La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Miklós Cseszneky: «Un Gobierno de Matteo Salvini causaría muchos quebraderos de cabeza para las élites europeas»


Miklós Cseszneky, conde de Milvány y Csesznek, es consultor, docente, coach y terapeuta. Estudió Derecho, Relaciones Internacionales, Comercio Internacional, Administración de Empresas Internacionales, Profesorado (Geografía, Historia, Filosofía, Español e Inglés), Psicología, Terapia Matrimonial y Familiar, Coaching, Sofrología y Acupuntura Adictológica en diferentes universidades y escuelas de negocios de Hungría, Argentina, México, España, Francia, Estados Unidos e Inglaterra. Ha sido corresponsal de guerra, director de campañas electorales y asesor en asuntos exteriores del Foro Democrático Húngaro. Es miembro del Consejo Científico Internacional de la revista La Razón Histórica. Habitualmente colabora en diferentes medios de comunicación a nivel internacional. Recientemente, Cseszneky ha prologado el libro De la Liga Norte a la Lega, del que es autor el profesor Sergio Fernández Riquelme, y que ha sido publicado por la editorial Letras Inquietas.

La lectura diaria de los medios de comunicación genera la sensación de que, parafraseando a Marx y Engels, un nuevo fantasma recorre Europa: el fantasma del populismo de derechas. ¿Qué hay de verdad y qué hay de mentira en esta afirmación?

Varios acontecimientos políticos de los últimos años (el inesperado triunfo del Brexit, la elección de Trump, la consolidación de los gobiernos nacional-conservadores en Hungría y Polonia o el reciente éxito de Vox en España) han sido interpretados por los analistas biempensantes como signos del surgimiento de un nuevo populismo de derechas que pretende arrasar todo Occidente. Sin embargo, lo que realmente ha sucedido es una reacción popular, en diferentes países, frente al dominante consenso político-tecnocrático que ha dominado la vida pública de la mayoría de los países europeos (y norteamericanos) durante las últimas décadas. El ciudadano común se ha rebelado contra las élites y su visión globalista y ajena a la realidad cotidiana. Ese desafío popular pudo articularse tanto en la derecha como en la izquierda. Por ejemplo, en Italia el Movimento de Cinco Estrellas desafía el status quo con una retórica principalmente izquierdista, mientras la Liga de Salvini lo hace desde la derecha. No obstante, no es casualidad que -pese a las inevitables tensiones ideológicas que al fin resultaron en la disolución de su coalición- durante un buen rato lograron gobernar juntos, teniendo en común su rechazo al establishment. Ya es otro asunto que los populismos de izquierdas -como ha sucedido en Italia, pero también podríamos citar el caso de Podemos en España- en el fondo no cuestionan la hegemonía cultural progresista, sino la llevan a un extremo, dándole dimensiones totalitarias. Eso no debería sorprendernos si tenemos en cuenta las raíces neomarxistas de muchas corrientes progresistas. Los llamados populismos de derechas, en cambio, parecen cumplir con su rol asumido y se atreven a desafiar el consenso woke en sus respectivos países, lo cual facilita que, en cierto modo, realmente se conviertan en un fenómeno político importante a nivel europeo.

Bajo su punto de vista, ¿cuáles son los motivos que han llevado a electorados tan diferenciados como el español, el italiano, el francés o el húngaro a apoyar masivamente a estos partidos?

La situación de cada uno de esos países es diferente y, por consiguiente, los partidos a menudo clasificados como populistas de derecha también dan respuestas diferentes a los problemas y desafíos que perciben en su derredor. Sus recetas económicas, su modelo de Estado preferido o sus ideas con respecto a la Unión Europea pueden ser muy dispares, sin embargo, tienen un denominador común: el rechazo a la hegemonía ideológico-cultural existente. En el nombre del ciudadano común, cuyos valores, costumbres y tradiciones han sido ridiculizados por las élites políticas, mediáticas y académicas, esos partidos desafían la ideología impuesta por unos autodenominados expertos que se sienten ungidos para guiar a las masas que, según esos profetas del progreso, no saben lo que realmente les conviene. Las nuevas derechas populistas defienden el arraigo, la identidad, la continuidad histórica de la nación y el sentido común frente al globalismo uniformizante y el buenismo ingenuo que se guían por conceptos meramente teóricos pero nunca probados. En este sentido, pese a la indudable presencia de la demagogia entre las diferentes agrupaciones de la derecha populista, esos movimientos también representan algo del espíritu conservador, haciendo frente al adanismo de la tiranía ideológica progresista, heredera de la Revolución francesa y la Escuela de Fráncfort.

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Lo que tienen en común es su postura en la guerra cultural que se está librando en todo Occidente, sobre todo en temas como la soberanía nacional o identidad cultural. Ni que decir tiene que, pese a las semejanzas ideológicas y actitudinales, se pueden observar muchas diferencias entre fuerzas políticas tan heterogéneas. Por ejemplo, aunque a todos esos partidos les caracteriza cierto grado de euroescepticismo, eso va desde el euroescepticismo moderado de Vox o Fidesz -que sólo rechazan el federalismo, pero no quieren abandonar el proyecto europeo- hasta el euroescepticismo mucho más duro de la Agrupación Nacional (y su predecesor, el Frente Nacional) de Francia que, hasta la revisión de su programa en 2019, seriamente contemplaba la posibilidad del Frexit. El problema de la inmigración ilegal también ocupa un lugar prominente en los discursos de todos los líderes de los partidos mencionados, pero ese tema tampoco tiene la misma repercusión electoral en todos los países.

Dentro del llamado populismo de derechas se engloba o se hace tabla rasa a partidos como Vox en España, la Lega en Italia, Agrupación Nacional (antiguo Frente Nacional) en Francia, Alternativa para Alemania, Fidesz en Hungría, etc. ¿Qué tienen en común estas formaciones y qué les separa?

Es particularmente interesante el caso de Vox, que ha logrado integrar – hasta ahora con éxito- tres corrientes afines, pero no del todo compatibles, a saber: el liberalismo conservador, el catolicismo político y el nacionalismo identitario español. El programa económico del partido se basa en principios liberal-conservadores y, por ende, está muy lejos de las ideas intervencionistas y proteccionistas de Marine Le Pen. Los buenos resultados electorales de Vox en gran parte se deben a su férrea defensa de la unidad nacional e integridad territorial de España, lo cual ya ha causado fricciones con la Liga italiana (que prácticamente nace como un movimiento separatista en el Norte de Italia) y también con la Alternativa para Alemania, cuyos políticos albergaban cierta simpatía hacia el independentismo catalán. Tal vez, la mayor semejanza a nivel programático el partido de Abascal la tiene con el Fidesz de Hungría, y si Viktor Orbán al fin decide abandonar el Partido Popular Europeo, su partido probablemente se unirá al Grupo de Conservadores y Reformistas Europeos al que pertenece Vox, al igual que el aliado más cercano del primer ministro húngaro, el partido polaco Ley y Justicia (PiS).

En el caso concreto de Hungría, ¿cómo ha conseguido Viktor Orbán y su Fidesz lograr semejante apoyo popular en sucesivas citas electorales?

Sin lugar a dudas, Viktor Orbán es el estadista con mayor talento político que ha tenido Hungría desde la caída del comunismo. Orbán, que en su juventud profesaba ideas liberal-progresistas y estudió en Oxford con una beca de George Soros, evolucionó gradualmente hacia posturas más conservadoras y, con buen sentido estratégico, supo cómo ocupar en el espacio político el lugar que había quedado vacío en la derecha después del desmoronamiento del Foro Democrático Húngaro, el partido de centroderecha que había liderado el primer gobierno democrático entre 1990 y 1994. Durante los años, su partido, el Fidesz, poco a poco ha integrado o aniquilado a todos sus rivales en la derecha. Aprendiendo de varios chascos electorales, Orbán convirtió al partido en una máquina electoral, con miembros y activistas extremadamente disciplinados. Al mismo tiempo, gracias a sus alianzas con sectores empresariales, adquirió su propio imperio mediático, lo cual le permitió entrar en batalla con la prensa izquierdista en igualdad de condiciones.

Orbán también entendió que, después de medio siglo de socialismo, el húngaro promedio exige que el Estado juegue un papel más activo en la sociedad de lo que las recetas del liberalismo económico recomiendan. De ahí viene el modelo económico húngaro que, por un lado, pretende crear una nueva burguesía nacional y garantizar las necesidades básicas de la población y, al mismo tiempo, atraer la inversión extranjera y con medidas fiscales incentivar la actividad económica. Hoy día, Hungría tiene el mayor crecimiento en la UE y el nivel de paro se halla entre los más bajos.

Las medidas económicas del gobierno húngaro son inseparables de las cuestiones valóricas. Por ejemplo, las políticas pro-familia de Orbán van de la mano de su modelo tributario. El hecho de que en Hungría el subsidio por desempleo sólo se cobre durante tres meses tiene que ver con la visión orbanista de una sociedad basada en el trabajo.

El primer ministro también aprovechó la crisis migratoria para afirmar la identidad húngara frente al multiculturalismo de Europa occidental. En esta línea, Hungría también ofrece protección y ayudas a los cristianos perseguidos, sobre todo en Medio Oriente, en señal de reconocimiento del papel que el cristianismo ha tenido en la historia del país.

Todo eso ha contribuido a los sucesivos éxitos electorales de Fidesz. Sin embargo, a nadie debe tanto Orbán como a la izquierda húngara. Desde que en 2006 se filtrara una grabación en la cual el entonces primer ministro socialista, Ferenc Gyurcsány, reconoció que había falsificado las cuentas del Estado y que había mentido al electorado, la izquierda húngara no da pie con bola. La falta de credibilidad, ideas y líderes con suficiente visión política ha reducido a los socialistas y sus aliados progres a la insignificancia total de la cual sólo ahora parecen salir, según indican los logros electorales relativos de la oposición en los comicios locales del año pasado.

¿Qué ideas-fuerza defendidas por Fidesz son exportables a España? ¿Puede ser este partido un ejemplo a seguir por Vox?

Varios puntos programáticos de Fidesz podrían ser adaptados a la realidad española. De hecho, la defensa de las fronteras, el rechazo al multiculturalismo, la protección de la familia natural, así como incentivar la natalidad, reafirmar la identidad histórica de la nación, hacer frente a la hegemonía cultural progresista, desafiar teorías acientíficas (como la ideología de género), etc. son ideas que tanto Fidesz como Vox comparten. También la política fiscal húngara o las medidas de reinserción laboral que han dado buenos resultados en Hungría podrían ser implementadas en España.

Al mismo tiempo, Vox, como fuerza nueva en la arena política, debe prevenir las sospechas de corrupción y acusaciones de clientelismo que han surgido alrededor de Fidesz. Mientras en un país tan fragmentado por autonomías como España cierto grado de centralización sería una medida sensata, el excesivo control central que puede observarse en Hungría difícilmente sería adaptable a las circunstancias españolas. La conflictividad y demagogia simplista del primer ministro húngaro también entrañan graves riesgos políticos.

En los últimos años, Matteo Salvini se ha convertido en una de las figuras políticas más polémicas de Europa. Más allá de las encuestas favorables, ¿cuenta Salvini con opciones reales de convertirse en el próximo primer ministro de Italia? ¿Qué consecuencias tendría esto para la política europea?

Las encuestas, sin duda, son favorables, sin embargo mucho dependerá de la suerte del actual gobierno, formado por el Partido Demócrata y los exsocios de la Liga, el Movimiento de Cinco Estrellas (junto con dos partidos marginales). Al igual que la coalición anterior -en la cual el actual premier, Giuseppe Conte, ya ostentaba el cargo de primer ministro, mientras Matteo Salvini era el vicepresidente del gobierno- el actual consejo de ministros es muy frágil. La nueva coalición es un campo de minas, donde conflictos ideológicos o choques de intereses estratégicos pueden dinamitar la unidad en cualquier momento. No obstante, también cabe señalar que, tratándose de un gabinete más eurófilo que su predecesor, cuenta con más apoyo entre la eurocracia, lo cual puede resultar clave para su supervivencia. Sin embargo, si en un futuro próximo se organizan nuevas elecciones, Salvini podría convertirse en el nuevo líder del país cisalpino.

Una victoria de la Liga tendría profundas consecuencias simbólicas, sería la primera vez que la derecha populista gobernara en un miembro fundador de la Comunidad Europea. Un gobierno de Salvini causaría muchos quebraderos de cabeza para las élites europeas -al estilo de Viktor Orbán-, tal vez incluso una nueva crisis del euro, pero en sí no podría causar un terremoto en la política europea. Para que eso suceda sería necesario que Marine Le Pen ganara las próximas elecciones presidenciales en Francia.

Las recientes resoluciones del Tribunal de Justicia de la Unión Europea contra España por el caso de Oriol Junqueras y Carles Puigdemont así como los reiterados incumplimientos belgas del tratado de Schengen de extraditar al fugado presidente catalán han abierto un debate que, hasta la fecha, permanecía dormido: la salida de España de la Unión. A pesar de que España se ha caracterizado como uno de los países con mayor apoyo social al proyecto común europeo, ¿pueden cambiar las tornas? ¿Qué es necesario para pasar de la defensa de la Unión Europea al euroescepticismo o, directamente, al Spexit?

En la política, las tornas siempre pueden cambiar. En la mayoría de los países europeos han surgido movimientos que critican algún aspecto del funcionamiento de la Unión Europea o directamente cuestionan la utilidad de su existencia. Para parafrasear a Manuel Fraga: Spain is not different. (España no es diferente.) Hace poco que la prensa internacional celebraba a España como el único país europeo sin un serio movimiento nacional-conservador, y hoy, al cabo de apenas un año, Vox es la tercera fuerza política en el Congreso de los Diputados. Por lo tanto, es bastante probable que disputas con las instituciones europeas o con otros Estados miembros -sobre todo en relación con el conflicto catalán- den pábulo a cierto euroescepticismo en España. Sin embargo, la salida del país de la Unión Europea no es algo que vaya a suceder en un futuro próximo. Con toda probabilidad, únicamente el colapso total del proyecto europeo podría traer el Spexit. De todas formas, no creo que el abandono del bloque o la desintegración completa del mismo beneficie a los españoles. Con sus luces y sombras, la UE sigue siendo la opción política y económica más viable para las naciones de nuestro continente, que solas no estarían en condiciones de jugar en la misma liga que Estados Unidos o China. Eso no quita que España tenga un plan B, por si todo se tuerce en Europa, y revitalice sus lazos históricos, lingüísticos y culturales con la Hispanoesfera.

Sergio Fernández Riquelme (autor) y Miklós Cseszneky (prologuista): De la Liga Norte a la Lega (La transformación soberanista de Italia). Letras Inquietas, 2020