La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Memoria de Babi Yar

Babi Yar rompía la narración de una lucha unánime de los pueblos de la URSS contra la invasión fascista.

Sucedió pocos días después de la caída de Kiev en manos de los alemanes. La invasión había comenzado el 22 de junio de 1941. A pesar de algunas defensas heroicas como la de Brest, los ejércitos del III Reich se adentraron con rapidez y profundidad en el territorio soviético. La ciudad ucraniana cayó el 19 de septiembre.

Una semana después, los nazis resolvieron acabar con toda su población judía. El 28 de aquel mes se cursaron las órdenes para que, al día siguiente, los judíos se reuniesen a las 8 am en la esquina de las calles Melnikova y Dokterivskaya listos para su traslado. Quien no lo hiciese, rezaba la orden de los ocupantes, sería ejecutado. Los hicieron marchar hasta el barranco de Babi Yar, al noroeste de la capital. Allí les ordenaron entregar todos sus objetos de valor, desnudarse y caminar hasta el borde del precipicio en grupos de diez. Allí, durante los días 29 y 30, el IV Comando de los Einsatzgruppen -los sanguinarios grupos de exterminio de las SS-, ayudado por policías alemanes y ucranianos, fue tiroteando grupo tras grupo. A los dos días, la fosa común contaba con 33 771 cadáveres.

La matanza se prolongó durante meses. Se alcanzó la cifra de 100 000 asesinados entre judíos, gitanos y prisioneros de guerra soviéticos. Sería un error pensar que no hubo intentos de fuga, pero quienes trataron de escapar terminaron entregados a los nazis por los ucranianos colaboracionistas.

Este año se cumplen, pues, ochenta años de la matanza de Babi Yar.

Los nazis trataron de ocultar las huellas del crimen en julio de 1943, después de la derrota de Stalingrado y cuando la guerra, definitivamente, se les volvía adversa. Las semanas de aquel verano marcarían la retirada de los invasores. A partir de ese año, el III Reich sólo libraría batallas defensivas contra el avance soviético. El intento de destruir los restos que delataban la matanza fue parte de una operación mucho mayor -la Aktion 1005- tendente a propiciar la impunidad del exterminio de los judíos europeos. Había comenzado en junio de 1942 y se prolongó hasta finales de 1944. Se quemaron cuerpos. Se removieron tierras. Se las aplanó y se las sembró. Brotó vegetación sobre los restos mortales de miles de seres humanos.

Al terminar la guerra, el recuerdo de Babi Yar era problemático. Por una parte, era un crimen de los invasores que permitía mostrar la atroz magnitud de su maldad. Por otro lado, planteaba preguntas terribles sobre la colaboración de los ucranianos y, más en general, el apoyo que los nazis habían encontrado en su invasión de la Unión Soviética. Babi Yar rompía la narración de una lucha unánime de los pueblos de la URSS contra la invasión fascista.

Stalin prefirió el eufemismo a la verdad. La versión de los hechos divulgada por las autoridades soviéticas diluía la destrucción de los judíos: “Los bandidos hitlerianos llevaron a docenas de miles de civiles a la esquina de las calles Dokterivskaya y Melnikova. Los carniceros los llevaron a Babi Yar, les quitaron sus pertenencias y luego los mataron a tiros”. La investigación que Ilyá Ehrenburg y Vasili Grossman condujeron sobre el exterminio de los judíos en la Unión Soviética a manos de los nazis terminó sumida en el silencio. En 1947, las autoridades prohibieron su publicación. En 1961, ya en tiempo del Deshielo de Khruschev, el poeta Yevgeni Yevtushenko escribía “no hay monumentos acerca de Babi Yar”. Al año siguiente, en julio de 1962, Shostakovich compuso su estremecedora Sinfonía nº 13 con una composición coral a partir de los versos de Yevtushenko. En 1976 se erigió un memorial a las víctimas soviéticas. Hubo que esperar hasta la destrucción de la Unión Soviética para que comenzara a recordarse la matanza de los judíos.

El Holocausto sigue formulando preguntas terribles e imponiendo responsabilidades muy graves sobre la conciencia de Europa. Hubo un tiempo, entre 1938 y 1941 aproximadamente, en que parecían invencibles. Sólo unos pocos mantuvieron la lucidez necesaria para ver que el futuro no podía ser un proyecto de muerte y tiranía como el que encarnaban Hitler y sus hombres. Babi Yar sigue alzándose como un signo de interrogación sobre el devenir de nuestro continente. El nacionalsocialismo, uno de los hijos totalitarios de la modernidad, rindió culto a la raza y la sangre. Recurrió a la ciencia para justificar la eutanasia y la eugenesia. Se entregaron a ellos departamentos enteros de las universidades y las instituciones de investigación. Quienes debían haber defendido la razón y la verdad estuvieron entre los primeros que las abandonaron. El camino a Babi Yar comenzó mucho antes de la invasión de junio de 1941. 

Comenzó cuando Europa se traicionó a sí misma y a la tradición de humanismo que representaba. 

(Imagen: «Ejecución, Babi Yar» por Felix Lembersky. CC BY-SA 3.0)