La Nueva Razón

Revista política y cultural panhispánica

(Imagen: jdlasica is licensed under CC BY 2.0)

Niños de cristal en tiempos de adanismo

Los niños no son más débiles que antes. Su naturaleza y su esencia son las mismas raíces invariantes que nos definen como especie.

Podemos leer en redes sociales menciones frecuentes al deterioro en la salud mental de los niños como consecuencia de las medidas restrictivas debidas a la maldita pandemia. Líbreme el Altísimo de dos cosas:

  1. De minusvalorar la importancia de la enfermedad mental en niños y adolescentes. Cuando algo así ocurre, el sufrimiento es el que es y sobre él no cabe banalización alguna.
  2. De perorar o profundizar sobre la dimensión psiquiátrica del problema, para lo que no estoy facultado.

Hechas las precisiones necesarias, paso a tratar el asunto.

Me ahorro el citar tuits en concreto porque, en este caso, creo más importante de lo habitual hablar del pecado y no del pecador. Se habla de las consecuencias psicológicas para los niños y adolescentes del encierro y de las restricciones a la movilidad y a la sociabilidad. Y se hace desde una generalización que no sé muy bien cómo calificar. Se llega a hablar de un hecho mecánico y una consecuencia inevitable. En  estos días de alarmas y de incertidumbres, para qué nos vamos a ahorrar otra más.

El problema es evidente: hemos tenido la inmensa fortuna de vivir en la época más rica y próspera de la historia de España. Nada se puede acercar a nuestra situación, a la actual tasa de mortalidad infantil, a la esperanza de vida, a la seguridad ciudadana, al nivel de renta y un largo etc. No quiero decir con esto que no haya situaciones necesitadas de mejora; de hecho, la crisis sanitaria ha impulsado una crisis económica que dista mucho de haber acabado. Ojalá me equivoque en esto último.

Desde esa perspectiva, parece hasta esperable que algunos maximicen y generalicen las consecuencias que han tenido para los niños los encierros iniciales y las restricciones posteriores. Desde la perspectiva de la mejor época hasta la fecha, estos problemas se miden con una gravedad equivalente a la ausencia de precedentes en la memoria. Y como quiera que las redes sociales amplifican antes el mensaje alarmista que el constructivo, esta narrativa se replica y se suma a una lista creciente de motivos de preocupación por los niños.

Un niño, siendo adulto en potencia, es más flexible y adaptable en todos los aspectos que un adulto.

Que sea previsible no implica que sea aceptable. Bastaría con mirar fuera de nuestras fronteras o preguntar a los más mayores para contextualizar las consecuencias de las restricciones pandémicas en la mayoría de los niños. Un niño, siendo adulto en potencia, es más flexible y adaptable en todos los aspectos que un adulto. Por más que nunca sea predecible qué es lo que le produce un trauma a un niño, no digo nada nuevo al afirmar que no se trauma a un niño con facilidad, y que la mayoría de los niños superan razonablemente hechos realmente duros cuando ocurren.

Hace 85 años, dos niños y su madre estaban asomados a un balcón de la Plaza de Luca de Tena. Para ser más precisos, posiblemente serían 84 años y algo, pero sólo dispongo del relato oral y no de la fecha. La normalidad de esos días eran los sonidos recurrentes de la guerra. En un momento dado, una granada de artillería impactó en la plaza. Como la mayoría de ellas en esos días, no hizo explosión. El azar logró esa vez que impactara directamente en la cabeza de una mujer que pasaba por allí. La mujer quedó decapitada, dando saltos durante unos segundos interminables ante la mirada aterrada de los dos niños y su madre.

Esos niños tuvieron pocos días para aclimatarse desde su realidad previa a la nueva realidad de una ciudad en guerra. Cuando la aviación bombardeaba, todos los vecinos iban a la estación de metro más cercana si podían, o al refugio que tocara. En el refugio, palabra sin significado en los años anteriores, pequeños y mayores tenían que defecar con los pies subidos a la taza del sanitario para no mancharse.

Esa realidad acabó. Posiblemente dejó su huella – imaginen – pero esos niños llegaron a adultos y tejieron sus vidas. Y como ellos, millones a los que les quedó grabado a fuego el rechazo absoluto y definitivo a repetir algo como lo que vivieron, pero que lograron hacer sus vidas.

Los niños y los adolescentes se deben a la calle, al juego, al parque o al banco de la plaza. Y todo eso volverá, como volvió la normalidad después de circunstancias abismalmente peores.

No minimizo el impacto puntual de las restricciones. Es más, creo que hay que vigilarlo. Por ejemplo, los niños se han habituado a una sociabilidad online que ya antes era problemática, pero que ahora necesita de compensación en no pocos casos. Los niños y los adolescentes se deben a la calle, al juego, al parque o al banco de la plaza. Y todo eso volverá, como volvió la normalidad después de circunstancias abismalmente peores.

El problema del alarmismo centrado en los más jóvenes es que llueve sobre mojado. Quiero pensar que ya hemos pasado lo peor de la manía por el trastorno del déficit de atención y otras presuntas patologías necesitadas de medicación infantil y adolescente. El déficit de atención existe y hay casos necesitados de intervención. Sin embargo, llegar a una situación en la que en muchísimas aulas había varios estudiantes medicados para “corregirlo” ha sido una aberración y entiendo que sigue siéndolo. Y como éste, tantos otros ejemplos.

Los niños no son más débiles que antes. Su naturaleza y su esencia son las mismas raíces invariantes que nos definen como especie. Han sido más afortunados que cualquier otro niño antes porque, puestos a generalizar, lo suyo es hacerlo en positivo. Y con hechos: no es necesario explicar que los niños ya no ven ataúdes blancos ni velan a compañeros.

Ahora han vivido unas circunstancias difíciles, sobre todo aquellos que viven en pisos y que no disponían de un jardín para desfogarse (como los míos, sin ir más lejos). Han pasado un curso en circunstancias inéditas, y nada invita a pensar que la normalidad volverá al inicio del próximo curso. No pueden hacer lo que era invisible de puro cotidiano hasta febrero de 2020. 

Este momento pasará. Con toda probabilidad, morirán menos personas que con la gripe del 18. Cada uno seguirá en su contexto cotidiano y familiar, y paso a paso llegará a ser adulto y a perder la flexibilidad de la que ahora gozan sin saberlo. Preocupémonos del niño que lo necesita, o del problema real, que de estos ya tenemos nuestra ración. No inventemos problemas innecesarios de puro exagerado.