La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Autobús incinerado en Cali (Imagen: El País CC BY-SA 4.0)

Memorias en un gulag colombiano

Es muy difícil desconocer similitudes con los colectivos que destruyeron la economía de Venezuela, Argentina y Chile.

Tal vez la edad que padezco hoy día, cincuenta, me impide sentir más dolor. 

Pero hay sufrimiento y mucha tristeza en mí, en el aire, en las voces conocidas y en las miradas desconocidas y casi ocultas por un antifaz que nos borra la identidad.   

Porque en Colombia, tras décadas de vivir y sufrir una y otra vez los abusos, secuestros, torturas y holocaustos de las guerrillas, ahora también debo vivir, no solo los estragos de la primera pandemia del siglo, también los ataques indiscriminados a la población por parte de todos los violentos que pretenden conseguir mediante sus autollamadas “formas de lucha” aquel poder que les fue negado en las urnas. 

Pensé que los primeros días de la última devastación serían los más duros. 

Cada día hay más violencia y destrucción y una profunda crisis de valores morales.

Me equivoqué y mucho. Cada día hay más violencia y destrucción y una profunda crisis de todos aquellos valores morales, con los que me formaron. 

En nuestros cementerios, los muertos viejos deben dejar sitio a los muertos jóvenes. Y es muy fácil ser un muerto viejo, porque los colombianos mayores de 50 somos moribundos crónicos condenados por las guerrillas.

Hace décadas que nada nos pertenece en Colombia. Hemos sido desahuciados una y otra vez. En abril del 2021 fue por un llamado Paro Nacional. Sí, uno de los tantos Floreros de Llorente, con la que la historia de los colombianos ha sido allanada por la muerte y las violencias.

En este caso fue un borrador de “Reforma Tributaria”, propuesto por el presidente Iván Duque, elegido en democracia latinoamericana, es decir, con votos contra otro candidato, un guerrillero amnistiado, Gustavo Petro, y en medio de toda una pandemia. 

La Revista Semana, una de las más leídas en Colombia.

En medio de una tragedia en salud pública, que a través de los encerramientos indiscriminados y sin evidencia científica sobre su real impacto, más las ideologizadas políticas públicas de salud, ha dejado cerca de 88 mil muertos y a una población cuya salud mental está afectada por los abusos de alcohol, las sustancias psicoactivas, la suspensión de medicamentos y tratamientos para los pacientes crónicos y la pobreza monetaria, que subió un 42.5% en el 2020.

Un borrador de reforma tributaria presentado, meses después de que los colombianos fuimos informados, mas no consultados, de que el Gobierno legalizaría a cerca de 2 millones de venezolanos, por un período de 10 años. 

La reforma contemplaba gravar con más impuestos a la clase media y a los ricos, con el argumento de que debíamos redistribuir la riqueza y subsidiar a los pobres e inmigrantes y pagar la exorbitante deuda externa.

Entonces, una vez más, Colombia volvió con su karma. En un escenario hilarante donde una y otra vez volvieron a reunirse los abusos de “Los Elegidos”, de una sociedad privilegiada, que siempre prioriza lo extranjero, porque no ha tenido jamás curiosidad por su pasado (Michelsen, 1953), con la crueldad y furia del médico revolucionario Jean Paul Marat, imitada por las guerrillas latinoamericanas, nacidas en una descontextualizada Teología de la Liberación y la psicopatía de algunos curas y médicos. 

Así, Colombia volvió a estallar y nuestro mundo se volvió a llenar de violencia, fuego, sangre y miedo. 

No hay karma sin acción, sin conducta concreta, no hay karma sin intencionalidad, ni hay karma sin elección, aunque se trate de una elección lejana o compulsiva. A veces puede parecer que estas elecciones están enajenadas, pero, esto siempre es por la disociación entre aquello que se eligió y las posibilidades que el individuo dejó escapar, el aspecto de alienación es siempre un subterfugio moral para eludir las responsabilidades de los propios actos realizadas a posteriori, una forma de pretexto racional.” (Traver, 2008)

Ahora hay violencias a lo largo y ancho de Colombia. Hay personas encapuchadas quemando estaciones de policía con estos adentro, disparando indiscriminadamente en cientos de marchas propiciadas por los eternos sindicatos de maestros y políticos, insertados por décadas en el presupuesto y vida de los colombianos

Gustavo Petro invade la vida de los colombianos con un discurso populista, bolivariano y sustentado en el más profundo castrochavismo.

Su máximo líder, Gustavo Petro, sin poderse evidenciar dónde está, invade y esparce en la vida de los colombianos, día a día, y desde que no fue elegido presidente, con un discurso populista, bolivariano y sustentado en el más profundo castrochavismo, su odio de clases y rebelión contra el gobierno. 

Tras varias semanas, estoy viviendo en un gulag donde los alimentos escasean y cada día son más costosos. Las carreteras de las principales capitales del país están bloqueadas por hordas de manifestantes, que están aplicando el llamado “Plan Pistola” contra las fuerzas del orden, y se meten a los barrios de ricos y clase media.

En este punto ha sido difícil abastecer a los acueductos de los insumos necesarios para hacer potable el agua. En los supermercados tradicionales no hay suficiente comida. En las granjas, miles de aves han muerto por falta de alimento y se han perdido cientos de cosechas.

Los toques de queda nocturnos no han podido impedir las violencias entre las personas. El ejército debe escoltar la comida destinada a los niños más necesitados. 

Si la pandemia ha impedido que las personas lloren a sus muertos, el vandalismo obliga a que los cadáveres no puedan ser reclamados.

Si las características de la pandemia han impedido que las personas lloren a sus muertos, el vandalismo obliga a que los cadáveres no puedan ser reclamados, puesto que hay retenes de ciudadanos que impiden la movilidad al interior de las ciudades y por las carreteras rurales. 

Así, el líder mayor de la oposición tiene una impúdica manera de arrancar en las redes sociales, sus bienes a los ricos para anunciar cómo serán redistribuidos a los pobres. Pero nunca ha hablado de cómo se producirán los bienes y servicios que demandará la población.  

En este gulag las misiones médicas son asaltadas y no hay medicamentos para los pacientes renales, ni oxígeno para las UCIS, pues vías y carreteras continúan bloqueadas por miles de indios agrupados en la llamada Minga y encapuchados armados.

Nuestros gobernantes han sido engullidos por ese movimiento progresista cuyas palabras comunes se repiten a lo largo y ancho de América Latina.

Siento que he sido traicionada por aquellos por quienes voté. Nuestros líderes y gobernantes han sido engullidos por ese movimiento progresista cuyas palabras comunes se repiten a lo largo y ancho de América Latina. Igualdad, redistribución, equidad, paz, solidaridad y subsidios.

Y se les olvidaron las más importantes: respeto, justicia, no impunidad para crímenes, productividad y libertad. Ahora, cuando puedo salir de mi gulag para ocupar otro por algunos momentos, solo veo rostros de inmigrantes, rabia, resentimiento y miedo. Hay que transitar en silencio, con miedo y furtivamente. 

Hay censura para quienes invocan la Ley y el Orden, mientras las fotos e imágenes de los policías irrespetando los derechos humanos de los manifestantes inundan el mundo.

Los medios tradicionales de comunicación y las redes sociales están informando notoriamente del lado de ONGs, políticos afines y oposición. Hay censura para quienes invocan la Ley y el Orden, mientras las fotos e imágenes de los policías irrespetando los derechos humanos de los manifestantes inundan el mundo. Periodistas de la talla de Patricia Janiot, le faltan el respeto a un jefe de estado y le preguntan si es un títere de alguien más. Ni la legendaria Oriana Fallaci se atrevió a hablarle así a un Ho Chi Minh dictador y tirano.

Pero lo único cierto y real es que, en medio de una sangrienta confrontación, donde hay miles con antifaz y que están armados con pistolas, cuchillos, bombas incendiarias y un odio feroz contra el gobierno y los ricos, es muy difícil desconocer similitudes con los colectivos que destruyeron la economía de Venezuela, Argentina y Chile, y que hay intereses que trascienden nuestras fronteras, así como la voracidad de unos políticos por obtener un poder que no lograron en las urnas.

Es cierto que hay integrantes de la fuerza pública que han cometido desmanes y que deben responsabilizarse por sus abusos ante la ley.

De otro lado, es cierto que hay integrantes de la fuerza pública que han cometido desmanes y que deben responsabilizarse por sus abusos ante la ley y los colombianos que creemos en ellos como defensores de nuestra nación.

Hay algunos diálogos entre el gobierno y los manifestantes. Todos estériles porque los promotores de este paro anuncian que continuarán.

Los colombianos necesitamos volver a soñar con una mejor vida.  ¿Mas está en vos? Es difícil ante la presencia de organismos internacionales ideologizados y de una generación de políticos colombianos que no han amado genuinamente a los ciudadanos que dicen representar, unos pobres diablos, cuya fermentación del espíritu no fue más que un brote de sangre que debió desaparecer con su juventud. Sangre representada por tiranos y asesinos de revoluciones genocidas.

Hoy estoy ensayando una nueva forma de sentir. Así pasa un poco el dolor y la tristeza. He tenido tiempo y necesidad de leer mucho. Especialmente aquellos libros que alivian mi alma. Que le dan sentido a mi vida y me detengo en un hermoso texto de Marguerite Yourcenar:

“No te he dado ni rostro, ni lugar alguno

Que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular

¡oh Adán¡, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien

Los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo.

Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. 

No te he hecho ni celeste ni terrestre, ni mortal; ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma.” 

Pero hoy veo una Colombia saciada que se revuelca en dolor y violencias. Cuando se nos tortura en exceso, como lo han hecho por décadas, nos auxilia la apatía. Especialmente de aquellos que sueñan con el poder y el dinero. Hay vientos de guerra civil.