torturaba -privación de sueño durante interrogatorios interminables, palizas con porras, periodos de más de doce horas de pie hasta que se desplomaba- porque lo más importante era que confesase, es decir, que se reconociese culpable. Debía firmar su declaración porque así él se convertía en su principal acusador y su palabra devenía la principal prueba de cargo. 

El Proceso de Praga sirvió como cobertura para una purga política de tintes antisemitas desatada contra Slánský, Clementis y otros doce miembros del Partido Comunista de Checoslovaquia. Diez de los acusados eran judíos. La acusación era la participación en un complot titoista, sionista y revisionista. De los 14 acusados, a 11 los condenaron a muerte. A los otros tres, les cayó cadena perpetua. Uno de esos tres fue Artur London (1915-1986), que fue liberado en 1955 después de la muerte de Stalin.

Huelga decir que todos los acusados eran inocentes de esos cargos. Eran, en general, comunistas de la primera hora. Algunos habían servido a la URSS antes de la guerra. A London lo había entrenado el NKVD y había estado en España durante la Guerra Civil trabajando para el Servicio de Información Militar, el siniestro SIM, de la República. Eran culpables de muchas cosas, pero no de ese complot que se habían inventado los comunistas para depurarlos. A Clementis, que salía en una famosa fotografía de 1948 con Klement Gottwald (1896-1953), presidente del Partido Comunista de Checoslovaquia, lo ahorcaron y esparcieron sus cenizas de camino a Praga. A la viuda le entregaron sus pipas y el tabaco. También lo borraron de la fotografía de marras.

Para los comunistas, no sólo había que matar el cuerpo. 

También había que matar el recuerdo.