La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

Irene Montero (Imagen: La Moncloa - Gobierno de España CC BY-NC-ND 2.0)

Nepotismo alegre y sin complejos

Las normas contra el nepotismo buscan eliminar conflictos de intereses y afianzar la capacidad por encima de la confianza.

Los valores de una sociedad se organizan a partir de un conjunto complejo e interdependiente de ideas sobre lo bueno, lo malo, lo aceptable y lo impropio. Son un conjunto vivo, a la vez estable y en evolución, que marcan límites y dirección, y que están rodeados por una valla.

Al final de la antropología clásica, poco antes del asalto exitoso y parasitario de la turbamulta posmoderna, Edmund Leach enriqueció la dicotomía emic / etic (la realidad tal y como la narran sus protagonistas / la realidad tal y como la observa el investigador), dividiendo la primera en Emic1 y Emic2 / etic. Emic1 es la realidad propia como debería ser, y Emic2 la realidad como sabemos que es y la aceptamos implícitamente. Dentro de los límites que marcan las reglas y normas formales conviven en un todo continuo el principio explícito, o la forma deseable, con la realidad práctica e implícita.

La evolución de la sociedad española parecería que apunta en dirección contraria al nepotismo.

El nepotismo puede ilustrar esta dicotomía Emic 1 / Emic 2. En nuestras sociedades se descalifica promocionar a un pariente cercano o pareja, debido a que el peso de la sangre o del afecto supera al mérito de cara a la selección del puesto. La práctica social no concuerda siempre con el ideal, y la cercanía y el parentesco se reflejan en el refranero: «El que tiene padrino, se bautiza». La evolución de la sociedad española parecería que apunta en dirección contraria al nepotismo, generándose en época reciente una normativa corporativa para evitar que los directivos enchufen a parientes, amigos y amantes.

Esta normativa se puede evitar – y la evitan – colocando al pariente de otro directivo en vez de al propio y esperando reciprocidad cuando toque. Pero en la empresa, y en muchas otras organizaciones, la creciente exigencia de mérito fuerza a que el nepotismo sobreviva de manera discreta, cada vez menos explícita y más sofisticada. El nepotismo parecería anclado en lo que no debe ser y, cada vez en más ámbitos, en lo que no puede ser: en lo que está prohibido por una norma formal.

Cada persona que no es la mejor posible para un cargo sensible o crítico presenta un elevado coste de oportunidad.

Esta etapa actual no es ni mucho menos universal. En otras sociedades se prima la confianza sobre la solvencia, y el nepotismo no es algo que se censure. En otras sociedades, hay factores como la extensión e importancia de la familia (familias extensas de cientos o miles de miembros de las que jamás se sale), las obligaciones dentro de la familia, la desconfianza hacia el extraño, etc. El extremo opuesto de la prohibición del nepotismo sería la casta: sólo una persona de cierto origen puede aspirar a ciertas prebendas.

En 2021, el mercado global y frenético en el que están insertas las sociedades locales fuerza la meritocracia. Cada persona que no es la mejor posible para un cargo sensible o crítico presenta un elevado coste de oportunidad, porque dificultará la competencia con otras empresas que colocan en puesto equivalente a una persona capaz y talentosa. Una sociedad que no defienda el mérito de los efectos del nepotismo va a tener que compensarlo importando talento externo… o explicando por qué, una y otra vez, la culpa de todos sus males es siempre de los mismos: de otros. Ya sea el gringo, ya sean los conquistadores, ya sea el judío internacional…

En la política española, a cierto nivel nacional, el nepotismo era antiestético y no se producía en el seno de la pareja. Hasta la democracia, por el sencillo expediente de que la mujer no ostentaba cargos de gobierno, fuera pareja o no de alguien. Ya en democracia, Carmen Romero era la esposa de Felipe González, pero tenía una trayectoria política propia de 12 años antes de ocupar un escaño en el Congreso de los Diputados y jamás pasó de Diputada. Las esposas de Suárez, Calvo-Sotelo y Zapatero no ocuparon cargo alguno en los gabinetes presididos por sus esposos.

El caso de José María Aznar y Ana Botella es más complejo. Por una parte, no obtuvo acta en el Congreso de los Diputados ni ocupó cargo alguno en los gabinetes presididos por su marido. Por otra, obtuvo el tercer puesto en el Ayuntamiento de Madrid, que llegó a regir tras la dimisión del alcalde anterior y el primer teniente de alcalde. En su momento, esto causó cierto escándalo en las filas contrarias, y lo cierto es que hasta la fecha un cónyuge de un gobernante español no había llegado tan alto. Y tan alto era en origen la 3ª concejalía de la capital del Reino. Es obligado señalar que aprobó las oposiciones al Cuerpo de Técnicos de Administración Civil del Estado y antes de acceder al cargo político acumulaba décadas de experiencia sumando sus destinos.

Avanzamos 13 años hasta 2016. Con 28 años, y ya siendo pareja de Pablo Iglesias, Irene Montero fue incluida en las listas al Congreso por Madrid en la cuarta posición (siendo la primera la de su pareja). Un año más tarde, sustituye a Íñigo Errejón, uno de los creadores de Podemos, como portavoz de su partido en el Congreso de los Diputados. Dos años después, como consecuencia del acuerdo de gobierno de Podemos con el PSOE, pasa a sentarse en el Consejo de Ministros del Reino de España junto a su marido.

El problema no era sólo que una pareja de un líder político se había sentado junto a él en el Consejo de Ministros, sino que encima lo había hecho en calidad de y gracias a.

Hubo intentos variopintos por reducir o negar el caso más flagrante de nepotismo de la historia política de España. El problema no era sólo que una pareja de un líder político se había sentado junto a él en el Consejo de Ministros, sino que encima lo había hecho en calidad de y gracias a. En la pura esencia del nepotismo: designar a una persona para un cargo por los lazos afectivos y no por la valía. Ya no es sólo que era la madre de los hijos de Iglesias, sino que parece improbable que no hubiera en su partido alguien más capacitado para asumir una responsabilidad ministerial que una persona de 31 años con una limitadísima experiencia laboral y ninguna experiencia previa de gestión.

Si bien éste es el caso más sonado y rupturista de nepotismo en Unidas Podemos, ni remotamente ha sido el único. Dejando aparte el juego de camas como sustituto lúdico de juegos de tronos más dramáticos, está la práctica generalización de la colocación de las parejas en altos cargos representativos o de confianza. Una búsqueda de «parejas de líderes de Podemos» resulta terminalmente esclarecedora. Y hasta tiene sentido: la mediana edad de los líderes y sus parejas es baja, y tanto unos como otros no cuentan con CVs que les permitieran acceder a los sueldos y privilegios que les ofrece un alto cargo público. Como se dice en mi dialecto, no se van a ver en otra igual. Aut nepotism aut nihil, sin complejos y con sonrisas resplandecientes.

Lo que están transmitiendo los votantes de Podemos con su voto es que la meritocracia les da igual.

Volvamos al nepotismo y a su opuesto, la meritocracia. Las normas contra el nepotismo buscan eliminar conflictos de intereses y afianzar la capacidad por encima de la confianza. El problema que nos presenta esta práctica de nepotismo masivo totalmente asentada en Unidas Podemos es que, para su electorado y sus ilimitadas tragaderas, se ha asentado la idea de que la lucha contra el nepotismo – al menos, contra el nepotismo de los míos – es completamente prescindible. Lo que están transmitiendo los votantes de Podemos con su voto es que la meritocracia les da igual; en otras palabras, que carece de importancia poner a una persona capacitada o no para un cargo de gran responsabilidad.

Quedaría por delimitar el alcance social de esta innovación en política. Hasta qué punto en el ethos español, o en el ethos de algunos segmentos de nuestra sociedad, se ha revertido el camino a la modernidad que llevaba décadas y que buscaba dificultar el nepotismo en Emic2 e impedirlo en Emic1. Si se cumple un escenario pesimista, las consecuencias son evidentes: a más nepotismo, menos meritocracia. Menos de cada cual según su capacidad y, al final, menos para todos.